En la Guerra de Sucesión, un conflicto
de ámbito europeo en el que estaba en disputa la sucesión a la corona
española, Cataluña se puso mayoritariamente del lado del
pretendiente austriaco como forma de mantener sus constituciones,
en lo que fue conocido internacionalmente como el 'caso de los catalanes'.
El día
11 de septiembre
de 1714, sin embargo, Barcelona se rindió a las tropas del pretendiente
francés. El Tratado de Utrecht, con el cual se puso fin a la guerra,
significó la entronización en España de la dinastía francesa de los
Borbones en la persona de Felipe V. Este rey, nieto de Luis XIV,
instauró un sistema absolutista de gobierno que comportó, en los
territorios de la antigua Corona de Aragón como Cataluña, la liquidación
de las instituciones y del sistema constitucional propios mediante
el llamado Decreto de Nueva Planta (1716). Cataluña dejaba de
tener un estado propio, y se integraba definitivamente a la monarquía
española.
La Nueva Planta significó también la sustitución de la lengua
catalana por el castellano en todo el ámbito público: la administración,
la enseñanza, etc. Ello comportó un declive de la lengua -mantenida
sin embargo en el ámbito familiar- y de la cultura catalanas, del que
no saldría hasta la llamada Renaixença del siglo XIX. En el
terreno económico, y una vez superados los efectos de la guerra y de
la ocupación militar, Cataluña experimentó un progresivo proceso
de desarrollo agrario, comercial y manufacturero, que puso
las bases para la industrialización del siglo siguiente.