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La
enseñanza de las artes
No voy a utilizar este espacio para entrar en la polémica a la
hora que el ministerio planea restar a la Educación Visual y Plástica.
El mero hecho de vestir un santo desvistiendo otro ya indica la falta de
criterio "educativo" con el que se está abordando la cuestión.
Parece que lo que importa es repartir un pastel en función de quien
tiene mejores canales para defender sus intereses corporativos. De aquí
que mi primera propuesta sea reducir al mínimo la intervención
de los gobiernos a la hora de fijar lo que se ha de aprender en la escuela
y que se limiten a plantear un marco general de objetivos educativos, sobre
el que las escuelas decidan cómo los van a alcanzar. Esto solucionaría
a mi entender muchos debates hipócritas en relación con el
tratamiento de la diversidad del alumnado y haría que una parte del
profesorado se sintiera más profesional y dejara de actuar desde
la raquítica autonomía de la que hoy disponen los centros.
Tampoco haré una defensa del papel de las artes en la enseñanza.
Entre otras razones porque lo que se dice el conocimiento artístico
(que no hay que confundir con el dibujo técnico, los trabajos manuales
o el aprendizaje de técnicas artísticas) nunca ha estado presente
en la educación básica, dado que no se ha considerado importante
para la formación de los ciudadanos. Algo por otra parte normal
en un país que cree que el genio nace, que coloca en los altares
el "don" y donde los museos presentan las obras artísticas
para las elites. De aquí que no sea extraño que en las diferentes
reformas no haya habido un lugar para el conocimiento artístico,
entendido como la posibilidad de acercarse a la comprensión de las
formas de interpretación que las artes visuales han ofrecido del
individuo y de la sociedad, del pasado y del presente, de Occidente y de
otras culturas, del canon y de la cultura popular.
Si este breve artículo adoptara un tono reivindicativo, tendría
que comenzar por lo básico: que el alumnado de primaria, de la misma
forma que aprende a leer y a escribir, aprendiera a dibujar y dialogar con
manifestaciones de su universo visual. Pero nadie parece interesado en tener
en cuenta la paradoja de que esto es importante en la educación en
un mundo donde "lo visual" conforma identidades, favorece actitudes
de consumo, y en el cual la pedagogía cultural tiene más influencia
en la vida de los alumnos que la pedagogía escolar.
Se requiere un nuevo enfoque para establecer los fines de la educación
y actuar en la escuela. Plantear un debate en el que se cuestionen, como
única vía de organización del currículum, las
materias de base disciplinar, distribuidas en espacios limitados y en un
tiempo prefijado e inamovible.
Nuestra propuesta parte de la concepción de un currículum
integrado, basado en una serie de temas emergentes, como la vida, la familia,
el trabajo, la espiritualidad, el cuerpo, la ciencia, la técnica,
el consumo, el cosmos que se abordarían desde la elaboración
de una conversación cultural que favoreciera la indagación,
el contraste de puntos de vista, de fuentes y su reconstrucción a
través de diferentes medios de representación.
Ésta era una posibilidad que tenía el debate sobre la educación
y que ha quedado reducido a distribuir parcelas de poder e influencia en
una escuela que ya no responde ni a lo que sucede fuera de sus paredes,
ni a las necesidades de dar sentido al mundo en el que viven los niños,
las niñas y los adolescentes.
Fernando Hernández, profesor de la Universitat
de Barcelona
La Vanguardia, 9/12/2000
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