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La piel es el órgano más
extenso del ser humano y, por su función de barrera, está expuesta en
múltiples agresiones externas, como por ejemplo traumatismos, radiaciones o
agentes infecciosos. Se compone fundamentalmente de dos capas: una más
externa o epidermis, que actúa como barrera y se renueva constantemente, y
otra más interna denominada dermis, la función de la cual es de sostén, y
que contiene los vasos sanguíneos, las glándulas y los terminales nerviosos
de la piel.
Las células responsables de fabricar el color a la piel se llaman
melanocitos y se sitúan entre ambas capas. Elaboran un pigmento, la
melanina, que después “inyectan” o transfieren a las células de las capas
más superiores, y que es responsable del color de la piel, del cabello y de
los ojos. La función principal de la melanina es la de proteger la piel de
los efectos nocivos de la radiación ultravioleta del sol. Cuando la piel se
expone al sol, los melanocitos transfieren el pigmento ya fabricado a las
células adyacentes y producen nueva melanina (efecto bronceador tardío).
El melanoma
La transformación maligna de los melanocitos da origen al melanoma, un tipo
de cáncer de piel de comportamiento agresivo que se puede curar si se
diagnostica y se extirpa a tiempo. La incidencia de este tumor ha ido
aumentando en las últimas décadas de forma exponencial, en relación con la
modificación en los hábitos de exposición solar de la población. Esta
incidencia es máxima entre la población blanca de Australia y Nueva Zelanda,
y mínima entre las personas de pieles pigmentadas.
El melanoma puede aparecer en cualquier localización de la piel o de las
mucosas, incluso en las palmas o plantas, en los genitales, entre el
cabello, o bajo las uñas. De forma más infrecuente también se puede
desarrollar en las estructuras del ojo. Habitualmente se manifiesta en forma
de lesión pigmentada (peca o nevus) que puede aparecer de nuevo o a partir
de un cambio en una lesión previa normal. En las fases iniciales la mancha
no suele tener relieve ni causa ningún tipo de molestia, aunque a medida que
el tumor crece, puede aparecer picor o incluso sangrado.
Regla del ABCD
Para reconocer de forma precoz la aparición de un melanoma es útil aplicar
la denominada “regla del ABCD”, que describe las características más
frecuentes de las lesiones con riesgo de ser o de poder desarrollar un
melanoma: Asimetría: si trazamos un eje imaginario que separe la peca en dos
mitades, observamos que una mitad no es igual que la otra. Bordes: los
melanomas o sus lesiones precursoras suelen tener los bordes irregulares.
Color: las lesiones malignas o premalignes presentan habitualmente más de un
color, mezclándose de forma irregular. No existe ningún color que de forma
aislada se asocie con un mayor riesgo. Diámetro: las lesiones con más de
seis milímetros de diámetro tienen más riesgo de desarrollar un melanoma.
Una vez identificada alguna lesión pigmentada que cumpla alguna de estas
características, o ante la aparición de una lesión nueva, se debe consultar
al médico para evaluar el riesgo. En los casos en los que se sospeche que se
pueda tratar de una lesión maligna o premaligna se realiza una biopsia para
analizar las características microscópicas del tumor y establecer el
diagnóstico definitivo.
Los factores de riesgo
El riesgo de desarrollar un melanoma se relaciona con factores genéticos, no
modificables, y también con factores externos. Es muy importante conocer
estos factores para prevenir la aparición y también para establecer pautas
de detección precoz en aquellas personas con susceptibilidad genética de
sufrirlo.
Destaca el tipo de piel (color de piel, cabello y ojos) y su capacidad para
broncearse en respuesta a la exposición solar. Se clasifican en cinco
fototipos que van desde la piel más clara, que siempre se quema y nunca se
broncea, hasta la piel de raza negra. Las personas con fototipos más claros
tienen menor protección ante de la radiación ultravioleta y, por lo tanto,
son las que desarrollan con mayor frecuencia un melanoma. También influye la
presencia de un número muy elevado de nevus melanocíticos (lunares), de
nevus melanocíticos denominados "atípicos”, es decir, lesiones con
asimetría, bordes irregulares o con más de un color, y la presencia de nevus
melanocíticos congénitos (presentes desde el momento del nacimiento).
También es un factor de riesgo tener familiares que hayan desarrollado un
melanoma; el riesgo es mayor en los familiares de primer grado (padres,
hijos o hermanos), haber sufrido quemaduras solares, especialmente si estas
han sido múltiples y han ocurrido durante los primeros 18 años de vida, y la
exposición solar (tanto natural como artificial), principalmente cuando se
produce de forma intensa e intermitente (“exposición de fin de semana”)
¿Como prevenirlo?
De entre todos los factores que predisposen a desarrollar un melanoma, los
únicos modificables son los relacionados con la exposición solar,
especialmente durante la infancia.
Por esto se recomienda evitar el sol del mediodía (de 12 a 15 h), estar al
sol de forma prolongada (se recomienda no estar más de dos horas) y utilizar
medidas de protección solar siempre que realizamos actividades al aire
libre.
La mejor protección enfrente del sol son las protecciones físicas (ropa,
gorra, gafas de sol, sombrilla). Estas se pueden combinar con el uso de los
fotoprotectores o filtros solares. Se trata de substancias que absorben
(filtros químicos) o reflejan (filtros físicos) la radiación recibida,
minimizando su llegada a la piel. Porque sean eficaces se han de aplicar
unos 20 minutos antes de la exposición al sol y volverlas a aplicar de forma
regular (cada 2-3 horas). Sin embargo, es importante recordar que nunca
bloquean toda la radiación recibida. Un error muy común es el de interpretar
erróneamente que la protección que ofrece el filtro permite una exposición
al sol más prolongada.
Cristina Paradelo
Dermatóloga de l’hospital Germans Trias
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