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La tradición popular dice que un miembro de la
familia Urrutia, seguramente Juan Urrutia, se encontró retenido en Barcelona
durante el sitio de la guerra de 1714. Pero no sabemos por qué este
personaje de origen vasco estaba en Cataluña en unes fechas tan
inconvenientes. Por lo que parece, se ve que tenía un magnífico caballo de
color blanco que también tuvo que pasar el asedio dentro de las murallas. El
pobre animal, al cabo de tantos meses de inactividad, se ve que tenía ansia
por estirar las patas y hacer ejercicio. Por eso su amo, después de que la
ciudad cayera en manos del ejército español, aprovechó la primera
oportunidad que tuvo para salir fuera de las murallas y dar rienda suelta a
su corcel. Además, quizás por una necesidad elemental de huir de los tiempos
de penuria y represión que tocaba sufrir.
El caballo y el amo
El caballo, que es un animal listo y cabal, seguramente también debía saber
un poco de vasco e hizo caso al nombre de su amo, Urrutia, que en eusquera
quiere decir "lejos". Por eso no frenó hasta después de haber corrido más de
dos leguas de entonces, que son unos quince kilómetros de los de hoy, es
decir, una distancia muy a propósito para la ocasión. Justo en aquel sitio
había una casa de payés conocida como "el mas Viver". Esta masía estaba
situada en lo alto de la montaña que separa los valles de Pomar, por
levante, y de Canyet, por poniente, en Badalona. Fiel a su promesa y
decidido a cambiar de aires, el señor Urrutia compró a Pere Viver la masía y
las tierras de alrededor y se instaló él y la familia. Y aquí se acaba lo
que dice la leyenda, que, como todas las leyendas, sirve para explicar o
hacer que se entienda todo lo que no sabemos o que no entendemos de la
historia real.
Ahora bien, sí que sabemos que el año 1727 Juan Urrutia rehizo la casa de
arriba a abajo: tres plantas, tejado de cuatro vertientes, capilla al lado y
una gran balsa, casi un estanque. También plantó, no uno, sino dos cipreses
en la entrada, lo cual indicaba a los viajeros que la hospitalidad de la
casa les ofrecía plato y cama durante unos cuantos días. También sabemos que
la compra de la casa y de los terrenos era un hecho el 1743.
Seguramente, la familia Urrutia se debió integrar rápidamente en el pueblo y
a la tierra, porque pronto la casa que se había llamado "mas Viver" empezó a
ser llamada "ca n'Urrútia". Asimismo, el pueblo, a quien le gustan las cosas
llanas, debía encontrar de entrada en este nombre de procedencia vasca la
inconveniencia de las palabras esdrújulas, que, hasta cierto punto, el
catalán ha ido esquivando siempre. Así que para huir de la esdrújula
"Urrutia", la primera transformación que sufrió el nombre tenía que ser la
desaparición de la vocal final. De forma que la gente enseguida se decantó
por llamarla "ca'n Urruti". El siguiente paso, ya se ve, era inevitable, y
el enmudecimiento de la "u" inicial debía ser inmediato. La evolución fue
espontánea y muy rápida, porque ya del mismo siglo XVIII tenemos noticia que
Pere "Ruti" artigaba los terrenos que rodeaban la casa.
Viñas y algarrobos
Seguramente debía plantar viñas y algarrobos, unos cultivos que en aquella
época tenían mucha aceptación en Badalona. Y también aceitunos.
La familia Urrutia debió mantener la propiedad de can Ruti hasta bien
entrado el siglo XIX, pero con el tiempo, casa y terrenos empezaron a
cambiar de manos. A finales del siglo XIX, principios del XX consta que eran
propiedad de un tal Roquer. El año 1915 el amo era Josep Sens y el 40 Abdó
Bordoy compró la finca. Hasta que finalmente todo fue a parar a la sanidad
pública. Como decíamos, la evolución del nombre fue rápida, pero dejó raíces
hondas. Así, cuando el destino sanitario desahució de can Ruti a sus últimos
habitantes, Isidre Pons, el último de los caseros después de generaciones,
compró un terreno cerca de donde había habido la masía, al pie del camino
que llevaba a ella, y se construyó allí una casa. En la portalada,
nostálgico, se hizo poner una inscripción que decía: "Can Ruti está aquí".
Con los años la casa de Isidre Pons ha quedado discreta y apartada, pero el
nombre del antiguo can Ruti ha cogido más fuerza y ha cambiado de categoría.
Ahora el "can" ya no sólo designa una casa: la "casa de Ruti", sino que
ahora da nombre a toda una partida de terreno. Por eso, como que este "can"
ya ha perdido su función inicial, conviene escribirlo en mayúscula: Can Ruti.
Toda la montaña
Así, hoy el topónimo Can Ruti designa las montañas que separan la parte alta
de los valles de Canyet y de Pomar. En este lugar hay, claro está, el
Hospital Universitari Germans Trias i Pujol, que pertenece al Institut
Català de la Salut. Aquí es necesario aclarar que Can Ruti no designa al
hospital, como si fuera un sobrenombre, sino que indica el lugar donde se
encuentra. De hecho, Can Ruti, como nombre de lugar de una partida rural,
sirve de dirección no sólo al hospital, sino también a otras instituciones
públicas que se encuentran en el mismo lugar: hasta hace poco, las escuelas
"Enric Borràs", "Julià Minguell" y "Planas i Casals", formaban parte de un
conjunto conocido por "las escuelas de Can Ruti", y la actual Residencia de
Disminuidos Psíquicos Profundos Can Ruti.
Todo esto es hoy Can Ruti. Quizás no es ninguna historia de otro mundo, pero
conocerla siempre ayuda a querer un poco más la tierra.
Josep Estruch i Traité
Unitat de Planificació Lingüística.
Àmbit d'Atenció Primària Barcelonès Nord i Maresme |