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Una ley cargada de esperanza
 

El mes enero de 2007 entra en vigor la ley para la atención a las personas con dependencia, que reconocerá la prevención y la ayuda a la dependencia como un nuevo derecho de la ciudadanía española, igual que lo son el derecho a la educación o a la atención sanitaria. Será, pues, un nuevo derecho universal, independiente de la edad, la condición social o el motivo por el cual se llega a la situación de dependencia.

Ya no se trata, como pasaba hasta ahora, de prestar apoyo a las personas más necesitadas y sólo cuando las administraciones disponían de los medios económicos suficientes. Cualquier ciudadano que presente alguno de los grados de dependencia que el proyecto de ley describe tendrá derecho, y hace falta repetir esta palabra, a ser evaluado y atendido por este motivo. Aunque introduce la posibilidad del copago, nadie podrá ser excluido de la prestación por motivos económicos.

La ley prevé tres grados principales de dependencia. Aunque su implantación total no se completará hasta dentro de ocho años, en 2007 se empezarán a aplicar las prestaciones a las personas con los grados más severos de necesidad.

Dignidad de las personas

No quiero pecar de ingenuo, pero me gustaría pensar que se tratará de una ley hecha para garantizar la dignidad de las personas que necesitan de la ayuda de las otras, ya sea en forma de curas personales, de prestación de servicios sociales y sociosanitarios, de tecnología o de promoción de la autonomía. Y, en mi opinión, no podría ser de otra manera, porque la atención a las personas dependientes no ha de estar basada en el ejercicio de la caridad ni tampoco en el apoyo informal mal entendido, en el cual los familiares deben realizar sobreesfuerzos para los que no están capacitados ni técnica ni emocionalmente. Y, en el mejor de los casos, las únicas recompensas o agradecimientos que reciben son de la propia unidad familiar.

La atención a la dependencia debe partir del esfuerzo solidario entre los ciudadanos. Igual que nos dotamos de otros servicios públicos, también nos debemos dotar de un sistema de atención a la dependencia solidario para que los ciudadanos que se encuentren en esta circunstancia puedan afrontarla, como mínimo, con dignidad. Y esto también incluye los profesionales que los atiendan, ya sean familiares, como posibilita la ley, o no.

Formación y capacitación

La nueva normativa debe permitir la dignificación profesional. No ya solamente de los profesionales universitarios expertos en la prevención y el manejo de los problemas derivados de la dependencia. También debe garantizar la adecuada formación y la capacitación de todos aquellos trabajadores que están más cerca de la persona a quien prestan curas y velar por una mejor regulación de sus condiciones laborales, independientemente de que se trate de familiares de la persona dependiente o no.

Además, la nueva ley nos debería servir a todos para que conozcamos mejor las circunstancias que conducen a la dependencia y poder salir, algún día, de los remedios protésicos que nos vemos obligados a aplicar en la actualidad.

Uno de los retos de la geriatría y la gerontología en este siglo 21 es evitar las situaciones de dependencia y, si esto no es posible, adaptar ecológicamente a las personas dependientes al conjunto social.

Posiblemente habré caído en una lectura ingenua de la realidad, pero necesito, y no creo que sea el único, confiar en esta realidad positiva cargada de esperanza.

Salvador Altimir
Responsable de la Unidad Funcional de Geriatría

 

 

 
 

Uno de los retos de la geriatría y la gerontología en este siglo 21 es evitar las situaciones de dependencia y, si esto no es posible, adaptar ecológicamente a las personas dependientes al conjunto social

         
         

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