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Durante los últimos años se ha
producido un aumento considerable de la obesidad en los países
desarrollados, hasta el punto que la Organización Mundial de la Salud la ha
definido como “la epidemia del siglo 21”. Y es que, actualmente el 54,7% de
la población española tiene exceso de peso. De este porcentaje, un 15,5%
sufre obesidad, es decir, una de cada seis personas. El 39,2% restante
corresponde a personas con sobrepeso. Desgraciadamente, todo apunta a que
los próximos años estas cifras continuarán aumentando, dado que cada vez hay
más niños obesos. La obesidad supone entre el 3% y el 8% del coste sanitario
en los países desarrollados.
Pero, ¿qué se entiende por obesidad y por sobrepeso? La forma de saber si
tenemos un peso normal o bien sufrimos sobrepeso u obesidad es calculando lo
que se llama índice de masa corporal, un número que se obtiene dividiendo el
peso por la altura al cuadrado. Si el resultado de esta división se
encuentra entre 18,5 y 24,9, se considera que nuestro peso es normal; si se
encuentra entre 25 y 29,9, tendremos sobrepeso y si es igual o superior a
30, sufriremos obesidad. Un índice de masa corporal superior a 40 indica una
obesidad mórbida, que ocasiona problemas muy graves para la salud.
Más que un problema estético
La obesidad es mucho más que un problema estético; es una enfermedad crónica
que puede llegar a ser muy grave y que incrementa las posibilidades de
sufrir otras enfermedades como la diabetes, el colesterol, la hipertensión
arterial, y afecciones coronarias, articulares, de la vesícula biliar,
respiratorias (apneas), renales, oncológicas (cáncer de útero, de próstata y
de colon), entre otras. Cuanto más alto sea el grado de obesidad más
probable es que aparezcan estas enfermedades y peor será su pronóstico. De
hecho, se calcula que las personas obesas viven diez años menos por término
medio que las que tienen un peso normal.
Las causas de la obesidad son múltiples y esto hace que sea tan difícil de
tratar. En su aparición intervienen factores genéticos y factores
ambientales. Poca cosa se puede hacer contra los primeros, especialmente
porque, según los últimos estudios, hay muchos genes ligados a la obesidad
que están muy relacionados entre ellos. Lo que sí que podemos controlar son
los factores ambientales, es decir, los hábitos alimentarios y la actividad
física. Aunque, cuando la enfermedad está muy avanzada, la dieta y el
ejercicio no acostumbran a dar buenos resultados.
Fármacos
Además de la dieta y el
ejercicio, para luchar contra la obesidad disponemos desde hace unos cuántos
años de fármacos que actúan sobre los mecanismos del hambre o que bloquean
la absorción de grasa. En nuestro país, por el momento, hay dos medicamentos
aprobados para tratar la obesidad, la sibutramina y el orlistat. Sin
embargo, estos productos no están financiados por el sistema nacional de
salud y su precio es elevado. De todas maneras, su eficacia es limitada y su
administración debe de ir acompañada de dieta y ejercicio físico.
Si no funciona ninguna de las soluciones anteriores, la única opción que nos
queda es recurrir a la cirugía. Pero este tratamiento agresivo no cura la
obesidad, porque los pacientes deben cambiar sus hábitos de vida antes de la
intervención, para saber mantenerlos después. Hace falta tener en cuenta que
la cirugía bariátrica —así es cómo se llama este tipo de operaciones que
consisten en reducir la capacidad de absorción de alimentos— tiene un riesgo
bastante elevado, sobre todo porque se realizan en pacientes con un estado
de salud delicado. Después de haber sido operado, el paciente debe ser
ingresado en una unidad de críticos y debde de estar hospitalizado varios
días. La mortalidad de la cirugía bariátrica es similar a la de una
operación a corazón abierto (entre el 1% y el 2%), y un 5% de personas
intervenidas presenta complicaciones después de la operación. Además, no
todos los pacientes pueden ser intervenidos quirúrgicamente.
Sin armas
Las opciones por luchar contra la obesidad son, pues, muy limitadas. De
hecho, por el momento no disponemos de verdaderas armas terapéuticas para
luchar contra la obesidad. La solución más eficaz es la prevención, ya desde
la niñez. Y ésta pasa por llevar una dieta equilibrada y realizar ejercicio
físico regularmente, un mínimo de dos o tres veces por semana.
La única forma de conseguir generalizar estos hábitos saludables entre la
población es mediante la implicación de las administraciones, que parecen
empezar a ser conscientes de la dimensión del problema que supone la
obesidad para la sociedad. Así, son loables las campañas por fomentar el
consumo de fruta y verdura, regular la publicidad de productos
hipercalóricos y fomentar la educación sanitaria en las escuelas. A ver si,
poco a poco, entre todos somos capaces de hacer frente a esta epidemia.
Sílvia Pellitero
Endocrinóloga |