La sociedad del riesgo
Foro de debate Nº 24 - octubre 1999 Sumario
La importancia del riesgo en la sociedad moderna
Narcís MirPolitica ambiental en situaciones de complejidad
S. Funtowicz i J. RavetzUlrich Beck y las dimensiones sociales del riesgo
Josep EsplugaEl seguro del riesgo ambiental
José Luis de las HerasEntrevista a Salvador Giner
Lluís RealesLa normativa ambiental
Ignasi DoñateActualidad
Johanna Cáceres
Conspiración contra el riesgo
El riesgo es consustancial a la vida. A pesar de esta evidencia, desde los inicios de la sociedad industrial dedicamos esfuerzos y más esfuerzos a conspirar contra el riesgo. Desearíamos eliminarlo de nuestras vidas; vivir seguros. Batalla perdida.
De hecho, esta conspiración empezó hace siglos. En Cataluña inventamos la Taula de Canvi (Mesa de Cambios), precedente local de las modernas compañías de seguros. Estas organizaciones, según afirma el sociólogo Salvador Giner en la entrevista de este número de Medi Ambient. Tecnologia i Cultura, son las más representativas de la modernidad. No le falta razón. Más tarde - acabada la Segunda Guerra Mundial - Europa, con el permiso de Estados Unidos, diseñó el Estado de bienestar. Los americanos temían al comunismo. Ahora, dicen, se tiene que replantear. Ya no se aguanta económicamente.
Seguros -los últimos son los que cubren los daños ambientales-, coches más seguros, trabajos para toda la vida, planes de jubilación, seguridad social... La conspiración continúa. Gran paradoja: queremos eliminar el riesgo y, en cambio, crece día a día. Y es que el riesgo es un concepto complejo. Como afirma el sociólogo de la Universitat Autònoma de Bellatera, Josep Espluga, «Las consecuencias reales de los riesgos vienen dadas siempre a través de interpretaciones sociales, y están siempre ligadas a valores e intereses de grupo». En las sociedades pobres, en las que se pasa hambre, la percepción del riesgo es radicalmente diferente a la percepción de las sociedades que tienen las necesidades básicas cubiertas.La percepción del riesgo crece a pasos agigantados en las sociedades ricas. Accidentes de tráfico -con un gran número de muertos, sobre todo los fines de semana-, alimentos transgénicos, crisis ecológicas globales... Hemos querido dedicar este número de la revista Medi Ambient. Tecnologia i Cultura a analizar, desde una perspectiva crítica, la sociedad del riesgo.
Narcís Mir, ingeniero industrial y economista, dibuja los perfiles de la sociedad del riesgo y argumenta su creciente importancia. Josep Espluga, profesor de sociología ambiental en la Universitat Autònoma de Barcelona, aborda las diferentes aproximaciones al concepto de riesgo y aporta una visión crítica. Funtowicz y Ravetz profundizan en el concepto de complejidad y argumentan que la ciencia hegemónica necesita a la ciencia posnormal para reflexionar sobre los retos ambientales de hoy en día. José Luis de las Heras, responsable del Pool de Riesgos Ambientales, ofrece la perspectiva de las compañías de seguros. Una entrevista con Salvador Giner y las secciones habituales de normativa, escrita por Ignasi Doñate, y actualidad completan este número. Un conjunto de artículos que ayudan a comprender que hay que aceptar un cierto riesgo. Porque la vida es riesgo e incertidumbre. Hoy más que nunca
Lluís Reales
Director de Medi Ambient. Tecnologia i cultura
La importancia del riesgo en la sociedad moderna: la sociedad del riesgo
Narcís Mir Soler
Ingeniero industrial y economista. Miembro del patronato del Instituto de Estudios de la Seguridad (IDES)La denominada «sociedad del riesgo» es un nuevo paradigma social, fruto de la modernización de la sociedad industrial, que se caracteriza porque la lógica de la producción de riesgos domina a la lógica de la producción de riqueza. Para demostrar la importancia creciente del riesgo en la sociedad contemporánea, el autor formula una ley estructural del riesgo y contrasta su validez.
¿Es el riesgo un factor importante en la actual fase de desarrollo de la sociedad industrial? ¿Y, si es importante, esta importancia es coyuntural o quizás pueda considerarse el riesgo un factor estructural del proceso de modernización? ¿Es temerario hablar de la aparición de una nueva figura social -la sociedad del riesgo- originada como consecuencia del proceso de modernización de la sociedad industrial?
Todas estas preguntas -y otras- forman parte del vivo debate que tiene lugar hoy en día sobre la trascendencia de la producción de riesgos en las sociedades industriales desarrolladas. Los partidarios de la aparición de una nueva forma social -la sociedad del riesgo- defienden que, mientras que en la sociedad industrial la lógica de la producción de riqueza domina a la lógica de la producción de riesgos, el propio desarrollo de este modelo de sociedad está provocando una inversión de esta dominante; y que este cambio de lógica tiene repercusiones sociales. Pero esto no es todo. La sociedad del riesgo implica también otros cambios sociales originados por el proceso de pérdida de tradiciones en las formas de vida surgidas con la sociedad industrial: trabajo, familia, estratificación social, etc.
He de advertir, ante todo, que el objetivo de este artículo no es, ni mucho menos, dar respuesta a todas estas preguntas. Me limitaré a apuntar, para empezar, unas pinceladas sobre las características de la sociedad del riesgo, y después me centraré en un análisis mucho más concreto del riesgo en la sociedad moderna.Los perfiles de la sociedad del riesgo
La sociedad del riesgo es una nueva forma social que surge como consecuencia de la modernización de la sociedad industrial. De acuerdo con este paradigma, el nacimiento de esta nueva forma social no se produce por un estallido político, sino como consecuencia de la propia modernización de la sociedad industrial. Tal como afirma Beck, «la sociedad industrial se despide del escenario de la historia mundial por la puerta de atrás de los efectos secundarios».
La sociedad del riesgo tiene dos caras. En la primera cara, encontramos la pérdida de la inocencia de las fuerzas productivas. La industrialización representó una materialización del pensamiento ilustrado. El hombre creyó que con la razón dominaría la naturaleza y la transformaría, sometiéndola para satisfacer sus necesidades. Y este proceso sería lineal, es decir, sin límites. Hoy en día vemos que la producción de riqueza va acompañada de la producción de riesgo. Aquello que en un principio podría verse como efectos secundarios del desarrollo, en la actualidad reclama un estatuto de igualdad con los efectos positivos, es decir, reclama convertirse en variables endógenas del modelo de desarrollo.
La segunda cara de la sociedad del riesgo está relacionada con el hundimiento de las coordenadas sociales de la sociedad industrial, tanto en lo referente a la pérdida de las tradiciones de sus formas de vida como en la relación entre ciencia y sociedad, y política y sociedad.
En la pérdida de las tradiciones en las formas de vida de la sociedad industrial encontramos la pérdida de peso de la segmentación de la sociedad en clases como categoría útil para explicar los cambios sociales; la crisis del modelo de familia (manifestada en la incorporación de la mujer al trabajo, el aumento generalizado de la tasa divorcios y el incremento de las familias monoparentales); la desestandarización del trabajo productivo y su individualización, etc. Vemos, en definitiva, un proceso de individualización de la desigualdad social.
En este artículo me limitaré a la primera dimensión de la sociedad del riesgo. Empezaré por señalar las características básicas de este paradigma.1. Se origina por causas modernas
No cabe duda de que los riesgos no son un invento de la Edad Moderna. No obstante, no estaban ligados al propio desarrollo, mientras que ahora se ven originados por el propio proceso de desarrollo. De este modo, tanto los procesos de producción como los bienes producidos no sólo aportan utilidad, sino, a su vez, riesgo. Pensemos en la fisión nuclear, el almacenamiento de residuos nucleares, la contaminación ambiental, el riesgo de determinadas industrias, los vehículos automóviles. Estos efectos secundarios colaterales son no deseados, pero acompañan sistemáticamente a la producción de riqueza (y de utilidad) y adquieren un papel cada vez más relevante. Tanto es así que hoy en día ya nadie habla del desarrollo, sino del desarrollo sostenible, haciendo hincapié, en el terreno simbólico, en la importancia de los efectos colaterales. En definitiva, el proceso de modernización se vuelve reflexivo, en el sentido de que se toma a sí mismo como objeto y problema.2. Globalización del riesgo
Esta globalización tiene dos vertientes. Por una parte, los efectos son transnacionales: el caso Chernóbil, el efecto invernadero, el efecto sobre la capa de ozono, a la contaminación transfronteriza, etc. Por otra parte, la globalización económica implica un proceso de transferencia de las fuentes de peligro: la carne de las «vacas locas», la fuga de cesio-137 de la planta de Acerinox, en Cádiz, que nos ha alertado sobre los peligros de los flujos internacionales de chatarra; etc.3. Componente de futuro del riesgo
«Frente a la evidencia palpable de las riquezas, los riesgos presentan cierto aspecto incorpóreo... Por una parte, muchos peligros y destrucciones ya son reales: aguas contaminadas o moribundas, la destrucción del bosque, nuevas enfermedades, etc. Por la otra, la verdadera pujanza social del argumento del riesgo radica en la proyección de amenazas para el futuro». (1)
Así pues, los riesgos tienen un clarísimo componente probabilístico. Lo que sucede es que las consecuencias y los daños que se han manifestado nos permiten acotar el componente probabilístico y hacer mejores predicciones.4. Percepción del riesgo
Mientras que gran parte de los bienes que consumimos los percibimos directamente, no ocurre así con los nuevos riesgos, que quedan fuera de la percepción humana inmediata. Basta con fijarse en los efectos nucleares, los efectos de la contaminación, de la reducción de la capa de ozono, el efecto invernadero, las sustancias nocivas en los alimentos, etc., para darse cuenta de que hay que utilizar la ciencia para hacer visibles estos riesgos y poder interpretarlos como peligros. Para obtener un buen conocimiento de estos riesgos, la ciencia utiliza sus herramientas habituales: realiza experimentos, utiliza instrumentos de medida y elabora teorías. Esto lleva a concluir que la ciencia fija los riesgos y que la población percibe los riesgos. Sin embargo, las teorías obtenidas presentan un elevado grado de incertidumbre, es decir, además del componente determinista existe un elevado componente estocástico o probabilístico, elemento que permite la intervención de un elevado número de presiones sociales y políticas, y que otorga una gran importancia al papel de los medios de comunicación en la adquisición de la conciencia de riesgo. En definitiva, el riesgo podrá verse reducido, incrementado o eliminado de la conciencia.
Todo esto implica que la sociedad del riesgo se instala en un entorno de especulación. Supongamos que la sociedad vive tranquila. En un determinado momento, un estudio científico pone de manifiesto los efectos perniciosos de, por ejemplo, la reducción de la capa de ozono, del efecto invernadero, de la explosión demográfica o de cualquier otra cuestión. De inmediato se alzan voces que se oponen o ponen en duda los resultados de este estudio: o bien por las hipótesis de partida, o bien por el desconocimiento que se tiene sobre los efectos que puede provocar un determinado factor, o por la metodología del estudio, etc. Los medios de comunicación intervienen para incidir en este debate y aparecen dos fuerzas contrapuestas: por una parte, la de la mala noticia, que siempre es de impacto, y que se ve apoyada por el estudio científico y por la opinión favorable de grupos sociales que quieren informar a la sociedad sobre la gravedad de la situación; y por la otra, la de la presión de otros grupos sociales que pueden verse perjudicados por las medidas que deberían adoptarse como consecuencia de la aceptación del estudio original y que aportan otro u otros estudios científicos que neutralizan o matizan sensiblemente el primero.
Dado que los riesgos se consideran reales cuando la población los vive como tales, todo dependerá de la capacidad de influir de las diferentes fuerzas y de las circunstancias de las personas. No hemos de olvidar que la miseria es actual y se experimenta directamente y que el riesgo es invisible y futuro. Por este motivo, la percepción del riesgo sólo se puede producir en sociedades desarrolladas. Como consecuencia del conjunto de informaciones, la sociedad puede adquirir conciencia del riesgo. Si es así, de repente el problema pasa a formar parte de las agendas políticas y se desarrolla una pudiente dinámica política. Cuando requiere una actuación programada y continua, se incorpora a los programas de los partidos políticos y se la menciona, con solemnidad, incidiendo en la sensibilidad por el problema. Sólo así puede el partido político captar adhesiones en el mercado de los votos. Ni tan sólo aquellos partidos que no aprecian la importancia del problema pueden permitirse el lujo de excluirlo de la agenda, a menos que deseen verse tildados de irresponsables. La percepción del riesgo es, por lo tanto, una característica importante de la sociedad del riesgo, y le confiere un importante carácter político.5. Una dialéctica naturaleza-sociedad
La sociedad del riesgo supone el final de la contraposición entre naturaleza y sociedad. Mientras que la modernidad y su manifestación en el proceso de industrialización consideraban la naturaleza como algo dado que tenía que someterse, el propio proceso de industrialización ha destruido la idea de la naturaleza como algo no social. En la actualidad, nos encontramos en todas partes con una naturaleza artificial, en el sentido de que no se deja abandonada a su suerte.
Por lo tanto, los problemas del medio ambiente no pueden considerarse como problemas del entorno, sino como problemas sociales, es decir, como problemas del ser humano que tienen repercusiones en sus condiciones económicas, culturales y políticas. En definitiva, la sociedad ya no puede entenderse de una manera autónoma respecto a la naturaleza.6. Estado de excepción
El control del riesgo puede suponer unas mayores posibilidades de intervención del estado. Tal como afirma Ulrich Beck... «es más probable que bajo la presión del peligro inminente se definan las responsabilidades, se centralicen las competencias de actuación y se fijen todos los detalles del proceso de modernización con controles y planificaciones burocráticas... La sociedad del riesgo no es una sociedad revolucionaria, sino más bien una sociedad de las catástrofes. En ella, el estado de excepción amenaza con convertirse en el estado normal.
La gravedad de los peligros ambientales descritos para la vida de las plantas, de los animales y de los seres humanos legitima de algún modo a los autores con la buena conciencia de la moral ecológica y les permite emplear un lenguaje en el que hay bastantes expresiones como control, autorización oficial y supervisión oficial. Resulta revelador que con el argumento de la gravedad de los daños al medio ambiente se exijan posibilidades y derechos más o menos amplios de intervención, planificación y gestión.
En pocas palabras, se dibuja el panorama de un autoritarismo científico-burocrático.» (2)
En definitiva, se observa que para impedir los «efectos secundarios civilizadores» se pueden producir unos «efectos secundarios políticos» que amenazan el ejercicio de la democracia.
Hasta ahora me he referido a los postulados que definen los contornos de la sociedad del riesgo. El análisis que voy a hacer a partir de ahora tiene un carácter más microeconómico, en un intento de explorar la importancia relativa del riesgo en el proceso de modernización de la sociedad industrial. Por este motivo, voy a utilizar un concepto operativo del riesgo y a formular una ley de comportamiento del riesgo. Más adelante presentaré indicios que permiten considerar plausible la ley formulada. Finalmente, identificaré criterios para la creación de valor en seguridad.La importancia creciente del riesgo en la sociedad moderna
Para poder obtener proposiciones mensurables en relación con el riesgo, conviene definirlo primero de un modo operativo(3). La palabra riesgo se utiliza con diversas acepciones: contingencia desfavorable a la que está expuesto alguien o alguna cosa, incertidumbre derivada del ejercicio de una actividad empresarial, peligro incierto, etc. Yo voy a utilizar, en este artículo, el concepto matemático-estadístico del riesgo, que no es otra cosa sino la esperanza matemática de la pérdida.
Si consideramos un suceso al que se puede asociar un valor de probabilidad (P) y un daño o efecto (S = Severity), el riesgo (R) estará definido por el producto de esta probabilidad por el valor del efecto, es decir:R = P · S
Donde
0 ? P ? 1
Estos efectos se pueden medir de diferentes formas: en términos económicos, en número de siniestros, en pérdidas de vidas humanas, en lesiones personales, etc. De este modo, si un accidente se produce con una frecuencia de una vez cada diez años y provoca veinte muertos, el riesgo será:
R = 1/10 x 20 = 2 muertos /año
Si por este mismo accidente se evalúan las pérdidas en 1.500 millones de pesetas, el riesgo será:
R = 1/10 x 1.500 = 150 millones de pesetas /año
En definitiva utilizaremos como valor de riesgo la esperanza matemática de la pérdida, que no es sino el valor de las pérdidas que podemos esperar a largo plazo.
Cuando las fuentes de peligro son diversas y los efectos de un suceso también lo son (lesiones, pérdidas patrimoniales, etc.) se hace necesaria la utilización de una unidad común de medida. En este caso, las pérdidas se expresan en unidades monetarias, para poder agregarlas.
A menudo me referiré, de un modo genérico, a los objetos de riesgo. Entendemos por objeto de riesgo o fuente de peligro cualquier elemento cuyo uso o presencia implique un riesgo. Es decir, el uso del objeto o la presencia del objeto lleva asociada la probabilidad de que se produzca un suceso que entrañe daños para las personas, los bienes o el medio. Por lo tanto, dentro del concepto de objeto de riesgo, se pueden encontrar productos, equipamiento, instalaciones, vehículos, etcétera.
La utilización de estos objetos en la vida de las personas y en las organizaciones sociales responde al hecho de que antes de ser productores de riesgo son productores de utilidades -entendiendo el concepto de utilidad en un sentido amplio-, de ahí que se incorporen a gran velocidad a la sociedad. El paradigma de la sociedad del riesgo pone de relieve el papel de cada vez más importante que adquieren los efectos secundarios en relación con las utilidades. En este sentido, el riesgo no solo se asocia a un acontecimiento singular (un accidente), sino también a los daños que de forma continua se pueden producir sobre el entorno.Ley del desbordamiento del riesgo
Una vez definido el riesgo, pasaré a demostrar que en las sociedades modernas el riesgo adquiere una creciente importancia relativa. Por este motivo, voy a analizar el crecimiento natural del riesgo en relación con la renta y en relación con el número de habitantes de un territorio. Hemos de entender por crecimiento natural del riesgo el que se produciría si la sociedad no introdujese nuevas medidas correctoras, sean de tipo tecnológico, organizativo etc. con el objeto de neutralizarlo.
Así pues, considero que, en la fase actual de desarrollo de la sociedad industrial, la tasa de crecimiento natural del riesgo es superior a la tasa de crecimiento de la renta. A raíz de ello, también se puede afirmar que en aquellas sociedades que experimentan un crecimiento de la renta per cápita, la tasa de crecimiento natural del riesgo será superior a la tasa de crecimiento de la población y, por lo tanto, se incrementará el riesgo por persona.
Cuando hay una relación lineal entre objetos de riesgo y renta -hipótesis muy plausible- el crecimiento natural del riesgo con la renta puede adoptar dos formas: o bien una función lineal cuando no haya interrelación o sinergias (en relación con el riesgo) entre las fuentes de peligro, o bien una función aceleradamente creciente (con pendiente de reciente) cuando los objetos de riesgo presenten interrelaciones.
Podemos aclarar la cuestión con un ejemplo: la introducción de ascensores en un sistema social provoca un crecimiento lineal del riesgo, es decir, cada uno de ellos incorpora la misma cantidad de riesgo y no modifica los valores de riesgo de los ya existentes (ya que no modifica ni su probabilidad de accidentes, ni los efectos de los propios accidentes). En cambio no sucede lo mismo con los vehículos automóviles. Diez vehículos iguales conducidos por diez personas iguales en diez carreteras iguales provocan un riesgo total diez veces superior al riesgo de un único vehículo. No es así, en cambio, si consideramos estos diez vehículos iguales con las diez personas iguales pero sólo en una carretera. El riesgo total es superior al de diez veces el riesgo de un único vehículo. Y, por lo tanto, el riesgo por vehículo ha aumentado. Otro ejemplo sería la saturación del tráfico aéreo, que provoca un crecimiento más que proporcional del riesgo.
Antes que nada, hemos de advertir que esté es el crecimiento del riesgo -que hemos definido como natural- que se observaría si la sociedad no reaccionase ante el fenómeno. Como tendré ocasión de comentar más adelante, no ha de ser así, sino que las sociedades, para que los riesgos no se desborden, pueden asignar cada vez más recursos económicos a la prevención y protección, tanto en forma de nuevas tecnologías como de innovaciones organizativas.
Aparte de la interrelación de los objetos de riesgo, hay otros factores que refuerzan este crecimiento acelerado. Se trata de los siguientes:
1. La introducción de fuentes de peligro que proporcionan más utilidades, pero a la vez, más riesgo. Por ejemplo, en la actualidad, los automóviles se fabrican para circular a velocidades mucho más elevadas, hecho que implica un mayor riesgo.
2. Un uso más intensivo de los objetos de riesgo. No es lo mismo tomar un avión una vez al año que viajar en él cada semana. No es lo mismo hacer un viaje de mil kilómetros que uno de diez mil. Aquí la variable que se modifica es el tiempo de exposición a la fuente de peligro. De hecho, podemos obviar esta consideración si cuando hablamos del uso de objetos de riesgo nos referimos a los servicios de estos objetos (viajar en avión diez horas en lugar de una significa que el número de unidades de servicio en el primer caso es diez veces las unidades de servicio del segundo).
3. La localización del riesgo con la modernidad. Esta globalización, tal como he mencionado, tiene dos vertientes: por una parte, la globalización económica comporta un fuerte incremento de los flujos internacionales de productos y, por tanto, de fuentes de peligro concreto; y por la otra, los efectos son cada vez más transnacionales y, en algunos casos, universales.
4. La conversión «de efectos secundarios latentes» en «efectos secundarios visibles». Sería el caso del efecto invernadero, de la reducción de la capa de ozono, etcétera. La ciencia produce esta visibilidad de los efectos, de la que antes no éramos conscientes.
Todo esto nos permite afirmar que el crecimiento de la renta va acompañado de un crecimiento natural del riesgo que es, ceteris paribus, claramente acelerado. En valores porcentuales, el crecimiento porcentual del riesgo es superior al crecimiento porcentual de la renta.
Si en lugar de referir el crecimiento natural del turismo a la renta, lo referimos al número de habitantes, observaremos un crecimiento natural todavía más acelerado, si tenemos en cuenta que en los países desarrollados ha sido una constante el crecimiento de la renta per cápita.
En definitiva, podemos afirmar que en las sociedades industriales el crecimiento económico va acompañado de un crecimiento del riesgo y si no se introducen permanentemente medidas correctoras se desbordará dicho riesgo, tanto en relación con la renta como en relación con el número de habitantes.
De hecho, esto es lo que intuye Jacques Attali cuando afirma que «la emergencia de nuevos riesgos ligados a la globalización no podrá gestionarse más que con la asignación de un porcentaje creciente de la renta mundial a los gastos en seguros». (4)La observación de la realidad
Pero, en la realidad, ¿se observa este crecimiento relativo del riesgo? No necesariamente, ya que los poderes públicos destinan o inducen a que se destinen más recursos económicos para frenar dicho crecimiento relativo del riesgo. Estos recursos adoptan la forma de innovaciones tecnológicas, de actuaciones administrativas, de actividades de revisión y mantenimiento obligatorias, etcétera; todo esto con el objetivo de reducir el riesgo. Es decir, son recursos destinados a disminuir la probabilidad de los sucesos no deseados y los daños, en caso de que se produzcan. Tampoco es ajeno al objetivo de reducir el nivel de riesgo la expulsión de determinadas actividades de mayor riesgo hacia países con menores niveles de exigencia, que suelen coincidir con países subdesarrollados. Recordemos que ante la disyuntiva de miseria o riesgo siempre es preferible el riesgo.
Es decir, es posible que no se observe este desbordamiento debido a las inversiones y gastos destinados a prevención y protección. Sin embargo, sí deberíamos observar algunos signos que nos permitieran inferir la existencia de fuerzas latentes que empujan hacia un crecimiento relativo del riesgo.
A continuación, expondré algunos indicadores que me permitan inferir, de manera tentativa, la existencia de esas fuerzas latentes.Accidentes graves
En primer lugar, disponemos de los datos correspondientes a los cien accidentes más graves ocurridos entre 1957 y 1986. Su clasificación por décadas se puede ver en el cuadro 1.
Estas cifras muestran que el número de accidentes se ha duplicado, aproximadamente, cada 10 años. Esto significa un crecimiento interanual del 6,8%, valor que está por encima de las tasas de crecimiento económico global del conjunto de las economías afectadas.
Es evidente que el número de accidentes, desconociendo sus efectos, no es un indicador integral del riesgo. Sin embargo, se puede afirmar que los efectos negativos han crecido en el transcurso de estos años y, en consecuencia, los valores de los daños manifestarían una tasa de crecimiento todavía superior.Riesgo de accidentalidad en la circulación de vehículos automóviles
Para el análisis utilizaré los datos del cuadro 2, que corresponden a España.
En el apartado anterior hemos visto que la ley de crecimiento natural del riesgo descansaba, en primera instancia, en una buena correlación entre la renta y el número de objetos riesgo. Pues bien, la correlación observada entre el parque de vehículos y el PIB real, utilizando el periodo comprendido entre 1974 y 1996, es de 0,9816. En consecuencia, podemos hablar de una excelente relación lineal. El ajuste de una función lineal por mínimos cuadrados ordinarios (MCO) proporciona una función lineal estadísticamente significativa.
A continuación, analizaré tres series: número de accidentes, número de siniestros y coste de la siniestralidad. Número de accidentes
Utilizo aquí el número de accidentes (NA) con víctimas (muertos y heridos), registrados por la Dirección General de Tráfico, como medida de riesgo. Su evolución histórica se ve reflejada en la figura 1. Como puede verse, su tendencia es creciente.Distingo tres periodos:
Las primeras 18 observaciones, correspondientes al período 1972-89 (18 años y, por tanto, un espacio muy significativo de tiempo), definen un período tendencialmente creciente con el punto más alto en el año 1989. El cambio de tendencia coincide con la aprobación de la Ley de tráfico de vehículos y seguridad vial. Sin embargo, durante todo este primer período de crecimiento se aprobó un gran número de medidas de seguridad vial. Entre otras, podemos mencionar:
Máximo porcentaje de alcohol en conductores 0,8 g/l
Obligatoriedad del cinturón de seguridad en carretera
Límites de velocidad en vías urbanas e interurbanas
Primer plan de seguridad vial
Obligatoriedad del casco en motocicletas por carretera
Luces de cruce obligatorias para motocicletas
Regulación sobre tiempo de conducción y descanso
Regulación de la inspección técnica de vehículos (se impone para los turismos en el año 1986, aunque los efectos no se manifestaron hasta más tarde, debido al período transitorio y a la progresiva baja de vehículos que no cumplían con las condiciones técnicas mínimas exigibles)
El segundo período, que comprende desde 1990 a 1994, está formado por 5 observaciones, con una reducción del número de accidentes.
El tercer período lo forman los años 1995-97 y muestra un repunte del aumento de accidentes con unas pendientes parecidas a las más altas del primer período. Número de siniestros
Si en lugar de referirnos al número de accidentes registrados por la Dirección General de Tráfico nos referimos al número de siniestros registrados por las compañías aseguradoras (es un registro mucho menos selectivo, ya que contabiliza cualquier suceso automovilístico con daños), obtenemos para el período 1988-1997 la evolución histórica reflejada en la figura 2.
La gráfica es contundente: no aparecen los cambios estructurales que veíamos con el número de accidentes. La evolución se ajusta a una recta monótonamente creciente. Coste de la siniestralidad
Éste es un dato integrador que recoge el coste económico, pagado por las compañías aseguradoras, originado por la siniestralidad de los automóviles. Su evolución histórica en el período 1988-1997 se ve en la figura 3.
Es necesario recordar que dicho coste de la siniestralidad (CS) está expresado en pesetas constantes referidas al año 1986 (para que se puedan comparar con la serie del PIB en pesetas constantes, con base 1986).
Se constatan dos períodos, con una observación de transición: el primer período comprende desde 1988 a 1991 y está caracterizado por un fuerte crecimiento; y el segundo, que comprende desde 1993 a 1997, por una marcada estabilización. En el medio aparece una observación de transición, que corresponde al año 1992.
Con estas observaciones podemos construir los cuadros 3 y 4.
En el cuadro 3 se pueden observar tres períodos. En el primero (1972-89) la tasa de crecimiento del número de accidentes es superior a la tasa de crecimiento del PIB y del número de habitantes. En el segundo (1989-94) se produce una reducción del número de accidentes, a pesar de seguir creciendo -aunque a menor velocidad- el PIB y el número de habitantes. Finalmente, en el tercer período (1994-96), la tasa de crecimiento del número de accidentes vuelve a ser superior a la tasa de crecimiento del PIB y del número de habitantes.
En consecuencia, parece observarse la existencia de una fuerza latente que provoca periódicamente un crecimiento del riesgo por encima del crecimiento del PIB y del número de habitantes.
El cuadro 4 es mucho más desolador, ya que por todo el período se mide una tasa de crecimiento del número de siniestros y del coste de la siniestralidad superior a la tasa de crecimiento del PIB y del número de habitantes.Sobre la creación de valor en la seguridad
Si hemos visto que el riesgo tiene una importancia relativa creciente, y el riesgo es un daño, la primera cuestión que nos planteamos es por qué los agentes decisorios no destinan más recursos para reducir estos daños. De entre el conjunto de respuestas, yo resaltaría tres:
En primer lugar, por qué entre la miseria y el riesgo las personas escogen el riesgo. Sólo hace falta ver cuál es el segmento de trabajadores que sufre más accidentes laborales.
En segundo lugar, por qué el agente decisorio muy probablemente tomará una decisión miope, ya que los costes de reducción del riesgo son inmediatos y ciertos, mientras que los daños esperados son futuros e inciertos.
Y, en tercer lugar, por las externalidades negativas asociadas al riesgo. Es decir, los efectos negativos desbordan al agente decisorio y pueden afectar a muchas otras personas y bienes, tanto públicos como privados.
Por este tercer motivo, sobre todo, la intervención de los poderes públicos es ineludible.
La segunda pregunta que nos hacemos es cuál debe ser el criterio que oriente la intervención pública. Para eso tenemos que suponer que la intervención pública está orientada a la creación de valor en materia de riesgo. Esta creación de valor queda especificada por la reducción de riesgo. Pero, ¿hasta dónde se reduce? O bien, ¿cómo se distribuye esta reducción entre diferentes poblaciones de fuentes de peligro? Es decir, ¿cómo se diseñan políticas públicas de seguridad efectivas?
Para analizar los diferentes tipos de políticas públicas que pueden aplicarse en materia de seguridad es necesario definir previamente, tal como he mencionado antes, cuáles son los objetivos o finalidades sociales que se quieren conseguir. Una vez definidos, se puede hacer un análisis de la política pública aplicada para ver si nos acerca o no al objetivo social que hemos fijado. Max Weber, al analizar el comportamiento social, distinguía cuatro tipos de actuaciones: actuación racional respecto al objetivo (sería, por ejemplo, una actuación bajo el principio de la racionalidad económica); actuación racional respecto al valor (sea de justicia, de ética, de igualdad, religioso, etc.); actuación afectiva (determinada por impulsos, emociones o estados de ánimo); y actuación tradicional (basándose en un hábito).
Aquí, al plantearnos la actividad pública como un ejercicio de racionalidad, nos encontramos en la primera tipología: racionalidad con relación a un objetivo. Actuar racionalmente respecto al objetivo sugiere la idea de metodicidad y neutralidad afectiva. No es posible analizar políticas públicas si no tenemos definido antes el objetivo de la actuación. Yo realizaré el análisis suponiendo que se persigue un objetivo de racionalidad económica. Si se escoge otro, dicho análisis nos serviría para saber la desviación que se provoca (en términos económicos) sobre la optimización económica. Primero, he de definir el concepto de riesgo óptimo. Suponemos que la reducción del riesgo sigue una curva de costes marginales crecientes (figura 4). Es decir, reducir las primeras unidades de riesgo es relativamente barato pero la reducción de sucesivas unidades se realiza a costes cada vez mayores. Por otra parte, al hacer un análisis económico, el riesgo expresará los daños esperados valorados en términos económicos.
Defino el riesgo óptimo como aquel valor del riesgo que minimiza el valor económico total, que es la suma del daño esperado más el coste destinado a la reducción del riesgo. Un punto de equilibrio puede verse de una forma intuitiva: las primeras unidades invertidas en la reducción del riesgo nos producen una reducción de daños (en valores económicos) superior a la inversión realizada; por tanto, esta operación es rentable y conviene seguir destinando recursos a la reducción del riesgo (ver figura 4).
Sin embargo, a partir de un punto (en la figura es el punto A), el coste de la reducción del riesgo será más elevado que la reducción de los daños esperados. Éste es el punto óptimo y aquí nos debemos parar si seguimos un principio de racionalidad económica, que aquí se concreta en la minimización de los costes totales (minimización del área a + b). El riesgo óptimo es R*.
La técnica de análisis de proyectos para acercarnos al riesgo óptimo es el análisis coste-beneficio. Si, en cambio, el problema que se plantea no es determinar la inversión necesaria para llegar al riesgo óptimo, sino que disponemos de una determinada cantidad de recursos y queremos reducir lo máximo posible el riesgo, entonces estamos ante un problema de coste-efectividad. Mientras que el análisis coste-beneficio busca determinar el coste necesario para llegar a obtener el riesgo óptimo, el análisis coste-efectividad parte de un presupuesto dado y busca cómo asignarlo entre diferentes objetos de riesgo para reducir al máximo el nivel de riesgo (máxima efectividad). O bien, a partir de un objetivo determinado de reducción de riesgo, obtener la distribución de costes para que el coste total sea mínimo.
Se puede demostrar que la solución óptima, en este segundo caso, se consigue distribuyendo el presupuesto de manera que, en el equilibrio, las variaciones marginales del riesgo por unidad monetaria invertida sean iguales para todas las fuentes de peligro (u objetos de riesgo). La solución encontrada es perfectamente racional. Si no fuera así sería posible sacar una unidad monetaria destinada a un objeto de riesgo y destinarla a otro que tuviera el valor marginal de reducción más alto, con lo que conseguiríamos una reducción total de riesgo superior. Seria beneficioso realizar esta reasignación de recursos hasta que llegásemos a la igualdad formulada antes.
Cuando lo que se pretende es la reducción del riesgo y llegar al riesgo óptimo disponemos de un conjunto de políticas públicas. No es objeto del presente artículo realizar una descripción detallada y una evaluación de la efectividad de estas políticas públicas. Me limitaré, simplemente, a enumerarlas:
1. La regulación directa, fijando unos estándares de seguridad.
2. Dar responsabilidad al particular acompañándolo de la intervención de las compañías aseguradoras.
3. Impuestos al riesgo.
4. Subvenciones a la reducción del riesgo.
Hay una quinta política pública, en una situación todavía muy poco madura, que consiste en delimitar un espacio o burbuja de riesgo, determinar unos derechos de propiedad (permisos de riesgo transferibles), definir unas reglas de funcionamiento del mercado y dejar que éste regule las transacciones de los permisos de riesgo transferibles.Como conclusión
En este artículo he pretendido justificar la creciente importancia del riesgo en la sociedad moderna, formulando una ley estructural del riesgo y observando si la realidad nos da pistas que puedan confirmar su validez. Después he dado unos criterios (el de coste-beneficio y el de coste-efectividad) que sean orientadores de la intervención pública, cuando el principio que guía su actuación es la creación de valor en seguridad y éste se mide por el cumplimiento del objetivo de la eficiencia.
Cuando para una determinada población de fuentes de peligro estamos por debajo del riesgo óptimo -lo que es muy probable que suceda en buena parte de los casos- la simple reducción del riesgo ya significa creación de valor.
Si de lo que se trata es de distribuir un conjunto de recursos entre diversas fuentes de peligro, o entre diversas poblaciones de fuentes de peligro, hemos visto que es el criterio del coste-efectividad el que guía la decisión si se quiere alcanzar un objetivo de eficiencia en el uso de los recursos. Sin embargo, también sería posible utilizar otros criterios, como puede ser el de alcanzar una determinada distribución de riesgos, personales o territoriales. Pensemos que el origen de una actuación de esta naturaleza no necesariamente se puede producir como consecuencia de la cesión a la presión de determinados grupos de interés (stakeholders), sino que podría ser para neutralizar no tanto el riesgo objetivo de una población sino la «percepción del riesgo» de dicha población para unas determinadas fuentes de peligro.
Todo este análisis tiene identidad propia. Sin embargo, lo he considerado como un análisis parcial que tiene como referente un constructo social conocido como la sociedad del riesgo, si bien los parámetros que definen dicho constructo tienen un abaste social mucho más amplio. Me sentiría plenamente satisfecho si este análisis parcial sirviera para abrir un debate sobre la importancia del riesgo en la sociedad moderna y, de aquí, sobre si bajo el paraguas del riesgo hay una categoría teórica fuerte que permite postular la emergencia de una nueva forma social: la sociedad del riesgo.
Referències
(1) BECK, U. La sociedad del riesgo. Ediciones Paidós Ibérica, 1998.
(2) BECK, U., op. cit.
(3) MIR, N. Una introducció a l'economia del risc industrial. Edicions UPC, 1997.
(4) ATTALI, Jacques. «Geopolítica de los riesgos en el siglo XXI». Gerencia de riesgos, nº 58.
Política ambiental en situaciones de complejidad
S. Funtowicz
Joint Research Centre de la Comisión Europea, Ispra (Italia)
J. Ravetz
RMC Ltd., Londres (Inglaterra)Las políticas ambientales deben gestionar una realidad a menudo definida en términos meramente científicos, a pesar de que esa realidad se compone de incertidumbres y valores humanos que el análisis científico no contempla. La ciencia normal, por lo tanto, topa con serias dificultades para proponer soluciones a los problemas a los que se enfrenta la política ambiental. ¿Es la ciencia inútil? No, es insuficiente, y lejos de renunciar a la sistemática del estudio científico, la ciencia postnormal supone una ayuda para dotar de un enfoque nuevo a las estrategias de resolución de problemas.
El medio ambiente, en relación con la política, es un campo especialmente estimulante. Existen innumerables detalles que afectan a muchos problemas concretos y que requieren análisis y gestiones diferenciadas. Además, no deben pasarse por alto las amplias cuestiones estratégicas que deben servir de base al trabajo normativo, como por ejemplo, los aspectos relacionados con la sostenibilidad. Hay que recordar que nada se puede realizar con un total aislamiento, pues las cuestiones están interrelacionadas, los problemas se extienden a diferentes niveles de espacio y tiempo y las incertidumbres de cualquier clase y de diferente grado de dificultad afectan tanto a los datos como a las teorías.
Esta situación es nueva para los legisladores. Por un lado, el medio ambiente se encuentra en el ámbito de la ciencia: los fenómenos de interés pertenecen al mundo de la naturaleza. Por otro lado, los métodos de investigación son totalmente diferentes de aquellos concebidos para la ciencia occidental tradicional, que tuvo que conquistar y controlar la naturaleza. Ahora tenemos que gestionar nuestro entorno, adaptarnos a él y establecer algunas correcciones. Sabemos que no somos -y que realmente nunca hemos sido- «los amos y poseedores de la Naturaleza» que Descartes imaginaba cuando describía nuestra función en el mundo (Descartes, 1638).
Para ocuparnos de estos nuevos objetivos necesitamos nuevas herramientas intelectuales. Una imagen de la realidad que reduce los fenómenos complejos a elementos sencillos y atómicos puede ser muy efectiva para la experimentación controlada y la construcción de la teoría abstracta, pero no es el enfoque más conveniente para las tareas de la política medioambiental actual. El pensamiento científico busca regularidad, simplicidad y certidumbre en los fenómenos y en las intervenciones, pero estos factores pueden reprimir la comprensión de los problemas y pueden dificultarnos la visión de los métodos apropiados para solucionarlos. A continuación presentaremos y explicaremos varios conceptos que pueden aportar elementos de un marco que nos ayudará a entender los problemas medioambientales. Son conceptos nuevos y todavía se están desarrollando. No existe ninguna ortodoxia que afecte a su contenido o a las condiciones de su aplicación.
El primer concepto que trataremos será el de complejidad, que es el concepto principal y que hace referencia a la estructura y a las propiedades de los fenómenos y a los problemas de la política medioambiental. Los sistemas complejos no sólo son complicados; por su naturaleza, implican una pluralidad de perspectivas legítimas y de muchos puntos que no son del todo verificables, con lo cual se crean muchas incertidumbres. Por este motivo, las metodologías de la ciencia tradicional, basadas en experimentos de laboratorio, son poco adecuadas para este nuevo contexto.
La metodología más general para solucionar problemas complejos relacionados con la ciencia es la ciencia postnormal (Funtowicz y Ravetz 1993, 1997a), que se centra en unos aspectos de la solución de problemas que no se acostumbran a tratar en la práctica científica habitual: la incertidumbre y el exceso de valores. Además, este tipo de ciencia aporta razones coherentes sobre la necesidad de que se participe más en los procesos de la política científica, sobre todo teniendo en cuenta las nuevas tareas de garantía de calidad en estas áreas problemáticas.Complejidad
Es muy probable que cualquier persona que intente comprender los problemas del medio ambiente quede desconcertada al ver la cantidad de problemas existente, su variedad y su complicación. La tentación natural es intentar reducir estos problemas, convertirlos en elementos más sencillos y manejables, como si se tratara de modelos matemáticos y simulaciones de ordenador. Al fin y al cabo, éste ha sido el método más satisfactorio de la ciencia y la tecnología occidental hasta nuestros días. Pero los problemas medioambientales tienen unas características concretas, por lo que los métodos reduccionistas no logran los éxitos deseados. Con el término complejidad queremos hacer referencia a estos problemas.
La complejidad es una propiedad que tienen ciertos tipos de sistemas; de hecho, se establece una distinción entre sistemas simples y sistemas complejos. Los sistemas simples se pueden observar (en la teoría o en la práctica) mediante un análisis simple, lineal y determinista. Así son las explicaciones científicas clásicas, sobre todo aquellas de los campos que disfrutan de un gran prestigio, como la física matemática. A veces este tipo de sistema necesita más variables para ser explicado o controlado de las que, sencillamente, se pueden utilizar en la teoría. Cuando esto ocurre, el cometido requiere otros métodos y el sistema se complica. La distinción entre ciencia e ingeniería -ésta última acaece cuando están en juego más de media docena de variables- es un buen ejemplo de la distinción entre sistemas simples y complejos.
Con la auténtica complejidad, debemos afrontar distintos fenómenos. Hay muchas definiciones de complejidad -todas con puntos en común- que derivan de las diversas áreas de la práctica científica con sistemas ecológicos, organismos, instituciones sociales o simulaciones artificiales de cualquiera de estos ejemplos. En este artículo utilizamos una visión más general de este concepto. En primer lugar, pensamos en un sistema -conjunto de elementos y subsistemas- definido por sus relaciones dentro de una especie de jerarquía o jerarquías. Esta jerarquía puede ser de inclusión o de escala, como en el caso de un ecosistema con (pongamos por caso) una laguna, un arroyo, la cuenca y la región, a un nivel ascendente. O puede ser una jerarquía de función, como en un organismo con diferentes órganos. Una especie y cada uno de sus miembros forman un sistema con jerarquías de inclusión y de función. Los sistemas medioambientales pueden incluir también subsistemas humanos e institucionales, que a su vez son sistemas. Este tipo de sistema es muy especial, se le denomina reflexivo. Además, en estos sistemas, los elementos tienen fines propios, que pueden conseguir de modo independiente o, incluso, oponiéndose a las funciones asignadas por la jerarquía (Funtowicz y Ravetz 1997b).
En primer lugar un sistema es un constructo intelectual que algunos humanos han impuesto a un conjunto de fenómenos y a sus explicaciones. A veces es necesario dejar al observador fuera del sistema, pero en los casos de sistemas con componentes humanos e institucionales, esto es contraproducente. Así pues, en sistemas medioambientales, el observador y el analista están arraigados en sus propios sistemas sociales, geográficos y cognitivos. Desde un punto de vista político, una de las propiedades más básicas de los sistemas complejos analizados y observados se puede denominar «la teoría del elefante», con lo que se quiere hacer referencia a la fábula india que trata de cinco hombres ciegos que, tocando la pata de un elefante, intentan adivinar de que objeto se trata. Cada uno de ellos concibe el objeto según su propio proceso parcial de formación de imágenes. Después se permite que un observador desconocido vea el todo, no sólo una parte, y él es el único que ve que es un elefante. Esta parábola nos recuerda que los observadores y analistas de un sistema complejo operan con ciertos criterios de selección de fenómenos, estableciendo unas prioridades, y con unos valores y obligaciones intrínsecos. De hecho, esta selección en la observación y el análisis no es puramente subjetiva o arbitraria, pero lo que es obvio es que ninguno de los aspectos estudiados, individualmente, puede englobar todo el sistema. Al observar el proceso como un todo, nos podríamos preguntar si la conciencia de estas limitaciones existentes es inherente a la comprensión personal sistemática o si está excluida. De todos modos, en ausencia de esta conciencia, disponemos de unos conocimientos técnicos un poco anticuados y cuando el análisis se enriquece con estos conocimientos, obtenemos la ciencia postnormal.
Podemos explicar este concepto de un modo más sistemático, basándonos en dos propiedades clave de los sistemas complejos. Una de estas propiedades es la presencia de incertidumbres importantes e irreductibles de varios tipos en los análisis. La otra es la multiplicidad de perspectivas legítimas en cualquier problema. Por lo que se refiere a la incertidumbre, tenemos una especie de «efecto Heisenberg», donde los actos de observación y de análisis forman parte de la actividad del sistema que se está estudiando, y por tanto, lo influyen de varios modos. En sistemas sociales reflexivos es muy conocido, se refiere al riesgo moral, a las profecías autorrealizables y al pánico colectivo.
Pero existe otra causa de incertidumbre muy característica de los sistemas complejos. Una causa que deriva del hecho de que cualquier análisis (de hecho, cualquier observación) tiene que tratar con un sistema artificial, normalmente truncado. Los conceptos que engloban la información existente sólo coincidirán accidentalmente con los límites y estructuras que son importantes para un problema político dado. Por eso las estadísticas sociales y medioambientales están disponibles normalmente (si existen) en agregados creados por los gobiernos, que tienen otras cosas en la cabeza. Los datos se han de someter a una interpretación, a una manipulación para que sean pertinentes para el problema que tienen entre manos. Además de las obvias y técnicas incertidumbres que comporta la recogida de datos, la información presentará unas incertidumbres estructurales aún más profundas, unas incertidumbres que no se podrán confrontar con el análisis cuantitativo, que de hecho puede ser decisivo para la calidad de la información presentada.
Un análisis similar nos lleva a la conclusión de que no existe una única perspectiva privilegiada de un sistema. Los criterios de selección de datos, un truncamiento de los modelos y la formación de conceptos teóricos están cargados de valores y los valores son aquellos insertados en el sistema societal o institucional en el que se ha desarrollado la ciencia. No se trata de proclamar el relativismo o la anarquía. Más bien se quiere recordar que el proceso de decisión sobre políticas medioambientales tiene que incluir el diálogo entre los que presentan un interés por el problema y los que se comprometen a solucionarlo. También se sugiere que el proceso hacia una decisión puede ser tan importante como los detalles de la decisión que finalmente se toma.
Como ejemplo de esta pluralidad de perspectivas, podemos imaginar a un grupo de personas mirando la ladera de una montaña. Una de estas personas ve un tipo concreto de bosque; otra se fija en una excavación arqueológica; otra, en un barrio periférico en construcción y otra descubre un problema de urbanismo. Cada persona utiliza su formación para evaluar lo que ve, en relación con su trabajo. Sus percepciones están condicionadas por una variedad de estructuras cognitivas e institucionales, con elementos explícitos y tácitos. En un proceso político, sus diferentes visiones podrían acabar en conflicto e, incluso, algunos interesados podrían llegar a negar la legitimidad de los compromisos y la validez de la percepción de los demás. Cada persona percibe su propio elefante, por así decirlo. La responsabilidad del supervisor es ver los sistemas parciales desde una perspectiva más amplia y encontrar alguna coincidencia entre todos ellos, para que se produzca un acuerdo o como mínimo una aquiescencia en una política. Para aquellos que tienen una tarea integradora, es útil comprender que esta diversidad y los posibles conflictos que surjan no son accidentes desafortunados que se puedan eliminar con una ciencia natural o social mejorada: son unos rasgos inherentes al carácter del sistema complejo, como la ladera de la montaña.
Estas dos propiedades clave de sistemas complejos -la incertidumbre radical y la pluralidad de perspectivas legítimas- ayudan a definir el programa. Demuestran por qué la política medioambiental no se puede formar alrededor del camino lineal idealizado de la acumulación de datos para después aplicarle el conocimiento científico. En realidad, la formación política está inmersa en un subsistema que a su vez forma parte de un sistema complejo global del que el problema medioambiental es otra parte.Ciencia postnormal como puente entre los sistemas complejos y la política ambiental
La idea de una ciencia que sea postnormal comporta una cierta paradoja y posiblemente un aire de misterio. Por normalidad entendemos dos cosas. Una es la idea de una ciencia de investigación que consiste normalmente en resolver enigmas dentro de un paradigma incontestable e indiscutible, ésta es la teoría de T.S. Kuhn (Kuhn 1962). La otra es la presunción de que la política medioambiental todavía es normal, de modo que la rutina de los expertos para resolver problemas proporciona una base adecuada de conocimiento para las decisiones políticas. Obviamente, los investigadores y los expertos tienen que realizar una rutina de trabajo con problemas a pequeña escala; la cuestión es cómo establecen el marco de estudio, quién lo establece y con qué grado de conciencia del proceso. En una situación normal, hablando de ciencia o política, el proceso se realiza en gran parte de modo implícito y es aceptado inconscientemente por aquellos que quieren formar parte de él. La gran lección de los últimos años es que esto ya no es válido. Es lo que se podría denominar «rechazo de la espléndida narrativa» postmoderna o política verde, que nos parece bien siempre que se haga fuera de nuestro ámbito. Sean cuales sean las causas, no podemos continuar asumiendo la presencia de este tipo de normalidad del proceso político, sobre todo en relación con el medio ambiente.
Lo que nos lleva a la ciencia postnormal es que en las ciencias que dependen de los resultados en relación con los debates medioambientales, normalmente los hechos son inciertos, los valores son discutibles, los intereses son importantes y las decisiones, urgentes.
Alguien puede decir que estos aspectos no se tendrían que englobar bajo el paraguas de la ciencia, pero la respuesta podría ser que estos problemas están en todas partes y que cuando se hace referencia a la ciencia (como tiene que ser), las condiciones son todo menos normales. La distinción de hechos científicos objetivos duros y juicios valorizadores subjetivos suaves se ha invertido. Muy a menudo tenemos que tomar decisiones políticas duras cuando las aportaciones científicas con las que contamos son irremediablemente sencillas.
La diferencia entre las antiguas y las nuevas condiciones se puede observar en las dificultades actuales de la aproximación económica clásica a la política medioambiental. Tradicionalmente, la economía intentaba mostrar cómo los objetivos sociales se podían alcanzar mejor mediante mecanismos que funcionaban automáticamente en un sistema esencialmente sencillo. La metáfora de la «mano invisible» de Adam Smith comportaba la idea de que la interferencia de la conciencia en los trabajos del sistema económico no haría ningún bien, sino todo lo contrario, mucho daño; y esta visión se ha mantenido hasta nuestros días. Ahora bien, para alcanzar la sostenibilidad, los mecanismos automáticos son claramente insuficientes. Incluso cuando se utilizan más los mecanismos de fijación de precios que el control para poner en práctica las políticas económicas, los precios los tiene que fijar, conscientemente, una agencia, que se convierte en una mano controladora sumamente visible. Si los hechos externos son inciertos e irreversibles, no pueden haber precios ecológicamente correctos en los mercados actuales (con estructuras de derechos de propiedad adecuadas) o en los mercados ficticios (mediante una valoración de contingentes o de otras técnicas económicas). En el mejor de los casos un sistema de toma de decisiones puede establecer los precios ecológicamente corregidos. Así pues, están en juego las hipótesis, las teorías, las visiones y los prejuicios de los agentes que fijan las políticas, y a veces todo ello es bastante visible de cara al público. Y el público también se da cuenta de las visiones opuestas y contrastadas en el terreno político, todas ellas plausibles y que no admiten refutación. He aquí un sistema social y teniendo presente los términos mencionados anteriormente, es realmente un sistema complejo, reflexivamente complejo.El principio de calidad
En estos contextos de complejidad, existe un nuevo papel para la ciencia natural. Los hechos que se enseñan en los libros de texto continúan siendo necesarios, pero ya no son suficientes porque hacen referencia a una versión estandarizada del mundo natural, una visión a menudo relacionada con las condiciones artificialmente puras y estables de un experimento de laboratorio. El mundo real, con la interacción que mantenemos para obtener la sostenibilidad, no se parece demasiado a la situación del laboratorio. Aquellos que se han convertido en expertos acreditados por medio de unos estudios académicos tienen un conocimiento muy valioso de estos problemas prácticos. Pero posiblemente también se tendrán que recuperarse de los prejuicios adquiridos inconscientemente durante su aprendizaje. Al contrario de la impresión transmitida por los libros de texto, en la práctica muchos problemas tienen más de una respuesta plausible y muchos no tienen ninguna.
Además, en el mundo artificial de la formación académica, es completamente inconcebible que los problemas se puedan abordar y solucionar de un modo que no sea mediante los conocimientos acreditados de los expertos. Generalmente, los sistemas de gestión de problemas medioambientales que no se estudian desde el punto de vista científico y que no se pueden explicar con principios científicos son descartados como producto de la tradición ciega o de la causalidad. Y cuando personas sin titulación académica intentan participar en los procesos de innovación, evaluación o decisión, sus esfuerzos son vistos con menosprecio o desconfianza. Estas actitudes no surgen de la malevolencia; son el resultado inevitable de una formación científica que presupone y adoctrina sobre la presunción de que todos los problemas son sencillos y científicos y que se tienen que resolver con la analogía del libro de texto.
Pero cuando la analogía del libro de texto falla, la ciencia -en el contexto de la política- debe convertirse en ciencia postnormal. Cuando los hechos son inciertos, los valores discutibles, los intereses fuertes y las decisiones urgentes, el principio orientativo tradicional de la ciencia de investigación y el principio de consecución de la verdad o, como mínimo, del conocimiento objetivo se han de modificar sustancialmente. En las condiciones postnormales, estos conceptos pueden ser un lujo, incluso una irrelevancia. En la Ciencia postnormal el principio orientativo es mucho más fuerte: el principio de calidad.
Se podría argumentar que la calidad siempre ha sido el principio efectivo en la ciencia de investigación práctica, pero en realidad, la filosofía e ideología dominante de la ciencia a menudo la han olvidado. Para la ciencia postnormal, la calidad es crucial y hace más referencia al proceso que al producto. Los círculos políticos se percatan cada vez más de que en problemas medioambientales complejos donde faltan buenas soluciones y se necesita el soporte de todos los interesados, la calidad del proceso de toma de decisiones es absolutamente crítica para que la decisión obtenga buenos resultados. Este nuevo modo de ver las cosas se refiere tanto al aspecto científico de la toma de decisiones como a cualquier otro aspecto que resulte procedente.Ciencia con valores
La ciencia postnormal se puede relacionar con las estrategias complementarias más tradicionales mediante un diagrama (ver figura 1). En este diagrama se pueden observar dos ejes: incertidumbres de los sistemas e intereses de la decisión. Cuando su importancia es mínima, nos encontramos en el terreno de la ciencia segura y normal, donde la competencia es completamente efectiva. Cuando aumenta la importancia de uno de esos ejes, la aplicación de las técnicas rutinarias ya no es suficiente; en dichos casos, se necesita habilidad, criterio y, a veces, valentía. Hoy en día esto se denomina asesoramiento profesional, teniendo presente los ejemplos del cirujano o del ingeniero superior. La sociedad moderna ha dependido de los ejércitos de científicos aplicados, que han hecho avanzar las fronteras del conocimiento y de la técnica; los profesionales, por su parte, han representado un papel aristocrático, como innovadores o como guardianes.
Siempre ha habido problemas que la ciencia no ha podido resolver. De hecho, el gran hito alcanzado por nuestra civilización ha sido domesticar la naturaleza de muchos modos diferentes. Gracias a esto, para un sinnúmero de personas la vida es más segura, más útil y más cómoda de lo que se podía haber imaginado en los primeros tiempos. Pero ahora nos damos cuenta de que la conquista de la naturaleza no ha acabado. Al enfrentarnos con la naturaleza en su estado reactivo, encontramos incertidumbres extremas en nuestra comprensión de sus sistemas complejos, unas incertidumbres que no se solventarán con el mero desarrollo de las bases de datos o con la potencia informática. Y teniendo en cuenta que estamos todos implicados en la gestión de los recursos del mundo natural para nuestro provecho personal y social, cualquier política de cambio está obligada a afectar a nuestros intereses. Por ese motivo, en cualquier estrategia de resolución de problemas, los intereses de la decisión de los diversos interesados también se deben tener en cuenta.
Ésa es la razón por la que el diagrama tiene dos dimensiones y esto es una innovación para las descripciones de ciencia, asumida tradicionalmente por estar exenta de valores. Pero en cualquier problema real de gestión del medio ambiente, ambas dimensiones son inseparables. Si las conclusiones no están totalmente determinadas por los hechos científicos, los valores del agente condicionan las interferencias (naturalmente y legítimamente). Ésta es una parte necesaria de la práctica de la investigación; todas las pruebas estadísticas tienen valores incorporados, y esto se observa, por ejemplo, en la elección de límites confidenciales numéricos y la gestión de datos aislados que exigen unos juicios que a veces se pueden aproximar a la ciencia postnormal en su complejidad. Si los intereses son muy altos (como cuando una institución es amenazada seriamente por una política), entonces una política defensiva exigirá desafiar cada paso del argumento científico, aunque las incertidumbres de los sistemas sean realmente poco importantes.
Estas tácticas son sólo incorrectas cuando las llevan a cabo, en secreto, científicos que se presentan como jueces imparciales cuando de hecho son abogados comprometidos con una causa. Ahora hay muchas iniciativas -que no dejan de aumentar en número y en importancia- para incluir círculos más amplios de personas en la toma de decisiones y en la ejecución de los problemas medioambientales.
Con la contribución de todos los interesados en casos de ciencia postnormal no es que se persiga únicamente una más amplia participación democrática. En este caso los problemas son muy diferentes de los de la ciencia de investigación, la práctica profesional o el desarrollo industrial. Cada uno de ellos tiene sus propios sistemas para asegurar la calidad de los productos de su trabajo, ya sean los colegas del ámbito, las asociaciones profesionales de evaluación o el mercado. Para estos nuevos problemas, la calidad depende del diálogo abierto entre todas las partes afectadas. Esto es lo que se denomina comunidad del ámbito, que no sólo se compone de personas con acreditación institucional, sino de todas aquellas con deseo de participar en la resolución del problema. Fuera de contexto, dicha propuesta puede parecer que implica una dilución de la autoridad de la ciencia y que nos lleva al terreno de la política. Pero no estamos aquí para hablar de las áreas tradicionales de investigación y del desarrollo industrial, sino para hablar de aquellas áreas donde los problemas de calidad son cruciales y los mecanismos tradicionales de garantía de calidad son claramente inadecuados. Como este contexto de ciencia tiene relación con la política, en el hecho de que se amplíe el ámbito de debate fuera de los círculos tradicionales -en la extensión de dicha comunidad del ámbito- se puede observar cierta analogía con tiempos pasados, cuando se hicieron concesiones en otros terrenos; cuando se permitió, por ejemplo, que los trabajadores formaran sindicatos y cuando las mujeres pudieron votar. En todos estos casos, había profecías negativas que no se cumplieron.
En lo relativo a la formación de una política medioambiental en condiciones de complejidad, es difícil imaginar una alternativa viable a la extensión de los miembros de las comunidades del ámbito. Ya se están creando agrupaciones de este tipo, cada vez más, y esto ocurre cuando las autoridades no ven otra salida o cuando saben que ninguna política puede triunfar sin una amplia base de consenso. Entre estos grupos se encuentran los jurados populares, los grupos de atención, las conferencias de consenso o cualquier otro grupo con otro de los muchos nombres que se les ha dado. Tanto la denominación como la forma y las competencias son extremadamente variadas. Pero todos tienen un elemento importante en común: garantizan la calidad de las propuestas políticas, incluyendo un elemento científico, basándose en cualquier ciencia que puedan dominar durante el periodo de preparación, y todos sus veredictos tienen un grado de fuerza moral y por tanto, de influencia política.Soluciones reales a problemas reales
Juntamente con esta función evaluadora y reguladora de las comunidades del ámbito, está surgiendo otra función, una función más profundamente involucrada en el proceso político. Especialmente a nivel local, se ha visto, reiteradamente, que la gente, con la práctica, no sólo se ocupa del medio ambiente sino que encuentra modos ingeniosos y creativos -parcialmente tecnológicos- para su mejora. La calidad no radica únicamente en la verificación sino también en la creación, porque la gente puede imaginar soluciones y reformular problemas con métodos que los expertos acreditados, con la mejor intención del mundo, no encuentran normales.
Nadie puede garantizar que el restablecimiento de la calidad dentro de las comunidades del ámbito se realizará fácilmente y sin errores. Pero en el proceso de extensión de las comunidades del ámbito por medio del enfoque de la ciencia postnormal, podemos observar una vía abierta, tanto para la ciencia como para los problemas complejos del medio ambiente.
La Comisión real sobre contaminación del medio ambiente del Reino Unido ha creado recientemente una especie de manual para la práctica de la ciencia postnormal. En el informe 21, sobre el establecimiento de normas medioambientales, se realizan unas observaciones y recomendaciones que reflejan un nuevo punto de vista. Así pues, sobre la incertidumbre, se dice:
9.49: No se ha concebido ningún método satisfactorio para medir el riesgo para el medio natural, ni tan siquiera un principio, y aún menos se ha definido la escala de riesgos que se podría considerar tolerable.
En lo referente a los valores, tenemos lo siguiente:
9.74: Cuando las normas medioambientales están fijadas o se han emitido juicios sobre los problemas medioambientales, las decisiones tienen que comportar la comprensión de los valores de las personas [...];
En cuanto a la extensión de las comunidades de pares:
9.74 (continuación): Las formas tradicionales de consulta, aunque han proporcionado puntos de vista útiles, no son un método adecuado para articular los valores;
Y para la pluralidad de perspectivas legítimas:
9.76: Una exploración más rigurosa y más amplia de los valores de las personas requiere una discusión y un debate para permitir que se considere una variedad de puntos de vista y de perspectivas y que se desarrollen valores individuales.
[(Comisión Real sobre Contaminación Ambiental del Reino Unido 1998) Capítulo 9 - Conclusiones].Conclusión
La inadecuación del enfoque tradicional de la ciencia normal se ha mostrado reveladora en la dramática claridad del episodio de las vacas locas. Durante años los investigadores y asesores acreditados aseguraron al gobierno británico que el riesgo de transmisión infecciosa a los humanos era casi inexistente. No dieron importancia a los intereses implicados en la política oficial, para la cual la alarma pública y los gastos del gobierno eran los aspectos prioritarios. Después se confirmó la existencia de enfermos infectados y durante un breve periodo de tiempo el gobierno admitió que una epidemia de enfermedad degenerativa era un riesgo no cuantificable. La situación se descontroló y el rechazo de los consumidores no sólo amenazó la carne de vaca británica sino seguramente toda la industria cárnica europea. Teniendo en cuenta la situación, se tuvo que tomar una dura decisión sobre el ganado que se tenía que sacrificar. Pero se partía de una base muy frágil: simples estimaciones sobre el número de cabezas de ganado que se tenían que sacrificar para tranquilizar a los consumidores de carne. A su vez, los detractores independientes -a los que se había tratado con bastante dureza- fueron admitidos en el debate. Sin desear de ningún modo unas consecuencias como estas, el Ministerio Británico de Agricultura, Ganadería y Pesca creó una situación de extrema incertidumbre, en la que se desconocían los intereses reinantes y en la que se legitimaba la ampliación de la comunidad con derecho a opinar.
El enfoque de la ciencia postnormal no se ha de entender como un ataque a los expertos acreditados sino más bien como una ayuda. El mundo de la ciencia normal en el que fueron formados, tiene su lugar dentro de un estudio científico del medio ambiente, pero es necesario que se complemente con una conciencia de la naturaleza postnormal de los problemas con los que nos enfrentamos. La gestión de sistemas naturales complejos como si fueran meros ejercicios científicos nos ha llevado a la actual situación, donde se combinan triunfos y peligros. Estamos presenciando la emergencia de un nuevo enfoque en lo referente a las estrategias de resolución de problemas. En este enfoque la función de la ciencia continúa siendo fundamental, pero entra dentro de un contexto que tiene en cuenta las incertidumbres de los sistemas naturales y la relevancia de los valores humanos. Bibliografía
DESCARTES. Discours de la Methode, Part VI. 1638.
FUNTOWICZ, S. O.; RAVETZ, J. R. «Science for the post-normal age», Futures, 25:7(1993), pág. 739-755.
FUNTOWICZ, S. O.; RAVETZ, J. R. «Problemas ambientales, ciencia post-normal y comunidades de evaluadores extendidas». Ciencia, tecnología y sociedad. Barcelona: Marta I. González García, José A. López Cerezo y José Luís Luján (ed.), Ariel, 1997a. Pág. 151-161.
FUNTOWICZ, S. O.; RAVETZ, J. R. «The Poetry of Thermodynamics», Futures, 29:9 (1997b), pág. 791-810.
KUHN, T. S. The Structure of the Scientific Revolutions, Chicago: University of Chicago Press IL., 1962.
UK Royal Commission on Environmental Pollution. Setting Environmental Standards, informe 21, capítulol 9: «Conclusions» [http://www.rcep.org.uk/].
Ulrich Beck y las dimensiones sociales del riesgo
Josep EsplugaSociólogo, profesor de sociología ambiental de la Universidad Autónoma de Barcelona
El sociólogo alemán Ulrich Beck es el formulador del concepto de risk society (sociedad del riesgo) que intenta describir la nueva modernidad, es decir, la estructura social en transformación que caracteriza al capitlismo tardío. En esta «modernidad reflexiva» el riesgo es un constructo social no una probabilidad claramente objetivable. A pesar de la potencialidad de muchas de sus ideas, la univeralidad que Beck asocia a muchos de los riesgos contemporáneos refleja el etnocentrismo de su propuesta.
En algunos pasajes de su curiosa etnografía titulada El antropólogo inocente, Nigel Barley hace referencia a las relaciones que los dowaios -una pequeña tribu del Camerún- mantienen con el medio ambiente en el que viven y del que extraen sus recursos básicos. Uno de los fragmentos más chocantes desde la óptica de un occidental medianamente ilustrado es el siguiente:
En lo tocante a «vivir en armonía con la naturaleza», los dowaios tenían mucho camino por delante. Con frecuencia me reprochaban que no me hubiese llevado una ametralladora de la tierra de los blancos para poder erradicar de este modo los patéticos rebaños de antílopes que todavía existían en su territorio. Cuando los dowaios empezaron a cultivar algodón para el monopolio estatal, se les entregaron grandes cantidades de pesticidas, que ellos aplicaron inmediatamente a la pesca. Lanzaban el producto a los ríos para recoger después los peces envenenados que flotaban en la superficie. Este veneno sustituyó rápidamente a la corteza del árbol que habían utilizado tradicionalmente para ahogar a los peces. «Es fantástico -explicaban-. Lo echas en el agua y lo mata todo, peces pequeños y peces grandes, en muchos kilómetros». (Barley, 1996: 122).
Se ha de añadir que, evidentemente, los peces muertos eran objeto posteriormente de un tratamiento culinario y su destino era el de ser comidos por los miembros del poblado, y que diversos expertos ya les habían advertido del riesgo que suponía comer peces envenenados, pero los dowaios hacían caso omiso de esa información, que en su sistema social y cultural es poco significativa. Una actitud similar se encuentra entre los habitantes de Bielorrusia, que cada otoño salen masivamente a recoger setas en los bosques gravemente afectados por la radioactividad de Chernóbil, aunque saben muy bien (han sido objeto de intensas campañas informativas) que precisamente las setas acumulan dosis importantes de contaminación radiactiva. Desde la racionalidad y la escala de valores occidentales se podría pensar que los dowaios del profesor Barley están poniendo en práctica un comportamiento altamente perjudicial para su salud y para el medio ambiente en el que viven. Pero parece que lo hacen sin demasiadas precauciones ni remordimientos, ni sentido alguno de la responsabilidad, lo cual lleva a pensar un poco en el concepto de riesgo. ¿Acaso no ven el peligro los dowaios? ¿Quizás sean unos irracionales? ¿Es sólo una cuestión de ignorancia por su parte? ¿Un científico europeo tiene más garantías de comportarse de manera saludable que un dowaio? ¿Se pueden controlar todos los riesgos que afectan a la salud? ¿Quién es responsable de los riesgos? ¿Estamos dispuestos a tomar algún tipo de medidas para evitar riesgos?
El riesgo como concepto emergente
El incremento y la difusión de la conciencia de riesgo en nuestra sociedad son, en cierta manera, paradójicos, si se considera que al mismo tiempo que aumenta el desarrollo tecnológico y disminuyen las probabilidades objetivas de muerte (o daño), aumentan los miedos, los temores y las ansiedades de muchos sectores ciudadanos. No deja de resultar sorprendente el incremento de la conciencia de riesgo difuso, por la cual en el ambiente en el que vivimos, en la comida que comemos, en los instrumentos que utilizamos, en los espacios que atravesamos, etcétera, se identifican cada vez más numerosos factores de riesgo. La explicación de esta aparente paradoja presenta múltiples caras. Entre los principales aspectos se pueden citar las incertidumbres con las que se encuentra la ciencia para controlar los efectos de ciertas tecnologías (genéticas, químicas, nucleares, etcétera); la mayor sensibilidad al riesgo por parte de la población gracias a la mayor presencia social de información sobre los riesgos (se ha de destacar el papel tematizador de la información en una sociedad mediática como la actual); o la evidencia cada vez más extendida socialmente de los efectos colaterales del proceso de modernización (que se configuran como riesgos que no se encuentran distribuidos de manera socialmente homogénea, sino de manera desigual, tanto sincrónica como diacrónicamente entre las generaciones futuras).
Todo ello configura una forma de nueva e insurgente cultura del riesgo que dificulta la sesión del riesgo y su uso político en el marco de las instituciones clásicas de la sociedad industrial, con el agravante de la introducción de las generaciones futuras como sujetos de referencia. ¿Cuáles son los criterios apropiados para identificar y definir los riesgos? ¿Qué nivel de seguridad se puede considerar suficientemente seguro? ¿Se ha de adoptar un grupo de criterios uniformes para gestionar todo tipo de riesgos? ¿Quién ha de designar dicho criterio? ¿A quién corresponde la responsabilidad si el criterio se manifiesta inadecuado? Estas otras cuestiones del mismo tipo constituyen el punto esencial del debate sobre el riesgo, y permiten sospechar que no existe el riesgo obvio, ni su distribución es homogénea, por lo cual, cuestiones tan reiteradas como la de «¿Quién lo paga?» se vuelven muy problemáticas e incluso dejan de ser útiles para la gestión del riesgo.Diversas aproximaciones al concepto de riesgo
A pesar de la utilidad y de la centralidad del concepto de riesgo, su uso normalmente se acompaña de una considerable imprecisión en la definición y en el concepto en muchas de las disciplinas que lo utilizan (aunque matemáticos y economistas lo usan con bastante definición, la mayoría de las ciencias sociales no lo hacen). Se pueden individualizar dos grandes líneas epistemológicas en lo tocante a la conceptualización del riesgo tecnológico, desde posturas más realistas hasta las más hermenéuticas:
Por una parte, existen las definiciones estadístico-probabilísticas basadas en criterios científico-técnicos en el sentido positivista, de carácter cuantitativo, donde el riesgo es una propiedad objetiva de un acontecimiento o de una actividad, y se pueden medir probabilísticamente para calcular sus efectos adversos. El origen de esta definición se puede encontrar en la ingeniería, la estadística, la física o la química. Desde este enfoque el riesgo tiene su referente entre los daños por las pérdidas esperadas y se puede reducir a un valor numérico. En lo que respecta a sus consecuencias se caracteriza por ser un concepto unidimensional, es decir, que sólo contempla una única dimensión de consecuencias: Los daños físicos/biológicos. Esta única dimensión, además, se considera universal, es decir, relevante en cualquier lugar y momento histórico (de aquí su utilidad práctica). Mediante un cálculo de probabilidades de magnitudes de los daños se puede realizar una estimación numérica promediada sobre el tiempo y/o espacio, susceptible de ser comparada con criterios de valoración preestablecidos, y que permite la toma de decisiones. Todos los estudios toxicológicos, epidemiológicos, probabilísticos, de árboles de fallo de sistemas, etc. usan esta perspectiva de análisis del riesgo. La economía y las teorías de decisión racional también participan en parte de esta perspectiva, con una concepción de riesgo unidimensional pero basada en pérdidas esperadas, en lugar de daños físicos, dentro de una operación coste-beneficio.
Por otra parte, además de las definiciones más estrictas (y restrictivas) realizadas desde las ciencias naturales y alguna ciencia social positiva como la economía, el riesgo se considera también, desde ciertas perspectivas de las ciencias sociales, como un producto sociocultural, de tal manera que la definición misma del riesgo se considera histórica y culturalmente variable y se fundamenta en convenciones sociales. En este sentido, la definición del riesgo se puede abordar desde una perspectiva más hermenéutica o interpretativa, haciendo referencia a aquello que está más vinculado a su significado, a los aspectos personales, sociales y culturales. De un modo general, el riesgo se puede entender como la evaluación de la posibilidad de un efecto adverso como consecuencia de un peligro (Puy). Se insiste en el carácter multidimensional del riesgo, en el sentido de que, además de la dimensión numérica de probabilidades y pérdidas cuantificables, comporta otra serie de aspectos cualitativos que las personas tienen en cuenta a la hora de juzgar o evaluar un riesgo: tales como el grado de voluntariedad en la exposición al mismo, la inmediatez o la demora de sus efectos, la credibilidad de las instituciones que lo gestionan, etcétera. Desde las ciencias sociales no resulta fácil contemplar el riesgo como un concepto objetivo y unidimensional, ya que un mismo riesgo se llena de significados distintos en función de las personas o contextos y los diferentes momentos. Desde esta perspectiva, el riesgo es más bien una construcción social. Casos como las amenazas a la salud, las desigualdades, los sentimientos de injusticia, el control coercitivo, y otros factores que no pueden ser determinados por los análisis científicos objetivos, se reconstruyen a través de las creencias y pensamientos racionales de los diversos agentes sociales. En la definición y construcción de un riesgo se ven reflejados los intereses y los valores de cada grupo o institución implicados en el proceso. Desde esta perspectiva, las políticas de riesgo nacen de una lucha constante de todos los actores participantes para incluir su significado del riesgo en la agenda pública e imponerlo a otros.
En este sentido, los análisis técnicos del riesgo no son necesariamente superiores a otras construcciones del riesgo, ya que también están basados en convenciones de grupos (de expertos), intereses específicos de elites y valores y juicios implícitos. Las consecuencias reales de los riesgos vienen dadas siempre a través de interpretaciones sociales, y están siempre ligadas a valores e intereses de grupo.
Los dowaios de Barley pueden ilustrar casos en los que la identificación e interpretación de algunos factores de riesgo dependen de creencias propias de cada grupo social, que las asocian a la posibilidad de que ocurran determinados daños de mayor o menor magnitud. Por ejemplo, en palabras del Barley:A los dowaios les extrañaba que las serpientes y los escorpiones me diesen tanto miedo y que, en cambio, evitase atropellar a la más horripilante de las aves, el búho. Una vez me vieron recoger un camaleón, cuya picadura consideraban mortal, después de que unos niños lo hubiesen estado torturando, para dejarlo en un árbol. Para ellos aquello era una locura. Pero la más útil de mis locuras era estar dispuesto a tocar las garras de un oso hormiguero; los dowaios no las tocan jamás de la vida, por miedo a que sus penes queden permanentemente flácidos. Si se clavan las garras en el fruto del baobab y se pronuncia el nombre de la víctima, las garras se pueden utilizar para matar a un hombre. Así, al caer el fruto, la persona morirá. Los dowaios que habían matado un oso hormiguero me requerían públicamente y me ofrecían las garras como muestra de sus buenas intenciones respecto a sus vecinos. Entonces yo tenía que llevarlas al campo y enterrarlas lejos de los lugares frecuentados. Esta tarea de controlador de la contaminación cosmológica que yo desarrollaba era muy apreciada. (Barley,1996:165)
En nuestra sociedad, las instituciones encargadas de gestionar los riesgos realizan a menudo análisis técnicos objetivos, pero sólo esto no garantiza el control de la respuesta social, con lo cual la gestión del riesgo se puede ver enormemente dificultada.
Elementos comunes a las diferentes perspectivas
Las distintas concepciones del riesgo comparten, al menos, tres consideraciones:
1) La distinción entre realidad y posibilidad. Si el futuro se considerase o bien predeterminado o bien independiente de las actividades humanas del presente, el término riesgo no tendría sentido (Renn). Si el destino de una persona estuviese predeterminado, no habría necesidad de anticipar resultados futuros, más allá de la simple curiosidad, ya que en definitiva las consecuencias no podrían ser evitadas. Si se acepta la distinción entre realidad y posibilidad, el término riesgo denota la posibilidad de que un estado de realidad no deseado pueda suceder como resultado de acontecimientos naturales o de actividades humanas. De acuerdo con este planteamiento, el riesgo es un concepto descriptivo y, a la vez, normativo, ya que permite establecer un modelo en el cual los seres humanos pueden hacer conexiones más o menos casuales entre unas acciones y sus efectos, y, además, obliga a suponer que los efectos no deseables (daños) pueden eliminarse o mitigarse si los acontecimientos o acciones causantes se evitan o se modifican. Pensar en aquello que constituye un riesgo y en cuáles pueden ser sus consecuencias lleva a identificar unos factores, unos peligros, una población expuesta, unas instituciones responsables de garantizar una seguridad, y, además, a establecer unos parámetros que establezcan lo que se ha de hacer (o, más a menudo, aquello que no se ha de hacer). Normalmente, considerar la posibilidad de un riesgo en una población implica la exigencia de reducirlo o eliminarlo. De este modo, alrededor del riesgo se organiza un proceso decisorio (político) con, como mínimo, tres clases de sujetos: los responsables de la generación del riesgo, los administradores públicos y los ciudadanos.
2) La otra idea subyacente a todas las perspectivas de estudio es que la presencia del riesgo comporta la posibilidad de pérdidas o daños. Se considera que las pérdidas (o daños) son las consecuencias del riesgo. Para definir o evaluar un riesgo, lo primero que tendría que hacerse es determinar cuáles son los posibles ámbitos de consecuencias que se van a considerar. Como ya se ha comentado, diferentes tipos de estudios han identificado diversas dimensiones tales como el daño físico y el biológico, el bienestar psicológico de los individuos, el impacto sobre el medio ambiente, el impacto económico, etc. El riesgo no es una única magnitud, sino que cada una de estas dimensiones suponen unas consecuencias distintas, a menudo difícilmente conmensurables y agregables entre sí.
Por otra parte, es obvio que no todos los individuos perciben la realidad del mismo modo, y que hay diferencias sustanciales entre el significado que adquieren las cosas para unas personas y para otras, en función de sus características individuales, de sus experiencias, del entorno social en el que viven y del contexto local de interacción en el que tiene lugar la percepción o la acción, entre otros posibles factores. Las diferencias más notables, o que han recibido una mayor atención por parte de los estudiosos en lo relacionado con el tema que nos ocupa, son las diferencias entre expertos y profanos (Wynne). Los criterios utilizados por el público para estimar la gravedad o significación de una posible pérdida no sólo tienen que ver con las dimensiones biológicas (tales como mortalidad o morbilidad), sino también con otras dimensiones psicológicas, sociales y culturales, algunas de las cuales están muy relacionadas con sus convicciones éticas y morales sobre la justicia y sobre el tipo de sociedades en las que desean vivir (Douglas). Así, es posible que el horror de una catástrofe no dependa sólo del número de víctimas (que es el indicador tradicionalmente más utilizado), sino también de la violación de algún sentimiento de justicia que las personas comparten (aspecto de naturaleza intangible y variable en el tiempo), etc. Además, se ha de tener en cuenta que distintos grupos sociales afectados e implicados de manera desigual por el riesgo pueden evaluar su significación de distinta forma, y es una cuestión política el decidir a qué grupo se atiende con preferencia.
3) Además, las diferentes perspectivas sobre el riesgo se ven afectadas por una incertidumbre intrínseca en su esencia (Puy), hasta el punto de que el propio concepto de riesgo llega a equipararse con el de incertidumbre. Esta incertidumbre surgió al intentar determinar, por ejemplo, en qué medida las personas prefieren o rechazan el riesgo frente a la seguridad. Además, aparece una incertidumbre respecto a los posibles ámbitos o dimensiones en los que pueden presentarse las pérdidas, lo que permite suponer que cuanto mayor sea esta incertidumbre mayor será el riesgo (esta incertidumbre afecta tanto a los análisis de profanos como a los de expertos). También se puede hablar de incertidumbres para referirse al nivel (magnitud) de las pérdidas que pueden ocurrir, ya que incluso cuando se llegan a conocer los ámbitos que podrían verse afectados, se mantiene la incertidumbre sobre la probabilidad de que tales pérdidas se produzcan o no (a mayor probabilidad mayor es el riesgo).
Muchos de los estudios sobre riesgos, especialmente desde la perspectiva estadístico-probabilística, sólo contemplan la incertidumbre en el sentido de probabilidad de pérdidas físico-biológicas, pero no los demás aspectos mencionados (percepción del riesgo, bienestar psicológico de los individuos, costes y beneficios económicos, desconocimiento y temor, sentimiento de injusticia, etc.). Algunas experiencias de desastres demuestran que, en realidad, la escala de los daños es mucho más amplia, y que provoca repercusiones que los análisis pretendidamente realistas u objetivos no pueden recoger. Con gran sensatez, pero de una manera muy ilustrativa, V. Amato (1995) exponía las consecuencias de un riesgo con el efecto de las ondas producidas por una piedra lanzada a un estanque, que en su expansión afectan en primer lugar a las víctimas directamente implicadas, después a la empresa responsable, y a continuación se verán afectadas otras empresas y posteriormente otros sectores industriales. Aquí se podrían añadir los daños a la imagen de estas empresas, los daños al sistema político que había garantizado unos derechos a sus ciudadanos, etc. Un caso real ampliamente documentado es el del incidente ocurrido en 1979 en la central nuclear de Three Mile Island, donde se demostró que el número de muertos, heridos y daños a la propiedad sólo son una pequeña parte del conjunto de las pérdidas generales. En este caso no se produjeron ni muertes ni excesivas preocupaciones por posibles enfermedades posteriores pero se ocasionaron importantes daños sociales: la empresa gestora de la instalación se fue a pique, y se impusieron enormes costes a la industria nuclear y a la sociedad en general a través de una mayor reglamentación del sector, se redujo la operatividad de los reactores a escala mundial, y se generó una fortísima oposición de la opinión pública internacional a la energía nuclear. En la actualidad, esta oposición se ha extendido incluso a otras tecnologías, como las de la industria química o de la ingeniería genética, que generan desconfianza y poca credibilidad entre ciertos sectores sociales.
Si se acepta que el riesgo es multidimensional, la pretensión de captar su idea global mediante un número no permite dar una explicación satisfactoria sobre las acciones sociales, individuales o colectivas, relacionadas con éste. Desde este punto de vista, el análisis cuantificador resulta excesivamente rígido y reduccionista para dar cuenta de los fenómenos sociales que rodean a las vivencias del riesgo.Algunas notas sobre el análisis de la sociedad contemporánea
Se podría pensar que vivimos en una época curiosa o especial en la que las cosas cambian con mucha rapidez, y que quizá nos encontremos en un momento histórico de transición. Pero, probablemente, la historia de la humanidad nunca ha sido nada más que un proceso de transición, de cambios continuos y azarosos, por lo que nuestra época tampoco tendría por qué ser distinta a otras épocas anteriores o posteriores. Sin embargo, nosotros en la actualidad vivimos y experimentamos con más o menos preocupación, y tenemos, a menudo, la necesidad de dibujar un esquema que nos permita situarnos y explicar ciertos fenómenos que nos afectan o que nos hacen titubear, que erosionan nuestras convicciones, la confianza o nuestra manera de ser y estar en el mundo. Normalmente, los investigadores sociales aceptan la hipótesis de que la manía moderna de querer explicar la sociedad procede de la época de la industrialización en la Europa del siglo XIX, una época en la que se hacen patentes los cambios drásticos en las formas de vida, en las instituciones, en los sistemas políticos, en los valores sociales y culturales. La sociedad industrial conlleva toda una serie de problemas sociales (aumento de las desigualdades, concentración urbana con pobres condiciones de salubridad, desarraigo, siniestralidad laboral, etc.), pero al mismo tiempo también la posibilidad de emancipación, de generar acciones colectivas encaminadas a disputar el poder a los grupos tradicionalmente poderosos para poder conseguir una nueva sociedad. Así pues, el siglo XIX vio aparecer cierto número de utopías apoyadas en el progreso técnico y científico, que proponían un mundo racionalmente mejor como alternativa a la sociedad industrial burguesa. En aquel contexto todo parecía indicar que la razón científica constituía la base adecuada para generar conocimientos válidos sobre la realidad, y para fundamentar la toma decisiones sobre los asuntos que afectan al conjunto de la sociedad. El conocimiento técnico permitiría dominar las condiciones que rigen la vida humana, y nos liberaría de las constricciones tradicionales de la naturaleza. Durante muchas décadas ésta ha sido la imagen social de la ciencia y de la técnica, como a instancias legitimadoras de una idea de progreso ilimitado y de control y dominio sobre todo tipo de recursos.
A finales del siglo XX, algunas de estas premisas ya no son tan evidentes. Cada vez es mayor el número de conflictos sociales relacionados con problemas derivados del propio desarrollo tecnológico y de la impredictibilidad de muchos de los fenómenos complejos que afectan al actual orden social. El esquema que rendía pleitesía a la sociedad industrial comienza a no ser todo lo válido que sería necesario, de tal modo que aparecen nuevas formas de análisis y de explicación de la sociedad. Precisamente, es en este punto en el que puede situarse la obra de Ulrich Beck, como uno de los estudiosos que propone un sugerente marco de análisis a través de lo que se ha dado en llamar la sociedad del riesgo.Hacia la sociedad del riesgo
Ulrich Beck comparte la hipótesis de que el proceso de modernización está erosionando seriamente la sociedad industrial y parece dar paso a nuevas configuraciones sociales (incorporadas, a pesar de todo, a un sistema capitalista en transformación). Beck observa una serie de indicadores de estos cambios: la creciente importancia de nuevas relaciones sociales que van más allá de la estricta sociedad de clases, tales como los nuevos movimientos ciudadanos (comunismo, pacifismo, feminismo, etc.), la nueva pobreza, los nacionalismos, los fundamentalismos, etc.; también observa la redefinición del papel de la familia nuclear; la modificación de los límites entre el ámbito del trabajo y el no trabajo, las nuevas relaciones entre productores y consumidores, la consolidación de una bolsa de paro estructural; de igual modo, se detecta también que la ciencia pierde su imagen de neutralidad y se enfrenta a una duda metódica, tanto en lo relacionado con el objeto de estudio como con los efectos sociales de su aplicación; y, en definitiva, se acaban constatando graves dificultades para poder satisfacer ciertas promesas importantes del proyecto moderno (libertad, democracia no formal, etc.).
En este contexto, Beck postula el concepto de sociedad del riesgo, definida como un estadio de la sociedad moderna en el que la producción de riesgos políticos, ecológicos e individuales está -cada vez más- fuera del control de las instituciones encargadas de garantizar la seguridad de la sociedad. Desde las instituciones de decisión política aún se continúa dando por supuesto que la realidad natural y social se puede dominar y controlar tecnológicamente, al tiempo que se considera permitido el tolerar unos niveles residuales, más o menos provisionales, de riesgo. Pero cada vez resulta más evidente que la ciudadanía empieza a formarse una imagen diferente de los riesgos a los que se ve expuesta, y todo ello da lugar a la pérdida de legitimidad de las instituciones encargadas de controlarlos. Desde diversos focos ciudadanos y de opinión pública se expresa la preocupación creciente y la desconfianza respecto a las instituciones, ya que se percibe que se convierten en focos de producción y de legitimación de peligros incontrolables, sobre la base de unas rígidas relaciones de propiedad y de poder. Esta fase de advenimiento de la sociedad del riesgo surge de manera visible en los países occidentales a partir de mediados de los años ochenta del siglo XX. En la sociedad del riesgo, los objetivos ya no son tanto el dominar la naturaleza o liberar a los seres humanos de las constricciones tradicionales sino, además (en cambio), hacer frente a los problemas resultantes del propio desarrollo tecno-económico. En este sentido, se introducen elementos decisivos, se habla de modernización reflexiva. Beck entiende la modernización reflexiva como una transformación de la sociedad industrial, que se produce sin planificación y de manera latente en el transcurso normal y autónomo de la modernización, y que supone una radicalización de la modernidad, que desvincula la sociedad industrial de sus perfiles y premisas. Si la modernización simple supuso una disolución y sustitución de las formas de la sociedad tradicional por las industriales (a través de la racionalidad teleológica), la modernización reflexiva, conceptualizada por Beck, supone la disolución y sustitución de las formas de la sociedad industrial por otros tipos de formas sociales. Pero, según Beck, esta modernización reflexiva no ha de tender necesariamente hacia la autodestrucción, sino a la autotransformación y, por lo tanto, puede conllevar un potencial positivo para el futuro de la sociedad.Reflexividad crítica
El proceso de modernización que tuvo lugar en la sociedad industrial se pensó y se justificó en términos de globalización, de expansión permanente, y el hecho de que el progreso pudiese volverse contra sí mismo, hasta el punto de autosuprimirse, no dejaba de verse como algo inaceptable, sencillamente no era pertinente. Pero la expansión y difusión masiva del conocimiento científico y tecnológico ha propiciado en esta sociedad la capacidad de autoconfrontación y reflexión crítica respecto a las consecuencias y riesgos que comporta el proceso de modernización. Se da la paradoja de que el agotamiento de los recursos y de los fundamentos de la modernización industrial no es imputable a enemigos externos al sistema contra los que movilizarse y subrayar una identidad común, sino que ha de atribuirse a agentes internos, al propio proceso de modernización industrial. En definitiva, se constata que en la sociedad moderna, los mismos indicadores que pueden servir para explicar el bienestar, también pueden servir para explicar las pérdidas y daños (o consecuencias del riesgo) hecho que genera, entre el público, inseguridad, angustia y cierta conciencia de riesgo difuso permanente. Se ha de añadir que, para Beck, en la sociedad del riesgo, la distribución de beneficios y la distribución de riesgos no es equitativa, sino que siempre hay grupos sociales que reciben más beneficios y otros más daños. Pero los riesgos derivados de los efectos colaterales del desarrollo tienen una naturaleza tal que sus efectos alcanzan a toda la población en mayor o menor medida, por lo cual, en palabras de Beck, todos nos vemos expuestos, incluso los miembros de las generaciones futuras.
La sociedad del riesgo se origina allí donde los sistemas de normas y las instituciones sociales fracasan a la hora de conseguir la seguridad prometida frente a los peligros desencadenados por la toma decisiones. Para defenderse y relativizar esta afirmación, los responsables de la toma de decisiones acostumbran a señalar que la inseguridad y las amenazas no son un problema específico de la sociedad actual, sino que ya se ha observado en todas las culturas y épocas. En opinión de Beck, en esta nueva modernidad hay un rasgo específico determinante: los peligros y los riesgos se producen a raíz de decisiones sociales. Es decir, los peligros y los riesgos no son atribuibles a la naturaleza, a los dioses, a los demonios ni a otras instancias metafísicas, sino que dependen de decisiones adoptadas desde diversas instituciones sociales (públicas o privadas). El hecho de que las decisiones generen peligros duraderos (y que generen también beneficios económicos) tiene un destacable significado político: las garantías de protección -seguridad- son refutadas públicamente, con lo cual, a menudo, queda en entredicho la legitimidad de quienes deciden. Las decisiones se argumentan con promesas de utilidad económica, técnica o social, y se ven sometidas a unas normas que han de garantizar su control. A menudo, se constata que los sistemas normativos establecidos no cumplen sus exigencias de control, y, además, estos aspectos acostumbran a quedar al margen de los debates públicos. Se observa también que existen diversas y diferentes percepciones sobre las consecuencias y los peligros. De este modo, se ve muy dificultado el intento de organizar y establecer prioridades. La contradicción entre promesas de racional