El futuro de los espacios naturales
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         Número 27 - noviembre de 2000

 
Sumario

Editorial
El orígen de los espacios naturales protegiodos
Martí Boada and Mònica Rivera
Nuevas tendencias en gestión
Josep Maria Mallarach
Pasado, presente y futuro del Parque del Delta del Ebro
Rafael Balada
La investigación en los espacios naturales progegios
Jaume Terrades
El modelo del National Trust
Richard Ellis
Entrevista a Lluís Paluzie
Lluís Reales
Normativa ambiental
Ignasi Doñate
Ecología del ocio
Xavier Duran



Editorial

Hacia un modelo de gestión único

Era una decisión largamente esperada por muchos sectores de la sociedad catalana. Prácticamente un año atrás, concretamente el 29 de noviembre de 1999, el Diario Oficial de la Generalidad de Cataluña publicaba el Decreto 297/1999. Por éste se suprimía la Dirección General del Medio Natural del Departamento de Agricultura, Ganadería y Pesca y sus funciones en materia de conservación de la naturaleza se atribuían a la Dirección General de Patrimonio Natural y Medio Físico del Departamento de Medio Ambiente. Por último, se impuso la lógica: era necesario un modelo único de gestión para los espacios naturales de Cataluña, sean públicos o privados.  Desde entonces, la gestión del patrimonio natural se encuentra en período de transición. Se está poniendo orden a la espera de la creación de la Agencia Catalana de la Naturaleza, el organismo que deberá unificar y pilotar la gestión del patrimonio natural del país. 

En este contexto de cambio y en este momento de oportunidad se sitúa el número de Medi Ambient. Tecnologia i cultura que tienen en sus manos. En los últimos años, la mayoría de los espacios naturales han sido maltratados, no ha habido una política única y coherente. Ahora Cataluña tiene una oportunidad única para adoptar las últimas tendencias en gestión y poner en marcha una política imaginativa para proteger y preservar no sólo los espacios naturales, sino también el conjunto del territorio.
En lo que se refiere al contenido de este número, en primer lugar Martí Boada y Mónica Rivera, del Centro de Estudios Ambientales de la Universitat Autònoma de Barcelona, repasan la evolución de la idea de conservación, desde las "reservas" creadas en Mesopotamia hasta mediados de los años 70, cuando llega la democracia a nuestro país. Los autores inciden especialmente en el macizo del Montseny, paradigma del proteccionismo en Cataluña. 

El geólogo y experto ambiental Josep Maria Mallarach analiza las últimas tendencias en gestión, donde cada vez pesan más los criterios ecológicos cuando se trata de definir las políticas de protección. 

El Parque del delta del Ebro es un espacio natural caracterizado desde siempre por la gran actividad humana que se ha desarrollado en su seno. Rafael Balada, director del parque, explica cómo se ha conseguido que los vecinos de la zona sientan y defiendan el parque como un valioso patrimonio tras una historia llena de tropiezos.

Los espacios naturales protegidos son ámbitos muy apropiados para la investigación y, en muchos casos, se han convertido en instrumentos indispensables para el progreso de la ciencia. Jaume Terradas, investigador del CREAF de la Universitat Autònoma de Barcelona, profundiza en el papel que desempeñan estos espacios en el fomento de la investigación. 

Más de 2,6 millones de afiliados y un presupuesto anual de 50.160 millones de pesetas convierten al National Trust británico en una de las organizaciones no gubernamentales del ámbito de la conservación más importantes del mundo. Richard Ellis explica esta modélica experiencia.  La entrevista, habitual en cada número, tiene como protagonista a Lluís Paluzie, presidente del Consejo de Protección de la Naturaleza y persona con un peso importante en la historia de la protección en Cataluña. 
Por último, el abogado Ignasi Doñate repasa la realidad legislativa sobre el tema que presenta el número veintisiete de Medi Ambient. Tecnologia i Cultura. 

Lluís Reales
Director de Medi Ambient. Tecnologia i Cultura 


El origen de los espacios naturales protegidos 

Martí Boada. Mònica Rivera
Centro de Estudios Ambientales. Departamento de Geografía. Universidad Autónoma de Barcelona

Los autores repasan la evolución de la idea de conservación, desde las “reservas” creadas en la antigua Mesopotamia hasta los primeros referentes proteccionistas inciados en nuestro país. También se abordan los primeros vestigios de la planificación territorial en Cataluña y la revolución ambiental de los años 60, llave de paso al proteccionismo actual.
 

Existe la aceptación generalizada de que la protección y conservación de espacios naturales, tal como las entendemos hoy  en día, se inician durante la segunda mitad del siglo XIX con la creación del Parque Nacional de Yellowstone, en los Estados Unidos. A partir de este acontecimiento, el arranque de las figuras de protección con tiempo, intensidades y situaciones geohistóricas diferentes, no se ha detenido. Un objetivo, la creación de espacios naturales protegidos que en la historia del conservacionismo tiene orígenes y motivaciones diversos. Los objetivos de los más antiguos eran mayoritariamente venatorios. 

En Cataluña encontraríamos este origen en los espacios de caza de condes reyes y en los tratados de halconería. Un ejemplo de ello es la primera colección zoológica documentada del rey Juan I el Cazador, conservada dentro de un cercado de olivos del palacio. En un contexto civilizado diferente, aunque no ajeno, Hernán Cortés comenta en su diario que en su primera visita al Palacio de Moctezuma II en Tenochtitlan le impresionó la representación viva de diversos hábitats con muestras de la flora y la fauna del imperio azteca.

La referencia más antigua de creación de ciertas "reservas" se ha documentado en la antigua Mesopotamia, cuna de tres grandes civilizaciones: sumeria, babilónica y asiria, con importantes conocimientos de agricultura, jardinería, ganadería y pesca. Algunos reyes mesopotámicos implantaron las primeras reservas de animales para la práctica privilegiada de la caza, seguramente se trata de las primeras "figuras" de un espacio territorial sometido a una ordenación para su uso lúdico (Boada, 1997).

En lo referente al conocimiento del medio natural y al papel que desempeña en el equilibrio y la salud de los individuos, es Hipócrates (460-375 a. C.) quien realiza las "primeras auditorías ambientales" planteando que para entender la salud de los individuos y del conjunto de la sociedad es necesario estudiar la naturaleza del medio que les rodea: "Cuando se llega a una ciudad o villa hay que observar la situación del lugar con respecto a los vientos, también sus aguas, si son zonas pantanosas, si son blandas o duras, si se encuentra en un lugar elevado o llano, cómo es la flora que le rodea".

Durante la romanización, como resultado del aumento de la movilidad y de la capacidad de transformar el medio natural, aparece una primera "ordenación" urbanística y del territorio. Catón establece las primeras calificaciones del suelo con el fin de ordenar y vertebrar el territorio (véase Figura Catón).

El geógrafo e historiador Estrabón (63 a. C. al 19 a. C.), en su Geographika, probablemente impresionado por los rasgos densos y cerrados de los paisajes ibéricos, destaca el carácter extensivamente selvático de la Península Ibérica. Estrabón hace unas primeras descripciones de sus sistemas naturales diciendo que: "Iberia tiene muchos corzos y caballos salvajes. Los de Emporion fabrican lino y su país en parte es bueno y en parte es malo, con junco vasto e inútil".

También son interesantes las descripciones sobre el patrimonio natural ibérico recogidas por el sabio Plinio el Viejo cuando fue procurador de la Bética. En su Historia Natural cita uno de los primeros ejemplos de "delito ecológico"; dice que se honraba tanto a las cigüeñas por la cantidad de serpientes que capturan y se daba pena de muerte a quien las matase. 

Ordenación y maltrato de los bosques

Otra aportación notoria la constituye la obra De re rustica, del autor hispano romano Columela, donde se recogen los conocimientos de los clásicos en materia agraria y forestal, y se elabora lo que podemos considerar el primer tratado de buenas prácticas agrícolas y forestales. 

En el año 800, aparece un tratado primerizo sobre la necesidad de conservar y mejorar los bosques, el Capitullare de Villis. Se trata de una Ordenación visigótica sobre las posesiones reales, que manifiesta la preocupación por la gestión y conservación de los recursos forestales: "Nuestros bosques deben custodiarse con diligencia. No se puede permitir que los bosques, allí donde sean necesarios, sufran agravios por talas excesivas. Se debe favorecer la plantación de: enebrina, manzanos, perales, ciruelos, serbales blancos, nísperos, castaños, avellanos, almendros, moreras, laureles, pinos, nogales y cerezos".

Durante el largo proceso de feudalización han existido períodos históricos en los que se han promulgado medidas políticas con un impacto negativo sobre el medio. No nos extenderemos en este punto, pero quede como ejemplo la orden promulgada por el virrey García de Toledo en 1561, de quema sistemática de los bosques situados cerca de los caminos de tránsito importantes y, si procede, de todos los demás bosques del Principado, ya que constituyen un refugio inexpugnable de bandoleros. Felipe II celebró la acción "por el buen sosiego y quietud que puso en el Principado y el Condado" (J. Reglà, 1962).

El aumento demográfico y el impacto humano en el territorio son el origen de los primeros espacios sometidos a un cierto "régimen de protección". La sobreexplotación de los bosques por la creciente demanda social y el fuerte consumo de productos forestales en el sector doméstico, artesano, marinero y protoindustrial, explican la aparición de un documento normativo que quiere poner orden a los abusos y que apunta la organización de una incipiente "administración forestal". Esta primera legislación para la "ordenación y conservación" de los bosques en Cataluña se conoce como las Ordenaciones forestales o la Ley de bosques de Solsona (1627). El documento empieza así: "Se han cometido muchos grandes excesos en esta extracción, excediendo los límites (...) Su excelencia (...) prohíbe (...) que nadie (...) intente quitar las marcas ni señales de los árboles (...) ni quiera cortar estos árboles señalados". Este amplio documento normativo regula la tala, el carboneo, la fabricación de pez... Penaliza los abusos: incendios y otras prácticas consideradas abusivas.

Cambios en las relaciones sociedad - naturaleza

No obstante, hay que tener en cuenta que hasta bien avanzada la Ilustración, a finales del siglo XVIII, la idea multisecular sobre los recursos naturales era que éstos, por motivos divinos o sobrenaturales, eran inagotables; dominaba la creencia de que el providencialismo amparaba y regeneraba los recursos naturales sometidos a cualquier forma de explotación por parte de la sociedad, la idea de un límite era inexistente. La continuada explotación de los bosques y la fuerte regresión asociada a la superficie forestal durante el siglo XVIII explicarían la aparición del documento del marqués de la Ensenada, firmado el 31 de enero de 1748. Este documento, con forma de orden real, regula la explotación y la conservación de los bosques. De esta ordenanza para el fomento, cultivo y conservación de los bosques, destaca la exigencia explícita de que cada vecino, en todo el país, debe plantar tres árboles por cada árbol talado además del que le corresponde al año como vecino; se exime de esta obligación únicamente a las viudas pobres y a los niños. La implantación de esta norma hará, como hemos podido documentar, que en algunas villas, por acuerdo municipal, aumente hasta cinco el número de árboles que cada ciudadano debe plantar antes de que termine el año.

El decreto explica que: "Para que las actividades de bosque se realicen correctamente, las plantadas, podas y talas se harán con los métodos más convenientes, y se recomienda que cada pueblo disponga de un lugar para plantar bien descubierto al sur y protegido de los vientos del norte donde se planten los hayucos y bellotas más grandes y sanos de los árboles más robustos, que no se arranque la hierba ni la grama, para que mantengan la humedad y el rocío del verano".

En lo referente a las talas y las podas, se indica la época del año adecuada y el modo en que debe cortarse para no herir al árbol. Manda que se castigue con rigor a los que talen o corten árboles sin permiso y de forma grosera. Siempre será necesario el permiso de tala y se destaca la necesidad de aumentar el cultivo y la cantidad de bosques. De este destacado documento derivan los primeros inventarios forestales, que gestiona la que puede considerarse la primera guardería forestal y que, curiosamente, serán los denominados Comisionados de Marina, un cuerpo de agentes que estará presente a través de un representante en las principales villas forestales del Principado, y que son quienes se encargan de los controles, inventarios forestales y, si procede, autorizan su tala.

Ahora bien, no será hasta finales del siglo XVIII, que se darán las primeras propuestas, más o menos bien construidas, orientadas hacia planteamientos que se pueden considerar precursores del conservacionismo. A escala europea, la revolución industrial tendrá ya en sus primeros estadios un impacto extraordinario sobre los bosques. Aparece un esbozo conceptual de la naturaleza en el pensamiento occidental, que se recoge en tres grandes visiones generales (Glacken, 1967; Goudie, 1990): 
Visión teleológica. Es decir, la creencia en una entidad suprema que gobierna los ritmos de la naturaleza y los ritmos de la sociedad. Coincide con el providencialismo sobrenatural (Urteaga, 1993).

Visión determinista. Es decir, la idea de que las condiciones naturales son responsables de la evolución de las sociedades humanas. Este propósito ya fue formulado por Montesquieu.

Visión antropocéntrica en el sentido que, invirtiendo el orden de la visión determinista anterior, son las sociedades humanas las que influencian y, en cierta manera, gobiernan cada vez más los ritmos ambientales, y no al revés. Esta visión surge no tanto de la reflexión filosófica, como podría ser el caso de las dos anteriores, como de la experiencia práctica, al observar los primeros grandes efectos de la deforestación. 

No se puede pasar por alto que Humboldt pondrá de relieve en su obra Ensayo sobre la Geografía de las Plantas y el Cuadro Físico de las Plantas algunas de las modificaciones introducidas por los humanos en los sistemas naturales. Esta primera obra de geografía ambiental la dedicaría a su contemporáneo Goethe, con quien compartiría algunas de las tertulias que éste último organizaba en las que se mezclaban artistas, poetas, escritores y científicos. En torno a estos cenáculos del Romanticismo alemán encabezados por Goethe, Humboldt tendría una influencia notoria en el despertar de los estudios para la gestión de los recursos naturales. En este contexto surge un personaje que tendrá un papel significativo en el establecimiento de las bases más incipientes de las ciencias de la conservación al formular la necesidad de organizar la explotación racional de los recursos naturales: Heinrich Cotta  (Boada & Saurí, 1999). 

Cotta fue el fundador del Instituto de Ordenación de Tharandt, la primera escuela forestal y en la que se formaría Agustín Pascual, fundador de la Escuela de Montes en Villaviciosa de Odon, a principios del siglo XIX (Gómez, 1992). Las primeras promociones de estas instituciones se nutren de un elevado porcentaje de jóvenes procedentes del mundo rural catalán (Boada 1996). Una vez finalizada la formación, algunos de ellos —Bosch i Julià, hermanos Josep y Ramon Jordana, Sebastià Soler, Primitiu Artigas, Joaquim Castellarnau—, harán las primeras aportaciones a la gestión de recursos forestales, repoblación de cabeceras, fijación de dunas, etc. La visita a los EE.UU. de Josep Jordana —años 1876 y 1877— y, posteriormente, de Rafael Puig i Valls —1893—, les pondría en contacto con las primeras formulaciones proteccionistas: la instauración de la Fiesta del Árbol en el Estado de Nebraska en 1872 y la creación el mismo año del primer parque nacional del mundo: Yellowstone.

Necesidad de proteger

En los EE.UU., durante la segunda mitad del siglo XIX, la explotación indiscriminada de tierras y bosques motivó la aparición de una corriente conservacionista en el seno de las instituciones federales del país. El objetivo principal era preservar ciertas áreas de la presión colonizadora, con la idea de dejar de considerar que la naturaleza es ilimitada y pasar a concebirla como un patrimonio que es necesario conservar para las generaciones siguientes (Saurí, 1993). El espacio protegido se concebía como un santuario de la naturaleza, intocable para el hombre, para mantenerlo "virgen". Con esta idea se creó el parque nacional más extenso y más visitado de los Estados Unidos, Yellowstone.

Siguiendo la línea de Cotta, en nuestro país la figura del ingeniero forestal tarraconense, Rafael Puig i Valls, jugará un papel pionero con sus aportaciones a la gestación del conservacionismo y la concienciación ambiental. En 1884, este tarraconense, ante la continua e intensa destrucción de los bosques, formó parte de una comisión integrada por él y otro miembro del Instituto Agrícola Catalán de Sant Isidre, y dos más de la Asociación Catalanista de Excursiones Científicas, para organizar una liga para la defensa del medio natural, frente a la tala abusiva de bosques, con el fin de que se creasen disposiciones legales indispensables para la protección, conservación y recuperación de paisajes forestales. El primer trabajo de esta comisión fue la redacción de un proyecto de repoblación de la sierra de Collserola. Nos encontramos, con lo que, con toda probabilidad, constituye uno de los primeros agrupamientos conservacionistas del país.

Fue él quien dio a conocer el 21 de septiembre de 1898 en el artículo "La Pàtria i l’arbre", publicado en La Vanguardia, la Fiesta del Árbol. A pesar de ello, la idea de instituir la repoblación desde una perspectiva de vinculación social o popular ya la hemos mencionado anteriormente con la Orden firmada por el marqués de la Ensenada en 1748.

La primera Fiesta del Árbol se celebró el 30 de abril de 1899 en Barcelona. Este homenaje popular al árbol resulta de diferentes antecedentes, como el citado anteriormente del marqués de la Ensenada y, con mucha probabilidad, es una consecuencia de la visita de Puig i Valls a los EE.UU. en 1893 a raíz de la exposición universal celebrada en Chicago. Durante la larga estancia en la que recorrieron diversos estados, parece ser que conocen la celebración del Tree Day —celebrada por primera vez el 10 de abril de 1872 en el Estado de Nebraska. Esta fiesta tiene la finalidad de desplegar una iniciativa de amplia implantación popular destinada, por un lado, a la recuperación de superficie forestal, y, por el otro, a estimular entre los ciudadanos el amor al árbol y el símbolo de arraigamiento a la nueva patria (Boada, 1995).

Inmediatamente después de la puesta en marcha de la Fiesta del Árbol, Puig i Valls abrió el camino de la protección de los espacios naturales y se convirtió en precursor del conservacionismo en Cataluña y el conjunto de España, con la propuesta de creación de un espacio natural protegido. Concretamente, con fecha del 6 de abril de 1902, presenta las bases del proyecto del Parque Nacional de la Montaña de Montserrat y sugiere la necesidad de aplicar la misma figura a las sierras del Tibidabo y del Montseny; al tiempo que propone la declaración de lugar de interés para el Cabo de Creus (Boada, 1995).

Primeros referentes proteccionistas en España

Como se ha dicho, los orígenes de la política de conservación en España están relacionados con una esfera predominantemente forestal, heredera de la tradición forestal vinculada al proceso de desamortización del siglo XIX. El forestalismo encuentra en la defensa de la integridad del paisaje y de los valores naturales un campo en el que desarrollar sus aspiraciones naturalistas, conservacionistas, patrimonialistas y educadoras. La idea de los espacios naturales protegidos se convierte en uno de los puntos de convergencia privilegiados de un conocimiento forestal tanto científico como cultural y divulgador (Gómez, 1992). 

La primera figura de protección específica nace el 7 de diciembre de 1916, fecha en que se aprueba en el ámbito español, la Ley de parques nacionales (en vigor hasta el año 1957) (1). Y el 23 de febrero de 1917 se crea, por Real decreto, la Junta de Parques Nacionales, el organismo gestor. Esta etapa la protagonizó Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós, marqués de Villaviciosa, en Asturias, promotor de la ley y primer comisario del Servicio de Parques Nacionales de España. Pidal, que sintoniza con las ideas forestalistas del siglo XIX, establece una relación causal entre el empobrecimiento de la nación y la desaparición de las masas boscosas (Fernández, 1998). No es de extrañar que los primeros parques nacionales sean en su origen reservas forestales, y que estén inspirados, en cierto modo, en el movimiento higienista y antiurbanista de los primeros decenios de este siglo. El padre de los parques nacionales españoles sostiene que "la virginidad de la naturaleza conservada es lo que representan los parques nacionales; cuanto menos se los toque más vírgenes serán". 

La presentación y defensa de la Ley de parques nacionales se produce en un contexto político y socio- económico complejo, tanto en el ámbito europeo —trasfondo de la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa— como estatal —grandes huelgas. Pidal no cree que los asuntos ecológicos tengan que esperar ante cuestiones más importantes (Fernández, 1998). Las líneas fundamentales de su política proteccionista  (basada en paisajes de alta montaña y bosques) son: la función turística —fuente de divisas—, y recreativa –para el disfrute de los ciudadanos.

Puig i Valls y Pedro Pidal comparten los planteamientos regeneracionistas, ambos creen que la educación en el respeto al medio, y la recuperación del modelo natural son la única salida para un país hundido por el fracaso colonial del 98.

Cataluña: primeras denuncias y respuestas de la sociedad catalana a las agresiones al medio natural

Al margen del contexto forestalista de Puig i Valls, la toma de conciencia sobre la destrucción de los paisajes en Cataluña encuentra el punto de partida en el Renacimiento, movimiento que impulsa el interés por las ciencias, las letras, el arte y el conocimiento del país, proyectándose a través de diversas asociaciones e instituciones, y de manera muy particular en torno a una nueva forma de aproximación a la naturaleza: el excursionismo. La fundación, en 1876, de la Asociación Catalanista de Excursiones Científicas, precursora de este movimiento y más adelante, en 1891, convertida en el Centro Excursionista de Cataluña, marca una nueva etapa en el conocimiento naturalista del país y potencia un nuevo uso social de los paisajes a través del excursionismo.

La primera denuncia documentada la encontramos con Antoni Massó —1879—, considerado uno de los pioneros del excursionismo, fundador de la Asociación Catalanista de Excursiones Científicas. Éste advirtió que en el Montseny: "se debe evitar la destrucción de estos magníficos bosques de hayas colosales, gigantes de la vegetación, tan poéticos como útiles".
Estos primerizos defensores de la naturaleza, con toda probabilidad, estaban influenciados por las aportaciones de los "primeros naturalistas" catalanes, de los cuales Joan Salvador i Boscà fue el primer miembro de una saga de boticarios que iniciaron los estudios sistemáticos de la flora del país a principios del siglo XVII. Esta búsqueda continúa a lo largo de todo el siglo XVII y parte del siglo XVIII con su hijo Jaime y sus nietos Joan y Josep. El interés por el conocimiento del medio natural conducirá a la creación, en 1899, de la Institución Catalana de Historia Natural, fundada por Salvador Maluquer, Josep Mas de Xaxars y Antoni Novellas. Entidad pionera en el estudio y defensa de la naturaleza afortunadamente muy activa y actualmente renovada, con cien años de trabajo continuado, que ha desempeñado el papel de aglutinadora de los estudiosos de las diversas disciplinas de conocimiento del medio natural.

En 1894, el meteorólogo Dionís Puig ofreció una conferencia en el Centro Excursionista de Cataluña, que más allá de la simple proclama, apunta una hipótesis de cambio global, expone su teoría del modo en que ha cambiado el régimen meteorológico, manifestándose este cambio global en un descenso de temperaturas y de las precipitaciones como consecuencia de la deforestación de los bosques. Defiende que la deforestación en el ámbito local es la responsable de las inundaciones en el llano de Barcelona. En este contexto, Dionís Puig pidió que se actuase para frenar las talas abusivas a que se veían sometidos los bosques del país y defendió la iniciativa de Puig i Valls de implantar la Fiesta del Árbol (Boada, 1996).

En el paso al siglo XX se produce un hecho que constituirá un antecedente histórico en la política de conservación en Cataluña, se trata de una propuesta que la Sociedad Cívica La Ciutat Jardí (2) de Barcelona llevó al III Congreso Excursionista Catalán, celebrado en Tarragona en abril de 1914, en el que pedía a la Diputación un Plan de Reservas Forestales y de Parques Nacionales en Cataluña (Fernández, 1998).

En 1921, en el boletín del Centro Excursionista de Cataluña se dio la voz de alarma sobre la venta del bosque del Gressolet, en el Alt Berguedà. Se reivindica un parque natural para proteger la belleza y riqueza del bosque ante la amenaza de una tala, alegando una devastación de los campos cultivados ribera abajo causada por la no retención del material rocoso en caso de lluvias torrenciales. La intensa campaña de salvación que llevó a cabo el CEC consiguió conservar la masa forestal.

El Montseny, un paradigma del proteccionismo

El macizo del Montseny ha sido un ejemplo paradigmático de la sensibilidad popular defensora de unos valores paisajísticos singulares, y de las intervenciones públicas en el campo de la conservación. La historia de su conservación tiene el valor de un indicador extrapolable y no de un análisis local, por eso, ponemos en ella un especial énfasis, porque su análisis nos demuestra de manera significativa una fracción notoria de la historia de la conservación desde la perspectiva de los diferentes actores.
Las demandas sociales para su protección estimularon la participación de los poderes públicos para conseguir un régimen legal de protección de este espacio, que en una tímida figura, la del Patronato de Montaña, constituye en Cataluña la primera figura legal de protección de una fracción de territorio por sus valores paisajísticos. A finales de los años setenta se convertirá en parque natural, y, casi simultáneamente (1978), a través del programa Hombre & Biosfera de la UNESCO, pasará a formar parte de la red mundial de Reservas de la Biosfera, la primera en Cataluña.

Sin embargo, mucho antes, a finales del XVIII, las reservas forestales del Montseny, constituidas básicamente por abetos, hayas, robles, pinos silvestres, encinas y castaños, quedaron sometidas a la jurisdicción del Estado, junto con los bosques de Tortosa, La Selva y L’Empordà (Aragón, 1964) —siguiendo la corriente ilustrada iniciada por la dinastía borbónica y concretada en una política de protección y fomento de la Marina Real, mediante la Ordenanza de montes del año 1748.

El primer intento serio de dotar al Montseny de una figura legal de protección, se deriva del estudio realizado en 1922 por el botánico Pius Font i Quer, en el que propone que el macizo sea declarado parque nacional, esta propuesta se encuentra recogida en las Crónicas Oficiales de la Mancomunidad de Cataluña. Esta institución había manifestado su interés por la creación de parques con motivo de la publicación de la Ley de 7 de diciembre de 1916 y el Decreto de 23 de febrero de 1917 que definían y creaban los parques nacionales y lugares de interés nacional, en el ámbito español.

Para su cumplimiento debían darse a conocer a la Dirección General de Agricultura, Minas y Montes los espacios merecedores de especial atención a través del ingeniero en jefe del Distrito Forestal Provincial. En este contexto administrativo, diversas entidades y sociedades hicieron algunas propuestas y así fue como el Distrito propuso la creación de dos parques: Montserrat y Montseny. La Mancomunidad encargaría la realización de algunos estudios, que constituyen el primer corpus de trabajos interdisciplinarios para la creación de un espacio natural protegido, por su interés, veamos algunos ejemplos: 

Montseny, Parc Nacional [Montseny, Parque Nacional] por el botánico Dr. Pius  Font i Quer:
"La finalidad del Parque Nacional del Montseny es conservar la vegetación y fauna actuales de la montaña, evitando que puedan ser destruidos o modificados por el hombre (...) El Montseny, desgraciadamente, ha estado muy sometido a la intervención del hombre; así, el Parque Nacional no sólo debería conservar aquello que existe, sino restituir todo lo que se ha destruido (...)"

Orientacions per al futur Parc Nacional [Orientaciones para el futuro Parque Nacional] por el zoólogo Ignasi de Segarra:
"(...) Este Montseny que es tierra de carboneros y rebaños, de bosques densísimos y cobijo de reliquias muy preciadas para nosotros, vale la pena que hagamos todo lo posible para conservarlo (...)". Este reconocido naturalista, en 1927, publicará en la revista Ciència, el excelente artículo: "El Montseny (Glossa dels valors naturals de la contrada)" [El Montseny (Glosa de los valores naturales de la región)] que se convertirá en un referente obligado de cara a la futura protección del macizo.

Memòria [Memoria] por el secretario de la Escuela de Bellas Artes, Llorenç i Artigues:
"El Montseny es la representación más rica de la tierra catalana (...) Su posición geográfica le da un emplazamiento especial y único que le hace centro de convergencias (...) todos los terrenos contribuyen al alzamiento representativo del Montseny, que es la transfiguración catalanísima del Pirineo (...) La montaña cada día es más vecina de la ciudad. Dos factores determinan con rapidez este acercamiento: la mayor extensión urbana del núcleo ciudadano y la mayor accesibilidad de los medios de comunicación que unen la ciudad de Barcelona con la montaña del Montseny. Barcelona no ha sido inteligente en la construcción de sus parques ni en la urbanización de las montañas cercanas. La invasión ciudadana es para la montaña un peligro (...) Únicamente existe un remedio que se oponga a la desagraciada invasión, y, por otra parte, a la necesaria invasión. Este remedio es la intervención. Ningún laboratorio se ofrece más magníficamente a la vasta empresa como el intento de aportar la intervención de la ciudad en la montaña del Montseny, en el intento por convertir el Montseny en parque nacional. La fusión de todas nuestras técnicas en la obra común de civilizar inteligentemente a toda una montaña, puede ser un gran paso, puede marcar una etapa venturosa en el curso del pensamiento catalán y de la vida social de Cataluña".

Montseny, Parc Nacional [Montseny, Parque Nacional] por el arquitecto Serafí Bassas: 
"(...) Este monumento de la naturaleza de Cataluña hay que conservarlo intacto y guardarlo (...) Una vez salvado, hay que hacer de él un hogar amable de nuestra cultura y de nuestra ciencia, por este motivo, la solución más segura es la rápida declaración de organización del Montseny como parque nacional. Así se ha convertido nuestro Montseny en nuestra montaña nacional; Barcelona ha hecho que fuese una extensión ciudadana, su jardín de montaña. El aspecto más completo de la montaña es, sin duda alguna, el botánico. También podemos decir que ningún aspecto peligra tanto como el botánico. De los ejemplares más antiguos de hayas, hace poco han caído los más bellos. El magnífico abeto va cayendo al trágico son del canto del hacha.
Es una buena prueba, el haber sido imposible encontrar varias de las especies recogidas por el botánico Costa en el famoso herbario de la familia Salvador (...)"

Camins del Montseny [Caminos del Montseny] por el diputado Lluís Duran i Ventosa:
"(...) Se impone hacer posible y hasta fácil el acceso a los puntos pintorescos de nuestro país. (...) Para ello, basta con construir caminos carreteros, caminos por los que puedan pasar los carros necesarios para los servicios de las maserías y los pasajeros que quieran disfrutar de la contemplación de las bellezas (...) No obstante, por poco que la acción del poder público pueda contribuir a ello, la excursión al Montseny debe poder ser una excursión de domingo, fácil para el buen ciudadano barcelonés (...)".

Els animals superiors que podria haver al Parc Nacional del Montseny [Los animales superiores que podría haber en el Parque Nacional del Montseny] por el profesor de zootecnia de la Escuela Superior de Agricultura, M. Rosell i Vila:
"(...) ¡Oh sí! En el Montseny debe haber animales. (...) Los animales superiores que debe haber en el Montseny deben presentar la condición de no ser tan mansos como los domésticos, ni ser tan salvajes que ataquen a las personas. (...) Los animales propuestos para habitar en el Parque Nacional, muchos de ellos ya estarían bien desde el primer día; otros, como los domésticos, no lo estarían del todo hasta la segunda generación, cuando la mano del hombre no los hubiera tocado (...)"
Una vez elaborados los trabajos de los expertos, el paso definitivo fue la moción, El Montseny, Parc Nacional de Catalunya [El Montseny, Parque Nacional de Cataluña], presentada en la sesión del 8 de febrero de 1922 por el diputado a la Presidencia y al Consejo Permanente de la Mancomunidad de Cataluña, miembro de la Liga Regionalista, Jaume Bofill i Mates, conocido como poeta bajo el pseudónimo de Guerau de Liost. 
"(...) En España, con el esfuerzo personal del marqués de Villaviciosa, se ha dedicado una ley a los parques nacionales y se han creado dos: Covadonga y Ordesa. (...) Ahora es el Montseny el que parece exigir con preferencia una intervención urgente por modesta que sea. (...) La primacía del Montseny está acreditada por las interesantísimas memorias escritas por Font i Quer, Ignasi de Segarra, Rosell i Vila, Llorenç i Artigas, Serafí Bassas, Duran i Ventosa y Francesc Galí (...)"

Pero, quien iba a decir que la propuesta de Bofill i Mates cristalizaría en una nueva situación política de involución durante la dictadura del general Primo de Rivera, quien se apropió de unos documentos y unas propuestas conservacionistas avanzadas a su tiempo por su carácter relativamente innovador. El dictador firmará como presidente del Consejo de Ministros el informe que será la base del Decreto real que en 1928 Alfonso XIII, firmará inexplicablemente en Estocolmo y por el que se creó el Patronato de la Montaña del Montseny. El documento, en general, parte de la base hipocrática del documento científico de la Mancomunidad, sin embargo, en él aparecen unos matices con una clara connotación reaccionaria. La base hipocrática es evidente al inicio del decreto, que reza:  "La Diputación Provincial de Barcelona, celosa de cumplir su deber protector, atenta a mejorar la riqueza de la provincia y de forma especial a completar las obras que más directamente pueden contribuir a la salud pública, así como facilitar con la admiración de los esplendores de la naturaleza, las expansiones físicas, solicita que se le concedan las facultades necesarias para que la gran montaña del Montseny, verdadero pulmón de Barcelona, pueda quedar convertida en parque natural, una parte con exclusivos fines, donde se trate, especialmente, y con las formas y medios más en armonía con los procedimientos científicos prácticos, de aliviar y mejorar las naturalezas débiles y prevenir y fortalecer la virilidad física de la raza (...)". Como puede comprobarse los valores de protección de la naturaleza, en este documento, presentan unas connotaciones ideológicas preocupantes. 

El Patronato de la Montaña, una vez constituido, tendrá asignadas como principales finalidades: la función sanitaria, con la construcción de centros antituberculosos, la turística y la deportiva; de producción forestal, de restauración y conservación. El orden o jerarquía de las funciones, como puede observarse, sitúa la conservación al final de todo. Es evidente que los aspectos naturalísticos pesaban poco, pero aún menos los aspectos relacionados con la población local.
Desde esta primera protección efectiva, el Montseny ha estado siempre presente en todas las catalogaciones de espacios que deben protegerse de los diferentes planes de ordenación del territorio.

Inicios de la planificación territorial y de los ENP

En 1932 la Generalitat de Catalunya publica el Pla de Distribució en Zones del Territori Català [Plan de Distribución en Zonas del Territorio Catalán] o Regional Planning, obra de los hermanos Rubió i Tudurí. Se trata de un documento de planificación muy avanzado que propone la creación de un sistema de espacios naturales protegidos y reservas forestales:

Parques nacionales: L’Artiga de Lin, Alt Pirineu, Sant Joan de l’Erm.

Parques como simples reservas de paisaje: Serra del Cadí y L’Alt Ter-Núria, Coma de Vaca, Fresser, Ull de Ter y Carboners; montañas de los alrededores del castillo de Requesens; El Valle de Ridaura y la Collada de Santigosa en Olot; Montseny, Montnegre, Sierra de Gallifa, Sant Llorenç del Munt, Montserrat, Sierra de Prades; la Mussara, el Montsant, las montañas del Cardó y las de Caro y Ports de Besseit. En la Costa Brava también se proponen reservas importantes de paisaje. Para la ciudad de Barcelona se propone la reserva del macizo del Tibidabo (Paluzíe, 1990). 

A pesar de que el Regional Planning se quedó en anteproyecto, condicionó algunos planes territoriales posteriores (Gurri, 1997). Sin embargo, la involución histórica que representa la dictadura del general Franco afectará, obviamente, al campo de la conservación del patrimonio natural. No será hasta 1953, que aparecerá un tímido plan de ordenación territorial: el Pla Comarcal [Plan comarcal] que incluye la ciudad de Barcelona y veintisiete municipios de las cercanías. El documento prevé un gran parque natural para Barcelona y su comarca, Collserola (Paluzíe, 1990).

Paralelamente a este plan se formuló el Plan Provincial bajo el nombre de Plan General de Ordenación de la Provincia de Barcelona, cuya normativa se aprobó en 1963. Dicha normativa establece un catálogo de posibles parques naturales: el Corredor, Montnegre, Montserrat, Sant Llorenç del Munt, Montseny, Guilleries, Bellmunt, Rasos de Peguera, La Quar, Catllaràs, Falgars, Serra del Cadí y el Tibidabo (Collserola).

En este escenario, la Diputación de Barcelona desarrolló durante los años 70 las previsiones del Plan Provincial mediante planes especiales específicos para algunos de los parques catalogados. En 1974 se crea el Servicio de Parques Naturales de la Diputación de Barcelona. 

Para el área de Barcelona y su comarca se aprueba en 1976 el Plan General Metropolitano de ordenación urbana, que afectaba a la misma superficie que el Plan de 1953 y en el cual el sistema de espacios libres se estructura en parques urbanos y forestales (Paluzíe, 1990).

La década de los 60 y 70 fue bastante prolífica en la elaboración de trabajos de planificación territorial que incidirán en la protección de la naturaleza y que han constituido la base sobre la cual se ha erigido una parte de la legislación catalana conservacionista. Los padres de esta "leva" de funcionarios comprometidos, científicos, estudiosos y líderes sociales, fueron un grupo de científicos que tuvieron un papel decisivo en el conocimiento y estudio del territorio y del medio natural del país: los botánicos Oriol de Bolòs y Creu Casas, el ecólogo Ramon Margalef, el geólogo Solé Sabarís, los geógrafos Llobet, Casasses, Puchades, Gurri, etc.

Desde la Comisión de Urbanismo de la Diputación se utilizarán los escasos recursos de la Ley sobre régimen del suelo y ordenación urbanística de 1956 y la reforma de 1975, para poner en marcha las primeras fórmulas de protección de los espacios naturales sometidos a más presión, fundamentalmente urbanística. Ejemplos de estos procesos son las aprobaciones del Plan especial de protección del parque del Montseny (1977 Diputación de Barcelona – 1978, Diputación de Girona) y el Plan especial de Sant Llorenç del Munt y Sierra del Obac en 1982. En esta misma línea se aprueban posteriormente los planes especiales de Montesquieu, Garraf, Montnegre-Corredor y Olèrdola, promulgados por la Diputación de Barcelona. Del mismo modo se aprobó en 1987 el Parque de Collserola (Gurri, 1997).

La revuelta ambiental de los años 70, llave de paso al proteccionismo vigente

No se puede olvidar el importante papel que desempeñará la sociedad civil, que a finales de los años 60 participa en esta propuesta proteccionista de diversas maneras. En 1975, dentro del Congreso de Cultura Catalana, la Campaña de Salvaguarda del Patrimonio Natural actuó como elemento aglutinante, a la vez que dinamizador, de la multitud de grupos que en todo el país fueron apareciendo en respuesta a las fuertes transformaciones y a los grandes impactos en el medio natural. Este amplio movimiento será, en gran parte, responsable de la salvaguardia y posterior protección definitiva de algunos de los espacios naturales protegidos actualmente. Los ejemplos más representativos, son la zona volcánica de la Garrotxa, Els Aiguamolls de l’Empordà, y el delta del Ebro. 

En 1976 aparece un documento que se convertirá en un referente obligado en la conservación del patrimonio natural del país: Natura ús o abús. Llibre blanc de la gestió de la natura als Països Catalans [Naturaleza, uso o abuso. Libro blanco de la gestión de la naturaleza en los Países Catalanes], publicado por la Institución Catalana de Historia Natural. El mismo año, en plena eclosión del movimiento conservacionista se constituye la Liga para la Defensa del Patrimonio Natural —DEPANA, la ONG a la cabeza de este movimiento. También se crea el primer equipamiento de educación ambiental: el itinerario de naturaleza de Santiga, elaborado por el Departamento de Ecología de la Universidad Autónoma de Barcelona. A partir de estos procesos se expande por todo el país el movimiento conservacionista y proteccionista, y las instalaciones de educación ambiental (Boada, 1999).

Con la llegada de las instituciones democráticas en 1978, se inicia un proceso de normalización política y social, a partir del cual se produce, en materia de ENP, también una normalización. 

Referencias

1 Este primer servicio de parques nacionales gestionó los cinco primeros: Covadonga (julio de 1918, 16.925 Ha); Ordesa (agosto de 1918, 2.046 Ha); Teide (enero de 1854, 11.866 Ha); Caldera de Taburiente (octubre de 1954, 3.500 Ha) y Aigües Tortes y Llac de Sant Maurici (noviembre de 1955, 9.851 Ha) (Font & Majoral, 2000).
2 Entidad fundada en 1912 en Barcelona y que se preocupaba por el urbanismo y la calidad de vida de los ciudadanos, y contaba entre sus objetivos con el de: "Preservar y aumentar las reservas higiénicas de los centros de las poblaciones, particularmente a través de la conservación y creación de bosques periféricos, zonas rurales o silvestres, parques y jardines urbanos y espacios libres interiores de toda clase". (Castellón, 1990)

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Nuevas tendencias en gestión

Josep Mª Mallarach
Geólogo y master en ciencias ambientales. Consultor de medio ambiente, profesor de la Universitat de Girona.

En los últimos decenios, la protección de espacios naturales protegidos se ha desarrollado rápidamente en muchos países como una estrategia concertada para salvar de la destrucción y la degradación a aquellas especies, hábitats o paisajes que reciben la consideración social —y legal— de patrimonio natural y dan respuesta a las demandas sociales que están asociadas a ellos. De modo que se trata de un fenómeno moderno que trata de contrarrestar, al menos localmente, las tendencias insostenibles del tipo de desarrollo dominante, que comporta, globalmente, la destrucción y empobrecimiento del patrimonio natural y cultural a una escala sin precedentes históricos.

A lo largo del siglo XX, la política de protección de espacios naturales se ha caracterizado por tres etapas principales. La primera se basaba en la protección de espacios naturales singulares y emblemáticos. Su máximo exponente son los "santuarios de la naturaleza" y los "parques nacionales". Los términos "santuario" y "nacional" evocan claramente su significación simbólica y política. Se trataba de espacios de propiedad pública, generalmente remotos, promovidos y gestionados por los gobiernos centrales. En los países que han sufrido recientemente una colonización, en los que hay poco patrimonio histórico, su carácter emblemático es todavía más grande. 

La segunda etapa planteó la necesidad de ampliar el número de espacios naturales protegidos y de dotarlos de diversos niveles de protección y gestión. En ese momento, surgen un ejército de figuras legales que llegan a superar el centenar en los Estados Unidos de América, y los sesenta en los estados de la Unión Europea; entre ellos destacan las reservas integrales, las reservas naturales, las reservas de la biosfera, los parajes naturales de interés nacional, los refugios de fauna salvaje, y los paisajes protegidos, algunos de titularidad pública y muchos otros de titularidad privada o mixta. En esta etapa ya se implicaron diversas administraciones públicas, incluso en los gobiernos locales y, en los países anglosajones, se desarrollan las iniciativas concurrentes del sector privado. 

La tercera etapa parte del reconocimiento del alcance global de la crisis ambiental, los principios fundamentales de ecología, y la insuficiencia de los planteamientos precedentes para detener la hecatombe de la diversidad biológica y la continuada degradación de los paisajes periurbanos donde se concentra una proporción más grande de la población mundial. A partir de planteamientos estratégicos y globales surge el reto de integrar la conservación de los espacios naturales con las políticas sectoriales, la ordenación territorial, es decir, de reformar el modelo insostenible actual. Se propone conservar redes funcionales de espacios naturales que permitan garantizar la conservación de la biodiversidad, con una amplia participación de los agentes sociales. Comprende una gran proporción de espacios naturales privados, y se apoya en incentivos fiscales y económicos, y las fórmulas de cooperación entre los sectores públicos y privados.

Esta tercera etapa se empieza a insinuar en los años ochenta en algunos países pioneros, pero no se formula de forma clara en el ámbito internacional hasta la Cumbre de la Tierra de 1992. En Europa, viene marcada por la aprobación del Programa de la Comunidad Europea sobre política y acción en relación con el medio ambiente y al desarrollo sostenible de 1992, el Plan de Acción de los Parques de Europa de 1994 y la Estrategia Paneuropea de la diversidad biológica y paisajística de 1995.  Las tendencias que se exponen a continuación son las que caracterizan esta última etapa en los países occidentales industrializados y que, en consecuencia, son o pueden ser referentes significativos para nuestro país. 

Puesto que aquello que caracteriza los nuevos planteamientos es su carácter comprensivo e integrador, para tener una idea de su alcance conviene examinar el modo en que afectan a la identificación, la investigación, la tipología, la planificación, la gestión, la financiación y la evaluación de los espacios naturales protegidos. Y, para terminar, mostrar cuáles son las nuevas tendencias sociales, tanto en lo que se refiere a los agentes como a los usuarios de esos mismos espacios naturales.

Identificación de espacios naturales que es necesario proteger e investigación

Dadas las recomendaciones de los organismos internacionales más influyentes, la identificación de los espacios naturales que deben protegerse parte, cada vez más, de criterios ecológicos, de entre los cuales destacan los criterios de diversidad, rareza o singularidad, integridad, representatividad, fragilidad o vulnerabilidad, conectividad y dimensiones. Entre otras consecuencias, esto ha permitido comparar y homologar rangos, valorar espacios naturales que se habían apreciado escasamente antes (como por ejemplo las zonas esteparias o los paisajes agropecuarios de secano extensivos), o establecer espacios transfronterizos protegidos.

Los criterios ecológicos se empezaron a aplicar en el marco de unidades políticas, pero pronto se hizo evidente que sólo daban resultados coherentes si se aplicaban a las regiones biogeográficas, que en Europa acostumbran a trascender los límites estatales. Esta tendencia ha permitido que la Directiva de Hábitats, por ejemplo, definiese las listas de hábitats y de taxones de interés para cada una de las grandes regiones naturales europeas (boreal, continental, macaronésica, alpina, mediterránea y atlántica) lo que ha permitido proponer los espacios naturales necesarios para protegerlos, en el marco de la Red Natura 2000. Por otra parte, los criterios ecológicos se comenzaron a aplicar en medios terrestres, aunque últimamente su aplicación se ha extendido a los medios costeros y marinos, donde el déficit de protección es más elevado. En la cuenca mediterránea, ya lo plantea así el Convenio de Barcelona para la protección del medio marino y del litoral de la Mediterránea (1995). 

El incremento de espacios naturales protegidos ha sido muy rápido en los últimos cuatro decenios. En muchos países su crecimiento ha sido exponencial, como también lo han sido, por otra parte, la transformación y la fragmentación de hábitats naturales. La proporción de espacios naturales que disfrutan de un nivel u otro de protección ha llegado a porcentajes comprendidos entre el 25 y el 60 % del territorio en muchos estados avanzados. Las nuevas disciplinas de la biología de la conservación y la ecología del paisaje han demostrado que cuando la proporción de territorio esencialmente transformado supera el 33 %, las pérdidas de diversidad biológica se vuelven inexorables, por  bien gestionados que estén estos espacios, tal como demuestra, entre otros, el ejemplo de muchos lands alemanes.

La aplicación de criterios ecológicos presupone un nivel de conocimientos considerable que ha impulsado numerosas líneas de investigación. En los países pioneros se ha promovido el estudio básico de los diferentes componentes de la diversidad ecológica: inventarios y cartografías de ecosistemas, hábitats y paisajes, catalogación de especies y razas, etc., lo que ha posibilitado la elaboración de "libros rojos" para aquellos componentes que están más amenazados, clasificándolos según el grado de amenaza y vulnerabilidad. Asimismo, se han establecido planes de seguimiento basados en indicadores ecológicos y ambientales que permiten medir las tendencias. Finalmente, en aplicación del principio del derecho a la información ambiental, las bases de datos de biodiversidad que derivan del mismo, se han puesto a disposición no sólo de los investigadores, sino del resto de la sociedad civil, con la ayuda de las nuevas tecnologías (sistemas de información geográfica, Internet, etc.). 

Tipologías de espacios naturales

El rápido desarrollo y la poca coordinación de las políticas de conservación han dado lugar a una gran variedad de espacios protegidos. En los Estados Unidos, por ejemplo, existen más de cien figuras jurídicas diferentes. La Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza definió en 1994 seis categorías básicas, jerarquizadas de mayor a menor grado de conservación. Los primeros espacios naturales protegidos que se crearon correspondían a territorios poco transformados por la acción humana, eran remotos y de propiedad pública, y correspondían a las cuatro primeras categorías mencionadas. Destacaban los parques     naciones y las reservas naturales, en las que los usos recreativos y científicos están —o deberían estarlo— subordinados a la protección de la naturaleza. La proporción del territorio protegido en este nivel alcanza el 28 % de Dinamarca, el 12 % de los Estados Unidos de América y un 10 % de los Países Bajos, aunque apenas un 2 % de los estados del sur de Europa.

En los países o los territorios en los que el grado de humanización es más elevado, predominan los espacios naturales que corresponden a los dos niveles inferiores de protección. De este modo, en Europa el conjunto de espacios protegidos llega al 67%, mientras que en el mundo sólo representan el 15%. Se trata de espacios naturales protegidos en territorios de propiedad privada, que pueden contener núcleos de población y que admiten actividades y usos que son compatibles con la conservación de los valores naturales. La figura de parque natural (National Park en Inglaterra y Gales, Naturpark en Alemania, Parc Naturel Régional en Francia) ha sido la más utilizada. La proporción de territorio que ha sido protegida a este nivel llega al 20% en Alemania, al 14% en el Reino Unido y Luxemburgo, y al 7% en Francia.

La estrategia paneuropea de diversidad biológica y paisajística de 1995 pide la protección de una muestra representativa de todos los paisajes, seminaturales o antrópicos de interés, especialmente los agropecuarios tradicionales que conservan una notable belleza y diversidad biológica y cultural asociadas, pero que han sido menospreciadas en muchos sistemas de espacios protegidos hasta ahora.

A parte de los tipos de espacios naturales definidos legalmente, se ha desarrollado otro conjunto de tipologías que emplean entidades privadas conservacionistas, o incluso particulares, que por el hecho de no estar homologadas, no son menos efectivas. En algunos países occidentales estas iniciativas —genéricamente conocidas con el nombre de custodia del territorio— han alcanzado un desarrollo extraordinario en los últimos años. Por ejemplo, la organización privada norteamericana The Nature Conservancy, que cuenta con cerca de un millón de miembros, ha creado y gestionado el sistema privado de reservas naturales más extenso del mundo, que comprende más de 1.500 espacios naturales que suman 3,2 millones de hectáreas en los EE.UU. y más de 17 millones de hectáreas fuera de los EE.UU. especialmente en América Latina, en colaboración con ONG y gobiernos locales. 

Planificación de espacios naturales y conectividad ecológica 

Desde la aprobación del Convenio sobre la Biodiversidad y la Estrategia Global homónima, en 1992, el papel de los espacios naturales protegidos se ha enmarcado en las estrategias o planes nacionales de conservación de la diversidad biológica, que, a su vez, forman parte en los países pioneros, de Planes Verdes o de Estrategias Nacionales de Sostenibilidad (Agendas 21). Su traducción en le ámbito europeo, estimulada por los acuerdos del Congreso Mundial de Parques de Caracas de 1992, fue el Plan de Acción de los espacios protegidos europeos, promovido por la UICN en 1994. Este plan, con un alcance comprensivo define un conjunto comprensivo y coherente de estrategias y prioridades, y exige un despliegue a través de Planes de acción estatales. El plan correspondiente español, se encuentra en proceso de elaboración por parte de un grupo de trabajo de EUROPARC-España, y está previsto que se apruebe en 2002. 

Las estrategias nacionales o internacionales de biodiversidad plantean planes de acción que permitan integrar la conservación de la diversidad biológica dentro de las políticas y los programas públicos que le podrían afectar más directamente. En lo referente a los espacios naturales protegidos, las tendencias contemporáneas se orientan a completar los sistemas existentes a diversos niveles administrativos y, sobre todo, a establecer y conservar redes de espacios naturales físicamente conectadas y funcionales. La red ecológica nacional de los Países Bajos (1991), concebida como una red coherente de ecosistemas sostenibles en uno de los países más artificializados del continente, fue el referente que inspiró la declaración de la Red Ecológica Europea (E.ECO.NET) de Maastricht, al año siguiente.

Las perspectivas asociadas al cambio climático global, hacen prever desplazamientos altitudinales y latitudinales de los biotas, un aumento de la probabilidad de fenómenos catastróficos (climáticos, epidemias, fuegos, etc.) y, por lo tanto, un aumento del riesgo de extinción para muchas especies y comunidades. Además de limitar las emisiones de gases invernadero, y detener la destrucción directa de hábitats, una de las pocas medidas que pueden adoptarse para reducir la magnitud de los problemas que se ven venir es conservar una red de espacios naturales con conexiones funcionales que facilite los desplazamientos naturales de todos los organismos que tengan capacidad de hacerlo. 

Por otro lado, la sostenibilidad social exige que en los espacios naturales protegidos humanizados situados en áreas rurales desfavorecidas se promuevan planes de desarrollo socioeconómico que permitan mejorar la calidad de vida de las poblaciones locales, fijar y recuperar población rural, y poder conservar así una diversidad paisajística y ecológica que de otro modo desaparecería.

Individualmente, se considera que cada espacio natural protegido debe disponer de su plan de gestión, y que debe estar dotado de recursos humanos y económicos adecuados a sus objetivos. El modelo de Plan de gestión promovido por Eurosite, constituye el referente europeo de la Red Natura 2000. Cada vez más, se tiende a plantear la planificación a dos niveles, el estratégico y el anual, y eso tanto para espacios naturales individuales como para sistemas. El plan estratégico del sistema de parques nacionales de los EE.UU. de 1998 es un referente internacional en este sentido. Tanto los planes estratégicos como los anuales deben estar estrechamente vinculados a la gestión y contar con indicadores de rendimiento (o performance), sobre los cuales basar el seguimiento y la evaluación, tal como se indica más adelante.

Formas de organización y gestión de espacios naturales

Superada la época en la que los sistemas de espacios naturales se gestionaban desde lejanos servicios centrales, la aplicación del principio de subsidiaridad ha llevado a la descentralización de los órganos rectores, donde se integran representantes de los poderes públicos locales, a extender el régimen de autonomía económica y a crear y consolidar equipos de gestores profesionales. Las sedes administrativas de los parques naturales y nacionales y de otros espacios naturales extendidos se sitúan dentro del espacio o en su periferia inmediata, para favorecer la buena relación con la población local y permitir una gestión sobre el terreno, más efectiva y menos burocratizada.

Una vez superada en muchos países la época en la que los espacios protegidos tan sólo contaban con un servicio de vigilancia de tipo policial, hoy en día pueden disponer de equipos con un amplio repertorio de profesionales que atienden los servicios de información, interpretación y educación ambiental, documentación, especialistas en uso público, biólogos y zoólogos, arquitectos paisajistas, administrativos, etc., que suelen contar con el apoyo de equipos de voluntarios.

Finalmente al igual que en otros sectores, en la gestión de los espacios naturales se han implantado en los últimos años procesos de calidad regulados a partir de los estándares internacionales que garantizan y homologan la calidad de los procesos de planificación y gestión, como por ejemplo los de la Organización Internacional de Normalización (ISO).

Instrumentos fiscales y económicos de los espacios naturales

La creación y la gestión adecuada de los espacios naturales protegidos comporta unos costes económicos muy variables según los casos. Los pequeños espacios privados protegidos, en los que tiene preferencia la protección de la naturaleza y en los que, a menudo, no se da un uso público, pueden ser económicamente autosuficientes, a pesar de que suelen desempeñar tareas de mantenimiento o vigilancia que, por lo general, desempeñan voluntarios.

En cambio, los espacios naturales gestionados por la Administración pública que suelen tener varios usos sociales, acostumbran a ser económicamente deficitarios, incluso en países como los EE.UU., donde son de propiedad pública al 100 %, tienen el acceso controlado, y se cobra entrada y muchos de los servicios que se ofrecen en ellos. La excepción del sistema de parques estatales de New Hampshire confirma la regla.

Para hacer frente a estos costes, se han desarrollado diversas políticas e instrumentos que permiten reducir las contradicciones que presentan muchas políticas públicas y reconocer algunos de los beneficios públicos que generan las propiedades privadas que se encuentran dentro de espacios protegidos. 

Para empezar, se han fomentado medidas para la reducción o eliminación de desincentivos a la conservación directos, como por ejemplo las ayudas a la reforestación con especies exóticas, o indirectos, como por ejemplo los subsidios desproporcionados para el agua agrícola. Estos últimos, explican que en las regiones que sufren un fuerte déficit hídrico aparezcan unos precios del agua artificialmente bajos que inducen a una expansión de los regadíos que amenaza la integridad de las zonas húmedas vinculadas a los puntos de extracción de los recursos hídricos y también a la conservación de los hábitats áridos o esteparios en las zonas que se transforman así.

Simultáneamente se han establecido un conjunto de incentivos a la conservación, de los cuales se dan tres tipos principales:

• Exenciones o deducciones fiscales para un conjunto de acciones estratégicas, tales como las ventas de suelo a entidades conservacionistas, la venta de servidumbres de conservación, el establecimiento de convenios o acuerdos de protección, los donativos en efectivo o en especie a entidades u organismos responsables de conservar espacios naturales, así como la transmisión patrimonial o el valor catastral de las propiedades que se encuentran dentro de espacios naturales protegidos. 
• Subsidios agroecológicos destinados al fomento de prácticas agropecuarias extensivas, a la agricultura o la ganadería ecológicas o al fomento y la recuperación y conservación de razas animales o vegetales autóctonas. En el marco de la Unión Europea, los llamados "fondos agroecológicos" cubren el 50% de los gastos, el resto corre a cargo de los estados miembros. En el Reino Unido, por ejemplo, se ha establecido un extenso sistema de Áreas Ambientalmente Sensibles (ESA) que refuerza y expande el sistema de espacios naturales protegidos. Sólo en Escocia se protegieron, por esta vía, más de 350.000 ha. de espacios naturales en el período comprendido entre 1987 y 1993.
• Impuestos sobre las principales acciones que estropean espacios naturales (ecotasas), como por ejemplo la compraventa de fincas, la segregación de propiedades rurales para su edificación, o la edificación en paisajes o hábitats amenazados. Esta última línea, iniciada en el estado de Maryland (EE.UU.) en los años setenta y adoptada por muchos otros estados y provincias norteamericanos, se ha aplicado con buenos resultados en ciertos países europeos como Francia a través del Consérvatoire du Litoral et des Rivages lacustres.

Uso público

La tendencia a concentrar cada vez más la población en entornos urbanos o periurbanos, unida a las facilidades de transporte, ha generado una gran demanda social de espacios naturales y un uso público cada vez más intenso de muchos de ellos. Tanto es así, que los impactos producidos por los visitantes de los espacios naturales protegidos se han convertido en un problema delicado en muchos lugares. Con millones de visitantes al año, más de un parque ha sufrido la degradación de algunos de sus parajes más emblemáticos.

La Carta Europea de Turismo Sostenible en espacios naturales (1999) propone una estrategia clara para afrontar esta situación. Es necesario regular el acceso a los espacios naturales protegidos existentes, y gestionar los flujos de visitantes para evitar que superen la capacidad de carga de los lugares más frágiles. Pero esto no basta, es necesario ofrecer alternativas. Una de las que ha dado mejores resultados es la creación de vías verdes y anillos verdes alrededor de las grandes ciudades y áreas metropolitanas, integradas por conjuntos de parques municipales, comarcales o de otra clase. Estos anillos verdes ponen al alcance de la mayoría de ciudadanos unos espacios naturales resilientes, bien dotados y equipados, que permiten satisfacer la lógica necesidad física y anímica de contacto con la naturaleza, cerca de casa. Así, mientras ayudan a controlar la expansión insostenible de las ciudades difusas, se ahorra en desplazamientos —con sus correspondientes costes económicos y ambientales— y se reduce la presión que reciben los espacios naturales de más valor ecológico, que, por razones diversas, a menudo por sus pequeñas dimensiones, pueden ser frágiles y vulnerables.

Seguimientos y auditorías de espacios naturales

Un espacio natural protegido no es una finalidad en si mismo, por más demanda social que lo avale, sino un instrumento que sirve para conseguir otras finalidades, entre las cuales destacan la conservación del patrimonio natural y el fomento de un cierto uso público, generalmente recreativo o pedagógico. Su adecuación a la realidad social y ecológica a la que debe servir no está garantizada, sino que es necesario demostrarla. Mientras que algunos espacios naturales protegidos han respondido muy bien a las expectativas de su creación, en otros casos no ha sido así, y por factores muy diversos han fracasado, en una u otra medida, en su finalidad.

Para valorar el estado y las tendencias de los espacios naturales protegidos, los países más avanzados utilizan dos herramientas básicas: los planes de seguimiento y las auditorías operativas o de performance. El seguimiento hace referencia a la medida periódica de indicadores previamente seleccionados y permite detectar cambios y tendencias a lo largo   del tiempo a través de indicadores ecológicos, socioeconómicos, de planificación y de gestión. La auditoría operativa, valora los instrumentos, los resultados de la gestión, y los factores externos que inciden en ellos. 

Se tiende a aplicar estos dos instrumentos a dos niveles diferentes; el de los sistemas o redes de espacios naturales protegidos, y el de los espacios naturales protegidos individuales. En el primer caso, interesa especialmente conocer la sostenibilidad del modelo o del sistema y su papel en la conservación de las funciones ecológicas fundamentales, como la biodiversidad. Como muchas de las tendencias dominantes en los países occidentales (crecimiento del consumo, fragmentación del territorio, intensificación agropecuaria, contaminación atmosférica, etc.) comprometen el porvenir de bastantes espacios naturales protegidos la protección legal dista mucho de equivaler a la protección efectiva, que, en definitiva, es la que cuenta.

En el caso de los espacios protegidos individuales, la auditoría operativa se centra en los objetivos particulares de planificación y de gestión, y los valora en términos de eficacia y eficiencia, de las diversas fases de la gestión y de sus resultados, indicando el grado en el que se han alcanzado los objetivos y los costes que esto ha supuesto (económicos o de otra clase). Cuando los problemas de gestión se originan por factores externos a las competencias de los gestores (como la insuficiente coordinación administrativa), también deben identificarlas y deben proponer soluciones a la autoridad correspondiente.

Para que sean realmente efectivos, deben integrarse formalmente tanto el seguimiento como la evaluación en el proceso de planificación y gestión de los espacios naturales. Aunque socialmente tengan otras motivaciones importantes, como promover la transparencia informativa y la participación pública, desde la óptica de los responsables de los espacios naturales ambas herramientas permiten adaptar los planes de gestión y su ejecución en situaciones nuevas y alcanzar así los objetivos propuestos con flexibilidad y eficacia. Esto permite que los gestores de espacios naturales ganen una credibilidad y un apoyo social e institucional que de otro modo difícilmente tendrían.

Evaluación estratégica del impacto ambiental

Para transformar el modelo imperante en otro más sostenible es indispensable que la sociedad pueda conocer el impacto ambiental de las políticas, planes y programas antes de aprobarlos, y que participe en la toma de decisiones. El instrumento que lo permite se llama evaluación estratégica del impacto ambiental. 

El procedimiento de evaluación del impacto ambiental fue concebido inicialmente de forma holística, es decir, como un instrumento aplicable a políticas, normas, programas y planes que pudiesen comportar afecciones graves al medio ambiental. Y así fue como se introdujo la ley de política medioambiental federal norteamericana de 1969 (National Environmental Policy Act). No obstante, cuando dieciséis años más tarde este instrumento se introdujo en la Comunidad Europea, su aplicación estuvo lamentablemente restringida a ciertos tipos de proyectos. Con el paso de los años, diversos países europeos se han dado cuenta de la limitaciones de este planteamiento, en términos de efectividad ambiental, ya que las políticas, los programas y los planes fundamentales, es decir, aquellos que definen el marco de los proyectos y de las decisiones de rango inferior, no suelen integrar los valores ambientales ni garantizar, consecuentemente, un nivel adecuado de protección al medio ambiente. Por todo ello decidieron recuperar la voluntad inicial de este instrumento, y extender la aplicación de la evaluación del impacto ambiental como mínimo a los planes y programas, y en algunos casos, como los países Nórdicos y los Países Bajos, también a las políticas. En todos los casos se ha puesto de manifiesto que es en el ámbito estratégico donde la evaluación del impacto ambiental alcanza la máxima eficacia.

Los planes territoriales, los planes sectoriales de infraestructuras y los planes urbanísticos se cuentan entre los que tienen más capacidad de transformar, y por lo tanto, de afectar negativamente al territorio, los ecosistemas y la calidad de vida de la sociedad que vive en ella. No se trata únicamente de los impactos ambientales directos que pueden causar en los espacios naturales, sino sobre todo de los impactos indirectos y acumulativos, que suelen ser mucho más importantes. El hecho de ignorarlos en los principales planes y programas de un país causa disfunciones ambientales graves, como la degradación o la pérdida de biodiversidad, que no pueden resolverse a niveles inferiores. En efecto, las alternativas reales que sería necesario examinar, para escoger aquella que genera un impacto ambiental menor, por lo general se encuentran por encima del nivel de los proyectos. Cuando llega el momento de evaluar el impacto ambiental de un proyecto que afecta a un espacio natural protegido, por ejemplo una carretera nueva, las medidas correctoras propuestas acaban teniendo, a menudo, un carácter cosmético. Aún así, no son todas las que sería necesario, ni se ejecutan siempre adecuadamente.

Este modo de proceder basado en políticas reactivas contradice los principios del desarrollo sostenible promovidos por la Comisión de las Comunidades Europeas desde su Quinto Programa de Acción (1992), unos principios que se vieron reforzados y profundizados por el Tratado de Ámsterdam (1997), que establece una serie de mecanismos para integrar las políticas ambientales con otras políticas públicas, de entre las cuales destaca la evaluación del impacto ambiental de planes y programas. 

Participación pública

Para impulsar los planteamientos de espacios naturales mencionados, los organismos públicos responsables se ven obligados a ganar, mantener o restablecer su credibilidad. Tal como remarca la Agenda 21, se trata de fomentar la confianza mutua entre las administraciones públicas y les sectores o instituciones más afectados. La participación pública en la toma de decisiones es un medio privilegiado, porque permite conocer valores o preocupaciones, promover el consenso, y también prevenir y reducir la conflictividad, en cierto modo inevitable en la medida en que deben incorporarse puntos de vista muy dispares, a menudo opuestos. 

El público no puede tomar parte si no ha sido previamente informado. La información pública es un requisito indispensable de la participación pública. Esta información incluye las auditorías operativas, y cuando no, existen las memorias de actividades y los planes de seguimiento de los espacios naturales protegidos, así como documentos de mayor alcance como por ejemplo informe sobre el estado del medio ambiente, o sobre la diversidad biológica, que no sólo se publican en versiones técnicas, sino también en versiones divulgativas que se ponen al alcance del público de diferentes maneras, entre ellas los formatos electrónicos. Luego viene la educación, que comporta una profundización superior al de la simple información, ya que incluye los instrumentos legales o de otro tipo que tiene a su alcance el ciudadano. El tercer nivel es la consulta formal, que se da, por ejemplo, a través de los organismos consultivos de carácter representativo, y aquí es donde empieza la participación propiamente dicha. El cuarto nivel es la implicación cívica de la toma de decisiones, que se da por medio de los órganos rectores o de otros procedimientos participativos de las decisiones que afectan más claramente a los espacios naturales protegidos. 

Una de las tendencias más interesantes de participación pública en la gestión de los espacios naturales protegidos es el fomento del trabajo voluntario, en tanto que da salida a la demanda social de intervención directa y altruista y, a la vez, facilita un amplio apoyo público a la gestión conservacionista. Arraigadas desde hace mucho en los países del norte y el centro de Europa, en el ámbito estatal destacan las experiencias de voluntariado es espacios naturales protegidos, espacios litorales y conservación de la biodiversidad que ha promovido la Junta de Andalucía desde 1995.

En definitiva, las nuevas tendencias que se desarrollan en los espacios naturales protegidos en los países que están a la cabeza quieren superar las contradicciones en las que se encuentran inmersos, aplicando los principios de la sostenibilidad, mediante las estrategias y los instrumentos mencionados antes, con el fin de mejorar su eficacia, contribuir a conservar la diversidad biológica y cultural, a la vez que se convierten en instrumentos clave de ordenación territorial y referentes para tender hacia un desarrollo más justo y sostenible. •

Bibliografía

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• COMISSIÓ DE LES COMUNITATS EUROPEES. (1992) Cap a un desenvolupament sostenible. Programa de la Comunitat Europea sobre política i acció en relació al medi ambient. Versión catalana de la Generalitat de Catalunya.102 p.
• COUNCIL OF EUROPE, UNEP, EUROPEAN CENTRE FOR NATURE CONSERVATION. (1996) The Pan-European Biological and Landscape Diversity Strategy. A vision for Europe's Natural Heritage. Amsterdam, 50 p.
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• WITBY, M. (ed) Incentives for Countryside Management. The Case of Environmental Sensitive Areas. Cambridge: CAB International University Press, 286 p.
• WRI, IUCN & UNEP. (1995) National Biodiversity Planning. Guidelines Based on Early Experiences Around the World. Hampden Station (Baltimore): World Resources Institute Publications, 162 p.



Pasado, presente y futuro del Parque del Delta del Ebro

Rafael Balada i Llasat
Director del Parque del Delta del Ebro

El autor profundiza en el pasado y el presente del Parque del Delta del Ebro, un espacio natural caracterizado desde siempre por la gran actividad humana que en él se desarrolla. Una historia repleta de obstáculos, sin demasiados recursos, y cierta desconfianza por parte de la población hacia el forastero han llevado, finalmente, a la realidad de un parque que los vecinos sienten y defienden como un valioso patrimonio. A pesar de ello, aún quedan muchos retos para el futuro. 

Los antecedentes

Las figuras de protección de la naturaleza en Europa, en el sentido actual, van a remolque del movimiento proteccionista norteamericano. En este país, durante la segunda mitad del XIX se puso en marcha una gran red de parques nacionales (1), hecho que, a pesar de haber quedado recogido casi exclusivamente en las enciclopedias, ya se había reflejado en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776), y, tanto a raiz de ello, como de muchos otros factores se convirtió en realidad (Yellowstone 1872).

A principios del siglo XIX se consolida la protección de los espacios naturales: se crea el The National Park Service (EE.UU. 1916), se promulgan los parques de Covadonga y Ordesa (España, 1918)… La Junta de Parques Nacionales, creada en 1917 y convertida en Comisaría de Parques Nacionales (1931), publicó en 1933 (2) una propuesta de espacios que era necesario proteger de la que llamó la atención el hecho de que no estuviese presente ningún espacio ni humedal catalán. Este último aspecto no debería sorprendernos, ya que los humedales habían sido tradicionalmente áreas que debían "sanearse", en las que se incentivaba la desecación y, por lo tanto, su desaparición. Estas acciones tienen un origen antiguo y se basan en una serie de razones cuyo análisis es muy interesante, pero que, sin embargo, se escapan al objetivo del presente artículo.

De modo que los grandes humedales ibéricos reciben una protección mucho más tardía: Doñana (1969), Daimiel (1973)…(3)
En Cataluña, como es de esperar, la planificación y la gestión de la naturaleza no estaban dentro del alcance catalán. El III Congrés Excursionista Català, celebrado en 1914, estudió y propuso a la Mancomunitat de Catalunya un plan de reservas (4) que nunca llegó a aplicarse.

En 1931, la Generalitat de Catalunya encargó un plan de acción territorial (Regional Planning) que, a pesar de no llegar a ser más que un anteproyecto, tuvo bastante trascendencia para el futuro. De este plan, igual que la propuesta española, sorprendió el hecho de que no otorgase ningun tipo de protección al delta del Ebro, siguiendo la norma de considerar estas áreas desde un punto de vista muy distinto al de los proteccionistas.

En 1937, el Consejo Municipal de Amposta municipaliza las balsas de L’Encanyissada y La Tancada, y les da carácter público. 
Otros parajes del Delta norte, Canal Vell y les Olles, y del Delta sur, las salinas de la Tancada (1937) (5),  perdieron este carácter público por impugnación de la propiedad. 

Más adelante, el gobierno central aprovechó este hecho, y, a través de un acuerdo con una sociedad de cazadores integrada básicamente por personajes relevantes de Barcelona, que habían construido la Casa de Fusta en L’Encanyissada y que practiban la caza, mantuvo definitivamente el carácter público.

La década 1975 -1985 fue una de las más complicadas en el delta del Ebro. A principios de los 70 el arroz había dejado de ser rentable y se adoptó un cultivo extensivo mediante el sistema "combinado". La expansión turística litoral y la crisis agraria propiciaron dos actuaciones: Riumar en el Delta norte y Eucaliptus en el Delta sur. A principios de los 80 el cultivo del arroz supera la crisis, el turismo se estanca en la zona y si fijan objetivos nuevos: la ampliación del cultivo mediante la desecación de balsas y la implantación de nuevas zonas urbanizables a costa de los sistemas litorales, a menudo públicos o de dudosa propiedad privada.

En España, tras la muerte del general Francisco Franco (1975), se inicia un intento de homologación con el resto de países occidentales. Durante el periodo 1975 -1980 España se vio inmersa en cambios acelerados e importantes que impiden una actuación decidida de la Administración pública.

En 1977 se nombra presidente de Cataluña a Josep Terradellas, en 1979 se aprueba el Estatuto de Autonomía de Cataluña y en 1980 se celebran las primeras elecciones al Parlamento. 

Con un gobierno central inmerso en problemas, un gobierno catalán provisional, y más ilusión que experiencia, la sociedad civil presionó para llevar a cabo toda una modernización y planificación que no existía. Fruto de este espíritu aparece la publicación Natura, ús o abús? [Naturaleza ¿uso o abuso?] que se convertirá en la base de la futura planificación territorial, en lo que se refiere a la conservación de la naturaleza en Cataluña (6).

En 1976 se presenta un proyecto para urbanizar La Punta de la Banya con más de 100.000 turistas; el proyecto de saneamiento del Delta (1970) pierde impulso, y las fuerzas políticas de izquierda exigen una planificación y se oponen a actuaciones como las de La Punta de la Banya y parecidas (Fangar).

El 30 de abril de 1977 se presenta en Amposta el trabajo interdisciplinar de la Institución Catalana de Historia Natural (ICHN) Els sistemes naturals del delta de l’Ebre (7) [Los sistemas naturales del delta del Ebro]. 

La Generalitat catalana provisional, mediante el Concejal de Política Territorial y Obras Públicas, Narcís Serra, presiona al gobierno central para que actúe en La Punta de la Banya y propone la creación de un refugio de caza (1978).

El Ayuntamiento de Amposta, desde las primeras elecciones municipales (1979) abordó el tema del medio natural del Delta que le correspondía y el 30 de octubre de 1979 aprobó, por acuerdo plenario, presentar un plan de protección para las balsas de L’Encanyissada y La Tancada que contemplaba convertirlas en un parque natural administrado por el Ayuntamiento (8), tal como preveía la recientemente aprobada Ley 15/1975 de Espacios Naturales Protegidos, a pesar de que la mayor parte de la superfície afectada pertenecía al Estado y era necesario negociar su administración compartida o delegada.

A parte de temas puntuales como los descritos en La Punta de la Banya, la Generalitat catalana provisional había iniciado contactos urgentes con los ayuntamientos (1978) para salvaguardar las zonas más valiosas y en peligro de una desaparición inminente. Estas áreas contrastaban con las de anteriores actuaciones por el peso que tenían los humedales.

En todas partes, el agua se convierte en un bien escaso  y las zonas litorales de la Mediterránea adquieren un gran valor turístico, lo cual comporta la desaparición de los humedales litorales. En el ámbito legislativo la reacción es espectacular, y coincide con un aumento de la conciencia proteccionista y la consolidación de la sociedad urbana: el proyecto MAR con una lista de 200 humedales europeos y del norte de África (1965) en el que aparecen cuatro zonas de categoria A en España: Daimiel, Doñana, la Albufera de Valencia y el delta del Ebro.

A raíz del proyecto MAR se reúne en Ramsar (Irán) una convención internacional que establece las bases aplicables a los humedales de importancia internacional, especialmente en cuanto hábitat de aves acuáticas (1975). En 1982 se adhiere el Estado español. La propia Unión Europea publica la Directiva sobre las aves (1979) en la que tiene un gran peso la ornitología de los humedales, pero que recoge una visión poco equilibrada de la problemática conservacionista europea y que no se ha corregido hasta hace poco con la Directiva sobre conservación de los hábitats naturales y de la fauna y la flora silvestres (1992). También en el ámbito internacional surgen una serie de convenios que refuerzan la protección, directa o indirectamente, en estas zonas: Washington (1973), Berna (1979) y Bonn (1979).

Ante esta situación internacional, la propuesta parcial del Ayuntamiento de Amposta respecto a la protección del Delta no recibe la aceptación de la Generalitat. Teniendo presente que la protección general consensuada fracasa, la propuesta de Amposta podía suponer un revulsivo y no se aprovechó la oportunidad, probablemente para no tener que asumir posibles riesgos añadidos a una operación ya delicada de por sí.

Sin embargo, el hecho es que la creación del parque natural del delta del Ebro tiene lugar mediante una estrategia parcial similar. 

La creación del parque natural

El gobierno catalán, que con las elecciones al Parlamento del mes de marzo de 1980 dejó de ser provisional, impulsa decididamente la creación de espacios protegidos: Pedraforca (1982), Cadí-Moixeró (1983), Zona Volcánica de la Garrotxa (1982) y Els Aiguamolls de l’Empordà (1983).

En el caso del delta del Ebro, les negociaciones con la Generalitat para la declaración del parque natural están cerradas desde 1980. El Ayuntamiento de Amposta toma la iniciativa y exige una solución, y las grandes propiedades, cuando observaron la buena situación del arroz, intentar poner a producir el máximo de superficie de sus fincas transformando las zonas naturales (yermos). Tras el fracaso de los proyectos para urbanizar La Punta de la Banya y El Fangar, y ante la nueva estructura política, los movimientos ecologistas y universitarios están inactivos.

En el marco de estas transformaciones, se construye un canal de circunvalación en la balsa del Canal Vell que aisla la superfície de agua del cañaveral que le rodea. Este canal permite regular los niveles de agua de la zona cultivada sin afectar a la balsa y se construye de modo que queda libre la conexión con la bahía del Fangar, sin hipotecar su riqueza piscícola. La Societat de Pescadors de Sant Pere ve con buenos ojos las actuaciones, pero el Ayuntamiento de Deltebre, dirigido por independientes en mayoría absoluta, se opone a ellas por diversos motivos y se inician una serie de manifestaciones y contactos, incluso con la Generalitat de Catalunya con el fin de que se paralicen las obras de transformación en arrozales en la periferia. El gobierno catalán, que veía cómo se les escapaba de las manos la protección de los espacios naturales del delta del Ebro, propone como solución declarar parque natural a la zona afectada. Las conversaciones fueron muy rápidas, el movimiento se inicia a principios de 1983 y, en verano de ese mismo año, se publica el decreto de creación del Parque Natural del Ebro. En la práctica, a la zona del Canal Vell, se ha añadido la balsa de Les Olles —en el término municipal de El Perelló— y la isla de Buda —en el término municipal de Sant Jaume d’Enveja. Buena parte del término municipal de Deltebre queda incluido en el Parque.

1983 no era un buen año para crear un parque natural en el Delta: la transformación había llegado a su punto máximo, los canales de riego estaban a punto de colapsarse, el proyecto de saneamiento había fracasado. En Sant Jaume d’Enveja, se habían celebrado asambleas multitudinarias en su contra; los sectores implicados en las desecaciones utilizaban la declaración de parque natural para captar las simpatías de la gente a quienes se "hipotecaba" el futuro. A favor, se contaba con que L’Ampolla no tenía ayuntamiento propio, que El Perelló lo respaldaba y que en Sant Jaume únicamente se afectaba a la isla de Buda, una propiedad privada con escasa relación con la población a quién, en cierto sentido, no le molestaba que pudiese "perjudicar" a los propietarios. Ante una situación tan grave era necesario tomar la iniciativa, aún más teniendo en cuenta que el decreto había sido recurrido, no únicamente por los grandes propietarios, sino también por el propio gobierno central. Cabe recordar que esto sucedía durante la etapa UCD, etapa de transferencias y susceptibilidades generalizadas por el cambio de estructuras del Estado. Por una parte, esta iniciativa podía venir determinada por la voluntad de realizar inversiones que permitiesen mostrar que el modelo de protección que se quería era compatible con el desarrollo, creando infraestructuras… Esta puerta se cerró antes de abrirse. No se transferían recursos y el endeudamiento del gobierno catalán se había disparado. Por otra parte, la acción decididamente proteccionista por salvar Els Aiguamolls de l’Empordà, unos terrenos declarados urbanizables, había hipotecado las acciones de envergadura a medio plazo. 

La gente del Delta tiene un enraizado sentido de la cooperación y arrastra una tradición histórica de aislamiento y marginación, sus estructuras sociales se han establecido muy recientemente, y están en pleno proceso de tansformación y consolidación (9). La presencia de la Administración Pública en el Delta, incluso en el ámbito local, ha sido prácticamente nula y se desconfía de los extraños porque tradicionalmente, pese a la poca riqueza existente, se han llevado más de lo que han dejado. Si a esta situación de desconfianza le añadimos que la presencia de la Administración tenía el objetivo de crear y administrar un parque natural, en un país en que las actividades primarias (agricultura, caza, pesca…) eran la ocupación de prácticamente todos, el resultado previsible no podía ser muy esperanzador, especialmente si no se disponía de recursos para demostrar cuál era el camino que se quería seguir.

Desde el Parque se fue consolidando un personal laboral constituido casi completamente por gente del lugar, con un gran espectro de ideas, aunque con la ilusión de salvaguardar y mejorar los sistemas naturales. 

Se diseñó un programa de uso y gestión que permitía planificar, racionalizar y clarificar los espacios y que se tradujo en un aumento de la riqueza biológica del Parque. Después de tener garantizada la conservación de los espacios naturales, a través del programa y la redistribución del personal de vigilancia, se procedió a emprender una difusión del Delta en el ámbito catalán e internacional. El delta del Ebro, cuyo aislamiento social era resultado de la falta de comunicaciones  e infraestructuras, era una zona prácticamente desconocida hasta para los mismos catalanes. La campaña fue espectacular, más aún por el hecho de que los propios habitantes del Delta no entendía qué era lo que venía a ver tanta gente de fuera. Los habitantes del Delta, acostumbrados a vivir en aquel mundo no entendían que aquel microcosmos fuese insólito, abs