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Influencia del medio ambiente en la salud humana
Número 31 - diciembre 2001
 

Editorial 


Salud y medio: de la incertidumbre al cálculo económico
Xavier Duran

Determinantes ambientales y salud
Maria Rosa Girbau i Katy Salas

Influencia del medio ambiente en las relaciones entre alimentación y salud
Abel Mariné Font i M. Carmen Vidal Carou

La contaminación atmosférica y sus efectos sobre la salud
Jordi Sunyer i Deu

Riesgos ambientales
Manolis Kogevinas, Josep M. Antó i Jordi Sunyer

Entrevista a Alfons Calera Rubio, investigador del ISTAS y experto en salud laboral
Lluís Reales

La proteción europea de las personas y del medio ambiente contra substancias y preparados perigrosos
Ignasi Doñate

Ya lo decía Hipócrates!

Hipócrates, el médico más célebre de la Antigüedad, en su Tratado de los aires, las aguas y los lugares explica que el hombre depende de las fuerzas de la naturaleza. La del entorno influye en la salud humana. Cientos de años después, este enfoque hipocrático sigue conservando toda su vigencia.

La gran diferencia con respecto a la época en la que vivió el iniciador de la observación clínica es el cambio del entorno y los estilos de vida propiciados por la inteligencia humana. En un contexto de globalización del mercado y, por lo tanto, de la lógica impulsada por la Revolución Industrial, el planeta Tierra sufre una serie de alteraciones que se manifiestan a escala global y regional.

El efecto invernadero, el cambio climático, el agujero de la capa de ozono, la lluvia ácida, la desertización, la pérdida de la diversidad biológica y de recursos genéticos, el deterioro de múltiples entornos urbanos y la aparición de nuevas patologías relacionadas con los nuevos estilos de vida son sólo algunos ejemplos de dichas alteraciones. Este entorno influye en la salud humana: si bien es cierto que se han erradicado muchas enfermedades, también lo es que han aparecido nuevos males ligados a una sociedad que genera bienestar, pero también riesgos, muchos de ellos relacionados con la salud.

En este número de la revista Medi Ambient. Tecnologia i Cultura abordamos un tema oceánico: salud y medio ambiente. Nuestro objetivo es presentar una fotografía panorámica de aspectos de actualidad que son clave en un ámbito -la influencia del medio ambiente en la salud humana- que promueve y seguirá promoviendo en los años venideros trabajos de investigación médicos y científicos.

El periodista científico y químico Xavier Duran argumenta la importancia de la investigación para establecer con la mayor certeza posible los efectos de los cambios ambientales en la salud humana. También insiste en la necesidad de introducir en los indicadores económicos los perjuicios que provocan ciertos productos y ciertas actividades, con objeto de que su precio se aproxime al coste real que implican para la sociedad.

Rosa Girbau y Catalina Salas, profesoras de la Escuela Universitaria de Enfermería de la Universidad de Barcelona, explican por qué el estado del medio ambiente constituye un factor clave para el bienestar individual y colectivo.
Los expertos en nutrición Abel Mariné y Carme Vidal, investigadores ambos de la Universidad de Barcelona, analizan la influencia del medio ambiente en las relaciones entre alimentación y salud y nos transmiten un mensaje de tranquilidad con relación a la seguridad de los alimentos que ingerimos.

El doctor Jordi Sunyer, investigador del Instituto Municipal de Investigaciones Médicas (IMIM), explica cómo afecta la calidad del aire a nuestro cuerpo. El mismo Jordi Sunyer, junto con Manolis Kogevinas y Josep Maria Antó, del IMIM, exponen las últimas investigaciones sobre la relación entre la salud y la contaminación de las aguas, los residuos industriales, las dioxinas, los campos electromagnéticos, y la telefonía móvil.

El entrevistado es Alfons Calera, experto en salud laboral. Finalmente, contamos con la habitual colaboración del abogado Ignasi Doñate, quien nos explica la normativa europea relativa a la protección de las personas y del medio ambiente frente a sustancias y preparados peligrosos.

En todos los textos queda claro que el sabio médico Hipócrates tenía mucha razón.

Lluís Reales
Director de Medi Ambient. Tecnologia i Cultura



Salud y medio: de la incertidumbre al cálculo económico

Xavier Duran
Químico y periodista científico


Cada vez se tienen más pruebas de que muchos problemas ambientales tienen un impacto negativo sobre la salud, si bien continua existiendo una cierta inseguridad al respecto. El cambio global que está experimentando el planeta puede agravar estos problemas, sobre todo en los países con menos recursos. Para actuar contra esto, es preciso introducir los efectos sobre la salud en las cuentas económicas e intentar reducir los desequilibrios que aumentan los riesgos en determinadas zonas o clases sociales.

Uno de los personajes de Tiempos difíciles (1854), el adinerado hombre de negocios Mr. Bounderby, hablaba muy positivamente de los humos que enturbian el aire de la ciudad industrial de Coketown:
«Para nosotros esto es precisamente vida. Es lo más saludable del mundo en todos los aspectos, y sobre todo para los pulmones. Si es usted de los que quieren que eliminemos este humo, no estoy con usted. No estamos dispuestos a gastar el culo de nuestras sillas más rápido de lo que lo hacemos ahora, por mucho griterío sentimental que se levante en Inglaterra e Irlanda» .

En esta novela, Charles Dickens retrata de forma magistral a la sociedad industrial, con sus costes sociales y ambientales y sus desequilibrios. Pero, dado que esa sociedad parecía producir tanta riqueza y era tan conforme a los intereses de la gente como Mr. Bounderby -y hay que reconocer que probablemente son los de mucha gente- ¿por qué habría que preocuparse por los humos? Aunque afectaran tanto al barrio obrero en el que «se fue tapiando la entrada a la Naturaleza conforme se iban emparedando en su interior atmósferas y gases mortíferos; (...) en el último rincón sofocante de aquel gran recipiente en el que ya no cabía nada más, en el que, por falta de aire para que tirasen las chimeneas, construíanse éstas en una inmensa variedad de formas truncadas y encorvadas» .1

No obstante, es más que probable que los humos de aquella revolución tecnológica y económica provocaran problemas de salud. Y esos problemas debieron empezar años atrás. En 1775, el cirujano inglés Percival Pott constataba una incidencia de cáncer de escroto inusualmente elevada en los deshollinadores. No sería de extrañar que, además de algunas enfermedades profesionales como la referida, las deficientes condiciones higiénicas y el amontonamiento, unidos al uso de carbón en grandes cantidades, provocara un aumento de las enfermedades y las muertes. Esos males debieron afectar principalmente a las capas sociales con menos recursos. En 1845, Friedrich Engels, en La situación de la clase obrera en Inglaterra, aportaba datos epistemológicos que indicaban que, en la ciudad de Manchester, el índice de mortalidad en las casas y calles más pobres doblaba al de las zonas más acomodadas. Hacia 1840, la esperanza de vida en los centros industriales era de 25 años para las clases obreras y de 55 para las clases superiores.

Parece innegable que las evidentes mejoras en las condiciones de vida de la mayoría de la gente han ido siempre acompañadas de desequilibrios que también han favorecido la aparición o la expansión de problemas sanitarios. Asimismo, a medida que el desarrollo nos iba dotando de nuevas herramientas para prevenir o curar una enfermedad, también nos situaba en una sociedad en la que surgían nuevos riesgos y en la que estas herramientas no estaban al alcance de cualquiera. Algunos grupos están viendo que su bienestar disminuye en nombre de un progreso que precisamente debería aumentarlo.

Sin embargo, cuando establecemos las consecuencias que tiene sobre la salud la degradación ambiental o -para emplear términos que no denoten un juicio negativo- los cambios que las actividades socioeconómicas introducen en el medio, y que se suman a los que el planeta experimenta de forma natural, chocamos con la incertidumbre. En la era de la genética, parece que los problemas de salud han de poder achacarse a causas concretas y perfectamente localizables. En cambio, si nos referimos a problemas de salud provocados por las condiciones ambientales, la certeza se disipa o, cuando menos, surgen numerosas dificultades para establecer causas y consecuencias con contundencia. En primer lugar, las condiciones ambientales comprenden ya un amplio abanico de elementos que van desde la contaminación atmosférica y acústica hasta la aparición de un entorno socioeconómico perjudicial. Así pues, nos referimos a muchísimas causas posibles que se pueden potenciar o contrarrestar mutuamente. Todo esto dificulta el camino hacia las certezas absolutas, que es lo que parecen reclamar muchos ciudadanos, al igual que -y lo que es más grave- muchos dirigentes que deberían impulsar medidas correctivas.

Esta seguridad no se exige en otros ámbitos. Se toman numerosas medidas económicas sin que nadie haya acreditado de forma incontrovertible la localización de la causa de los males que se pretenden corregir ni de los efectos que se conseguirán con estas actuaciones. Si los políticos pidieran a los economistas los datos empíricos que exigen a los climatólogos y a los ecólogos, habrían sido muy pocas las decisiones tomadas en este campo y, tal vez, en estos momentos, en la mayoría de los países todavía estarían por aprobar los presupuestos estatales de hace varios años. Por este motivo, en el ámbito de la salud ambiental, como en tantos otros, no podemos esperar certezas absolutas, sino que los indicios claros o alguna prueba de peso deberían ser suficientes para tomar medidas.
Cada vez se tienen más datos acerca de los efectos de la contaminación sobre la salud, pero no resulta fácil establecerlos porque son muchos los factores que inciden en ella. Al analizar los efectos del aspecto que estudiamos -la concentración de ciertos contaminantes, por ejemplo- es preciso tener en cuenta factores como la predisposición, los hábitos de vida, el estatus socioeconómico y otros condicionantes que vienen dados por cada individuo. De hecho, estos factores se tienen en cuenta en todos los estudios epidemiológicos, pero su separación resulta más sencilla en muchos otros ámbitos.

A pesar de estas dificultades, varios estudios a gran escala parecen vincular los contaminantes con sus consecuencias sobre la salud y el aumento de la mortalidad. En el estudio de las Seis Ciudades, realizado por la Harvard School of Public Health de Boston, se compararon datos sobre los índices de mortalidad y los niveles de contaminación de seis ciudades norteamericanas, con lo que se obtuvo información sobre más de 8.000 adultos durante 16 años. Los resultados indicaban que los residentes en la ciudad más contaminada (Steubenville, Ohio) tenían un 26% más de riesgo de morir jóvenes que los habitantes de la ciudad con el aire más limpio (Portage, Washington).2

Algunas críticas obligaron a reanalizar los datos considerando una gran cantidad factores, como la educación, el nivel de ingresos, el grupo étnico, el acceso a una asistencia sanitaria y otros. La inclusión de nuevos factores, llevada a cabo por el Health Effects Institute, una organización independiente, integrada conjuntamente por grupos industriales y gubernamentales, no alteró los resultados, que alertaban del riesgo de las partículas de menos de 2,5 micrómetros de diámetro o PM2,5. Asimismo, se han realizado otros estudios que parecen confirmar que las partículas de menos de 10 micrómetros de diámetro (PM10) aumentan el riesgo de muerte por todas las causas, y especialmente por enfermedades cardiovasculares o respiratorias.3

Existen estudios que relacionan la contaminación atmosférica con la mortalidad infantil o de adultos y con distintas enfermedades.4 Aunque en muchos casos se requieren nuevos estudios que confirmen las hipótesis, probablemente ya se disponga de los indicios suficientes para reconocer la verosimilitud de ciertas relaciones, así como la necesidad de tomar algunas medidas. Pero todo esto depende, como veremos más adelante, del balance resultante entre beneficios y perjuicios de estas medidas.

Los efectos del cambio global

Si realmente existe una relación entre los problemas ambientales y la salud -y puesto que eso parece innegable, conviene establecer cuál es y cuál podría ser su gradación ¿Puede la situación verse agravada por el cambio global? En este punto volvemos a chocar de frente con la incertidumbre. A pesar de que los últimos documentos del IPCC (International Pannel on Climate Change) no dan pie a muchas dudas sobre este cambio, en lo referente a algunas de sus consecuencias y a la responsabilidad de las actividades humanas en el proceso, algunos sectores políticos, económicos e industriales no parecen proclives a aceptarlo y, en cualquier caso, se resisten a tomar medidas para paliarlo debido, según dicen, al coste económico que provocarían. Una vez más, pues, aparece el balance coste-beneficio al que nos referiremos más adelante.

La denominación pretende indicar que los efectos van mucho más allá de un simple aumento de la temperatura media del planeta. Estos cambios tendrán una gran incidencia en la compleja máquina atmosférica y en los ecosistemas de la Tierra y, a su vez, comportarán efectos socioeconómicos e incluso geopolíticos.

¿Cómo pueden influir en la salud? Una vez más, tropezamos con la multifactorialidad. Los efectos que se den en cada zona no diferirán solo porque las variaciones climáticas serán diversas, sino también porque será necesario considerar los puntos de partida en el campo socioeconómico, demográfico y ambiental. Para poner un ejemplo, considérense las temperaturas extremas que durante el verano han provocado un ligero aumento de las muertes en los últimos años, según los estudios llevados a cabo en Alemania y Estados Unidos, si bien en algunos lugares y años el aumento ha sido más significativo. Esto puede deberse a un aumento de la accesibilidad de las instalaciones de aire acondicionado o a la disminución en algunos factores de riesgo de enfermedades cardiovasculares, que aumentan la susceptibilidad a las olas de calor. Sin embargo, es obvio que esto no será válido ni para todas las clases sociales de estos lugares, ni para la mayoría de los habitantes de otros países, que serán más vulnerables a este aumento de temperatura.5

Algunos de los efectos del cambio global pueden ser un descenso de la calidad del aire en zonas urbanas con problemas de contaminación, cambios en la distribución espacial y estacional de los vectores de ciertas enfermedades infecciosas, variaciones en el medio marino que aumenten el riesgo de toxicidad por consumo de pescado o marisco, o una disminución de la disponibilidad de alimento que empeore la calidad nutricional de distintos países de nivel socioeconómico bajo.6

Resulta complejo definir todas las posibles consecuencias, puesto que no se conocen con exactitud los efectos que tendrá el cambio climático en determinadas regiones ni su gravedad. Por otro lado y a pesar de asumir determinadas variaciones climáticas, las posibles consecuencias sanitarias también son objeto de debate. Un informe del US National Academies of Science National Research Council (NRC), publicado en abril de 2001, manifestaba que se dispone de escasos indicios científicos sólidos que respalden las conclusiones sobre el impacto negativo del cambio climático en la salud. El informe indicaba que las relaciones entre clima, comportamiento humano y enfermedades infecciosas son tan complejas que cualquier predicción se ve dificultada en gran medida.

En lo referente al panel del NRC, numerosas predicciones se han basado en variaciones climáticas a corto plazo, sin tener en cuenta otros factores que podrían influir en ellas, como los cambios en las prácticas de salud pública o en el uso del territorio. Las diferencias entre territorios sometidos a condiciones muy similares en estos momentos ya son evidentes: la incidencia del dengue en ambos lados de la frontera entre Estados Unidos y Méjico no es la misma (entre 1980 y 1996 se confirmaron 50.000 casos en los tres estados mejicanos ribereños de Río Grande y menos de un centenar en Texas, al otro lado del río, en el mismo período. Esto se debió a que la mayoría de los habitantes de Texas pasaban más tiempo en casa, donde tenían instalados aparatos de aire acondicionado y persianas en las ventanas, lo que reducía la probabilidad de que les picaran los mosquitos.

Para los que han destacado los riesgos sanitarios del cambio global, el NRC deja de lado que ya se han detectado algunos cambios en la distribución de vectores de ciertas enfermedades: los mosquitos se han extendido a zonas altas de Papua-Nueva Guinea, Ruanda y áreas de América Central y del Sur en las que no se habían registrado casos de malaria. De hecho, la visión que ofrece está muy centrada en Estados Unidos, donde se pueden tomar medidas que no están al alcance de los países en desarrollo.7

Algunos estudios destacan el hecho de que los efectos hayan alcanzado a países nórdicos. La llegada anticipada de la primavera y un clima, en general, más templado han provocado un incremento de las encefalitis transmitidas por un tipo de garrapatas. Aunque también han podido intervenir otros factores como el aumento de población en zonas endémicas y del número de animales domésticos.8 Una vez más, sin embargo, se trata de países con estructuras sanitarias que les permiten afrontar el problema.

En efecto, las especies de mosquito portadoras de los microorganismos que causan la malaria o el dengue se han detectado a mayor altitud, debido a que las temperaturas elevadas les permiten adaptarse a lugares donde antes no podían vivir: en Colombia, se ha observado la presencia del mosquito que transmite el dengue a 2.200 metros. Muchos de estos países no tienen estructuras sanitarias que permitan actuar con rapidez una vez detectados los primeros casos, y el modo de vida y las necesidades de sus habitantes les expone en mayor grado a las picaduras. Estas enfermedades infecciosas, junto con la malnutrición y los golpes de calor, pueden tener efectos mucho más graves en los países con menos recursos.9 Aunque partiendo de la incertidumbre se puede pensar que el cambio climático podría no aumentar de una forma notable la incidencia de estas enfermedades en ciertos lugares, la combinación de cambio climático y estructuras sanitarias y sociales deficientes sí podría hacerlo.

Existen también otros fenómenos climáticos independientes de la acción humana que influyen en ciertas enfermedades. Un ejemplo es el ENSO (El Niño-Southern Oscillation), una corriente de agua anormalmente caliente en el Pacífico Oeste que puede causar efectos muy diversos como lluvias torrenciales y sequías, e incidir así en la disponibilidad de alimento en áreas que se encuentran a miles de kilómetros. El ENSO podría estar relacionado con las epidemias de cólera de Bangla Desh y su estudio podría facilitar una toma de medidas preventivas en este país.10

Finalmente, cabe recordar también algunos efectos negativos -aunque pueden ser solo temporales- causados por lo que conocemos como internacionalización y la exportación de modos de vida occidentales a sociedades que han mantenido unos hábitos muy distintos. Así, una alimentación rica en grasas e hidratos de carbono podría ser la causa del aumento de casos de diabetes en países como Nauru,11 donde la mayoría de los individuos presentan un metabolismo adaptado a la disponibilidad de alimento y al clima. Otro ejemplo podría ser la aparición de casos de anorexia y bulimia en las Islas Fidji pocos años después de la llegada de la televisión a este país del Pacífico. Según Anne Becker, antropóloga de la Harvard Medical School, un 74% de les chicas fidjianas se sentían demasiado grandes o gruesas en 1998, 38 meses después de la llegada de la televisión y de series como "Melrose Place" o "Xena: Warriors Princess".12 Existen otros factores que pueden influir en la presencia de estas enfermedades, pero hay una gran probabilidad de que sean efectivamente achacables a la exportación de cánones de belleza occidentales.

Al margen de la exportación de hábitos, la internacionalización es un proceso complejo, y probablemente imparable, que aporta beneficios, pero que también genera riesgos y desigualdades. El hecho de que se internacionalicen los mercados pero no muchas de las normativas y controles puede acabar fomentando ciertos problemas, tanto en países en desarrollo como en países desarrollados. Por un lado, es preciso realizar un control más estricto sobre la obtención y el tratamiento de los productos alimentarios en países en desarrollo -en cuanto al uso de ciertos plaguicidas, por ejemplo. Por otro lado, no parece justificable que las sustancias prohibidas en países desarrollados se empleen en países en desarrollo.

Únicamente en casos muy específicos podrían aducirse argumentos lo bastante convincentes, pero siempre que ocurra en períodos de transición. Un ejemplo de ello es el uso de DDT. Uno de los estudios más recientes acerca de sus efectos sobre la salud indica que el número de partos prematuros en Estados Unidos entre 1959 y 1966 estaba vinculado a las concentraciones de DDE -producto de la degradación del DDT- en la sangre de las madres. Los investigadores destacan que el parto prematuro es uno de los factores que contribuyen al riesgo de mortalidad infantil.13 Pero en países donde la malaria es una causa importante de mortalidad, sobre todo en niños menores de cinco años, el uso de DDT para eliminar al mosquito que transmite el microorganismo que la causa puede aportar más beneficios que perjuicios. Ahora bien, esto es válido siempre que no se contemple como una solución permanente y se busquen vías alternativas de protección.

La introducción en los balances económicos

Establecer el riesgo real de que aumenten ciertas enfermedades es importante para decidir si se toman medidas y cuáles. Pero cuando se reclama certeza, no se debería olvidar la frase de Disraeli: Aumentar el nivel de salud, pues, no significa simplemente disminuir el malestar y el sufrimiento de algunas personas, ni mejorar las estadísticas de esperanza de vida. La salud es un elemento esencial que condiciona tanto la felicidad de los pueblos como su capacidad para avanzar y ver aumentados su riqueza y su nivel de vida. Por esta razón, la potenciación de la salud no puede verse como un coste, sino como la mejor de las inversiones.

No obstante, en el cálculo de la relación entre coste y beneficio de estas inversiones, pueden darse interpretaciones muy diferentes e incluso muy sorprendentes. Éstas no dependen solo de la verosimilitud que se atribuya a las predicciones, sino del propio concepto de bienestar y crecimiento económico.

De este modo, en 1997 se publicaba un libro sobre los costes económicos de ciertos hábitos poco saludables, como fumar o beber alcohol, y de los accidentes de tráfico.14 Los estudios que constituían el cuerpo central del libro habían recibido ayuda financiera de Philip Morris, que, según el coordinador del libro, .15 Este coordinador, Francisco-Javier Braña, de la Universidad Complutense de Madrid, manifestaba en la introducción que las diferencias en cuanto a absentismo laboral entre fumadores y no fumadores eran mínimas -según los estudios realizados en Estados Unidos- y, por otro lado, que no se dispone de ninguna prueba o estudio que avale las cifras que se mencionaban en relación al impacto del tabaco en los fumadores pasivos. En cualquier caso, las conclusiones de los estudios fueron que los impuestos que gravan el tabaco superan con creces el coste de los posibles efectos perniciosos del tabaco.

Como es bien sabido, durante mucho tiempo las grandes compañías tabaqueras han negado que el hecho de fumar estuviera claramente relacionado con ciertos tipos de enfermedades o con una disminución de la esperanza de vida. Pasado un tiempo, parecieron haber cambiado de táctica, solo que con unas valoraciones que se asemejan más a chistes de mal gusto que a estudios económicos serios. Así, en julio de 2001 se dio a conocer un estudio encargado por Philip Morris a la consultoría Arthur D. Little con el fin de evaluar los efectos positivos indirectos del consumo de tabaco en la República Checa. Las conclusiones fueron que el país ahorra 1.227 dólares -unas 230.000 pesetas o 1.400 euros- por cada fumador que muere. En cifras globales, pues, el estado checo habría ahorrado 5.800 millones de coronas -unos 17,4 millones de euros- en 1998, gracias a la muerte de los fumadores, ya que de este modo dejaba de asumir distintos gastos. El balance se hizo a partir de cifras de intereses por impuestos sobre el tabaco más el ahorro en alojamiento de las persones de edad, de pensiones de jubilación y otros gastos sociales y de asistencia sanitaria en general.

Lo que hace unos años era solo una broma más de la ingeniosa serie británica Yes Minister -con unos argumentos prácticamente idénticos a los que hemos destacado- se disfrazaba en este caso de estudio científico. El escándalo obligó a Philip Morris a disculparse y a anular estudios parecidos en otros países de la Europa del Este,16 así como a reconocer que 17

En primer lugar, sorprende que la tabaquera pase tan rápidamente de negar la influencia negativa del tabaco en el acortamiento de la vida a hacer recuento de lo que ahorramos si mueren las personas suficientes antes de gozar de su pensión de jubilación. O el tabaco no mata y el estado checo no se ahorra nada en estos casos, o el tabaco mata y estamos ante un grave problema de salud pública.

Igualmente, resulta asombrosa la infravaloración que reciben la vida humana y la salud de los ciudadanos. Con datos probablemente muy parecidos, pero con un componente ético muy distinto, otro estudio -éste sí- científico no llegó a las mismas conclusiones. Los investigadores de la Universidad Erasmus de Rotterdam (Países Bajos) calcularon que, si un porcentaje importante de gente dejaba de fumar, se conseguiría un ahorro a corto plazo, mientras que a largo plazo comportaría un aumento de los costes de atención sanitaria -más gente llegaría a edades en que estos costes se disparan.18 Pero los investigadores acabaron por resaltar que si fumar es un riesgo de gran importancia para la salud, el objetivo de la política en esta materia debería ser simple y claro: hay que disuadir de fumar, puesto que nuestra sociedad ha decidido invertir dinero en sumar tanto años como salud a nuestras vidas.

Esto no es más que una muestra de que cualquier estudio económico sobre la salud no puede sustraerse a los objetivos que perseguimos. El ahorro puro nos llevaría a promover el tabaco para reducir al mínimo los gastos en jubilaciones y atención sanitaria a persones mayores. Pero, si una buena salud y un aumento de la esperanza de vida se consideran un bien, de una forma u otra han de reflejarse en las cuentas económicas. Si no, los cálculos que hagamos serán claramente sesgados. Por otro lado, algunos costes se valorarán de una forma muy distinta según los datos que aportemos, como el hecho de considerar que el tabaco o la contaminación aumentan o no los problemas respiratorios o cardiovasculares. Incluso existen mecanismos técnicos para reducir las incertidumbres en estos estudios.19

A pesar de todo, estas valoraciones también están condicionadas porque los beneficios pueden producirse a medio o largo plazo y los dirigentes políticos están más interesados en los efectos inmediatos sobre la economía y en los que tienen un valor económico tangible. Claro que, si hay que hablar de dinero, pensamos que .20

Algunos problemas ambientales también pueden tener efectos diversos, positivos y negativos. Así, el deterioro de la capa de ozono conlleva un aumento de la incidencia de la radiación ultravioleta, lo que, además de causar más cánceres de piel, puede afectar al sistema inmunitario.21 Esto último puede significar tanto una mayor vulnerabilidad a enfermedades infecciosas como una disminución de las enfermedades autoinmunes como la diabetes.22

En otros casos, algunas medidas ambientales pensadas para hacer frente a un problema concreto pueden aportar beneficios sanitarios adicionales. Éste es el caso de la disminución de emisiones de gases de efecto invernadero para enfrentarse al cambio climático. Aparte de reducir la incidencia de este cambio sobre la salud, también se pueden obtener beneficios a corto plazo como la disminución de los problemas respiratorios y cardiovasculares. Un equipo de investigadores americanos destaca estos beneficios durante las próximas dos décadas en ciudades como Méjico, Nueva York, Santiago de Chile y São Paulo, que tienen una población conjunta de 45 millones de personas.23 Sus conclusiones indican que reducir las emisiones evitaría, solamente en estas ciudades y hasta el 2020, 64.000 muertes prematuras, 65.000 casos de bronquitis crónica y 37 millones de personas/días perdidos por incapacidad laboral o actividad restringida.

Asimismo, señalan que se trata de unos cálculos conservadores, ya que no incluyen muchos otros contaminantes ni los efectos que, con los conocimientos actuales, no pueden cuantificarse con exactitud. Otro estudio, citado por los autores, indica que, en Estados Unidos, reducir las emisiones de las centrales de carbón evitaría, cada año, 18.700 muertes, 3 millones de jornadas laborales perdidas y 16 millones de días de actividad restringida.24

No obstante, los efectos sobre la salud no parecen modificar las cuentas relativas a ciertas actividades. La alegría con la que se saluda al aumento de ventas de coches y el pesimismo que parece acompañar a su declive indica la importancia que se da a un sector que, efectivamente, tiene una elevada incidencia en el producto interior bruto, tanto por beneficios directos -la industria automovilística y de mantenimiento- como indirectos -infraestructuras, turismo, ocio, etc. No obstante, estos beneficios deberían matizarse con los efectos negativos sobre la salud, desde los accidentes hasta las enfermedades y muertes vinculadas a la contaminación atmosférica y acústica -por no mencionar los costes de congestión y pérdidas de tiempo. En Méjico DF, por ejemplo, tres cuartas partes de la contaminación proviene de los vehículos de motor. Muchas de las grandes ciudades asiáticas están sufriendo también problemas graves a causa del gran aumento del parque de vehículos.

Probablemente uno de los efectos mejor documentados es el referente al plomo. Aunque existen otras fuentes de este metal, la mayor parte del plomo que entra en el organismo de los niños proviene de la gasolina que contiene este aditivo.25 El incremento del uso de gasolina sin plomo ha conllevado significativos descensos de las concentraciones de este metal en la sangre.26

El plomo provoca distintos problemas en el desarrollo neurológico. Se ha observado que los niveles de plomo están relacionados con un cociente intelectual más bajo y con problemas de aprendizaje. Además, los efectos de una exposición durante la infancia pueden ser prácticamente imposibles o muy difíciles de corregir. En cualquier caso, en un experimento realizado con un fármaco para eliminar el metal del organismo los jóvenes no experimentaban mejoras en su cociente intelectual.27

Lógicamente, estos efectos de la contaminación -por plomo, pero también por otras sustancias- deberían considerarse un efecto negativo más de la expansión del parque automovilístico, o bien incorporarse en el precio de los combustibles. En cambio, es curioso que a menudo ocurra lo contrario. A título ilustrativo, el menor coste del gasóleo hace que aumente el número de vehículos con motor diesel, a pesar del impacto negativo que ejerce este combustible en la salud, tanto por sus efectos cancerígenos -ciertamente muy inferiores a los del tabaco- como por los problemas respiratorios y cardiovasculares que ocasiona.28 Sería conveniente, pues, incluir estos costes en el precio del gasóleo.

Otro ejemplo nos lo da la investigación dirigida por Jordi Sunyer y su equipo del IMIM (Instituto Municipal de Investigaciones Médicas de Barcelona).29 Estudiando a 95 niños sanos nacidos en Flix (Ribera de Ebro) entre 1997 y 1999, observaron que los que fueron alimentados con leche materna presentaban una concentración tres veces superior de hexaclorobenceno -un organoclorado- que los otros, pero también un mejor desarrollo neuroconductual. Esto es debido a que los nutrientes de la leche materna proporcionan beneficios, aunque al precio de ingerir también organoclorados. Pero el estudio revela que en esta zona, donde se encuentra la fábrica de Ercros Industrial (antes Erkimia), los niños presentan un desarrollo neuroconductual inferior a la media de Cataluña. Es preciso que se lleven a cabo estudios que determinen si esto se debe a los niveles de organoclorados o a otras causas -nivel socioeconómico, otras exposiciones ambientales. Aunque, en el caso de que se demostrara una relación con la actividad industrial, no solamente se tendría que actuar sobre los niveles de organoclorados, sino también introducir una valoración del coste económico, con el fin de no considerar exclusivamente los posibles beneficios de la instalación de fábricas, como la creación de puestos de trabajo directos, ingresos indirectos, etc.

El tema de la exposición a contaminantes como el plomo y sus efectos nos lleva al último punto por tratar: los desequilibrios socioeconómicos. El plomo causa muchos más perjuicios en las zonas donde viven personas con un poder adquisitivo bajo. Si bien es cierto que, una vez más, hay que pensar en otros posibles factores que incidan en el resultado. Pero parece que en la actualidad se tienen pruebas suficientes para constatar que lo que causa buena parte de estos problemas es la elevada presencia de este metal. Este hecho indicaría que los problemas ambientales tienen un impacto mucho más negativo en las clases sociales más bajas.

La relación entre nivel adquisitivo y salud o esperanza de vida está muy estudiada y las diferencias se producen tanto entre países, como en el interior de un mismo país.30 Los ciudadanos con menos ingresos están más expuestos a los agentes infecciosos y a los efectos de la contaminación, y tienen una cobertura sanitaria reducida, al igual que su acceso a medidas o exploraciones preventivas. También están más extendidos en estos grupos hábitos o problemas considerados factores de riesgo -tabaquismo, alcoholismo, obesidad, alimentación inadecuada, etc. La OMS manifestó en su informe anual de 1998 que la pobreza es la mayor causa de enfermedad y mortalidad prematura del mundo.

Un nivel socioeconómico bajo va unido a una mayor incidencia de los problemas ambientales, ya que, en las zonas industriales o con otras características que aumentan su exposición a estos problemas, el precio de las viviendas suele ser bajo. Una mayor exposición a la contaminación o a condiciones higiénicas no ideales parece, pues, una circunstancia inevitable para las capas de población que no pueden permitirse gastar más dinero para vivir en otros lugares.

Además, estos grupos también tienen muchos más problemas para tomar medidas que disminuyan esta exposición a factores de riesgo. El aumento de los problemas respiratorios en el mundo en desarrollo se reduciría de forma notable si las familias empezaran a usar cocinas y combustibles menos contaminantes. No se trata tanto de la contaminación del exterior, pues, sino de las propias casas a menudo mal ventiladas. Un estudio realizado con 55 familias de Kenya indicó que la exposición a las partículas PM10 era, en casos extremos, hasta 100 veces superior a los niveles recomendados por la EPA, la agencia ambiental de Estados Unidos. La transferencia de tecnología para sustituir cocinas o para dejar de utilizar básicamente carbón o madera afectaría positivamente a 2.000 millones de personas de todo el mundo.31

En el caso de la India, donde en el 80% de los hogares se utiliza este tipo de combustibles, la contaminación interior causa medio millón de muertes infantiles anuales. Las tres cuartas partes de las exposiciones a partículas contaminantes se dan en áreas rurales de países en desarrollo, y eso se traduce en 3 millones de muertos cada año en todo el mundo.32 Pero estas personas carecen de recursos para poner en práctica alternativas o para vivir en casas mejor ventiladas.

Conclusiones

Conseguir la reducción de los perjuicios que los cambios ambientales causan en la salud requiere, en primer lugar, que se sigan llevando a cabo investigaciones para establecer con la máxima certeza estos daños, pero también actuar, aunque solo se disponga de unas pocas pruebas o indicios lo bastante claros. Esto también supone introducir en los indicadores económicos los perjuicios que causan ciertos productos o actividades, con el fin de que el precio se aproxime al coste real que supone para la sociedad. Y, finalmente, es preciso reducir los desequilibrios que pueden impedir a la mayor parte de la humanidad acceder a estos beneficios, dado que sus medios no les permiten proveerse de otras fuentes o cambiar sus hábitos.

Todo esto resulta relativamente complejo, pero sin duda no imposible, por lo menos no en parte. Si hemos comenzado hablando de Dickens y de Tiempos difíciles, podemos acabar con referencias al Fausto de Goethe. Uno de los objetivos del protagonista es la construcción de un dique en el litoral para transformar la zona en un jardín . Las dificultades para llevar a cabo la gigantesca construcción y las consecuencias no previstas son, para algunos, una alerta de Goethe sobre los problemas generados por la Revolución Industrial y el crecimiento económico desmesurado. Pero Fausto cree que con los conocimientos humanos y el nivel tecnológico alcanzado se pueden superar todos los obstáculos, lo que se revela falso.

A menudo creemos que nuestro nivel tecnológico y económico permite llevar a cabo proyectos muy ambiciosos, pero cuando se trata de alcanzar otros objetivos, como mejorar la salud y reducir la mortalidad en todo el mundo surgen demasiadas voces que lo consideran una utopía, una operación que no puede tener éxito o que tendría un coste extremo. Tal vez sería éste el momento de poner en marcha el ideal fáustico, para quien casi todo es posible, e intentar avanzar, aunque no sea a gran velocidad, en proyectos probablemente mucho más necesarios que las grandes obras de ingeniería. Y hay que proceder sin olvidar que nuestras acciones pueden tener un impacto positivo o negativo a corto plazo, pero que las generaciones se suceden y, ante la vida de toda una especie, el período de vida de cada individuo pasa a ser insignificante. Como decían Hans C. Binswanger y Kirk R. Smith, precisamente en un artículo sobre el ,33 en el que recordaban la frase de Paracelso , reducir estas dosis de forma suficiente para proteger a los individuos puede no ser suficiente para proteger a la sociedad de forma indefinida.

Referencias

1 C. Dickens: "Tiempos difíciles", Cátedra, Madrid, 2000.
2 Dockery, D.W. et al, "The New England Journal of Medicine", 1993, 329: 1753-59
3 Samet, J.M. et al: "The New England Journal of Medicine", 2000, 343: 1742-49
4 La contaminación sería el factor causante de un 9% de las muertes infantiles en Estados Unidos, según un estudio de la Universidad de Basilea (Suiza) y la Harvard School of Public Health presentado el 23 de mayo de 2001 en la reunión anual de la American Thoracic Society en San Francisco.
5 McMichael, T. (2001): "Human frontiers, environments and disease. past patterns, uncertain futures", Cambridge University Press, p. 259
6 Technical Summary: Impacts, Adaptation and Vulnerability", www.ipcc.ch. Véase también McMichael, op. cit, pp. 283-317.
7 McMarthy, M.: "Uncertain impact of global warming on disease", "The Lancet", 14-4-2001, 357: 1183.
8 Lindgren, E. y Gustafson, R., "The Lancet", 7-7-01, 358: 16-18
9 Martens, P., "How Will Climate Change Affect Human Health?", "American Scientist", nov.-dic., 1999, 87: 534-541
10 Pascual, M., Rodó, X. et al.: "Cholera Dynamics and El Niño-Southern oscillation", "Science", 8-9-2000, 289: 1766-69
11 McMichael, op. cit., pp. 68-70
12 Estudio presentado el 19 de mayo de 1999 en la American Psychiatric Association. Citado en "Otago Daily Times. Online Edition", 20-5-99
13 Longnecker, M.P. et al, "The Lancet", 14-7-01, 358: 110-114
14 Braña, F.-J. (coord.) (1997): "Análisis económico de los estilos de vida: externalidades y coste social", Civitas, Madrid.
15 Ibid, p. 30
16 Le Monde", 28-7-01, p. 1
17 "El País", 27-7-01, p. 24
18 Barendregt, J. J. et al.: "The health care costs of smoking", "The New England Journal of Medicine", 1997, 337: 1052-57
19 Hutton, G.: "Cost-efectiveness of environment health interventions", www.who.int/environmental_information/Disburden/WSH00-10
20 Ibid, p. 74
21 No debe olvidarse que, en algunos casos, el aumento de cánceres de piel también puede deberse a la emigración de personas con una piel más sensible y, en consecuencia, no adaptada a lugares donde la radiación es más intensa.
22 Puede consultarse un estudio sobre la relación entre gradiente de radiación ultravioleta y esclerosis múltiple en McMichael, A.J. et al, "Epidemiology", 1997, 8: 642-645
23 Cifuentes, L. et al: "Hidden Health Benefits of Greenhouse Gas Mitigation", "Science", 17-8-01, 293: 1257-59
24 "The particulate-related health benefits of reducing power plant emissions", Clean Air Task Force, Boston, 2000, www.cleartheair.org
25 Mielke, H.W.: "Lead in the Inner Cities", "American Scientist", enero-febrero, 1999, 87: 62-73.
26 Thomas, V.M. et al, "Environmental Science & Technology", 1999, 33: 3942-48. Para consultar estudios referidos a Cataluña, también incluidos en este trabajo, véase, entre otros, Domingo, J.L. et al. Science of Total Environment", 1996, 184: 203-209 y "Environment International", 1995, 21: 821-825 y Rodamilans, M. et al, "Bulletin of Environmental Contamination Toxicology", 1996, 56: 717-721
27 "Rogan, W.J. et al, "The New England Journal of Medicine", 10-5-01, 344: 1421-26
28 Benkimoun, P., "Le Monde", 30-6-2001, p. 20. El informe completo está disponible en www.ineris.fr/recherches/diesel/diesel.1htm
29 "Avui", 2-6-2001, p. 32.
30 Un estudio muy completo al respecto se encuentra en Leon, D. y Walt, G. (eds.): "Poverty, inequality and health. An international perspective", Oxford University Press, 2001.
31 Ezzatti, M. y Kammen, D.M., "The Lancet", 25-8-2001, 358: 619-624
32 WHO, Press release/56, 14-9-2000
33 "Paracelsus and Goethe: founding fathers of environmental health", "Bulletin of World Health Organization", 2000, 78: 1162-64

Determinantes ambientales y salud

Maria Rosa Girbau y Katy Salas
Profesoras de la Escuela Universitaria de Enfermería de la Universidad de Barcelona

El estado del medio ambiente es un factor clave para el bienestar individual y colectivo. De hecho, muchos expertos defienden, tal como ha reconocido el Parlamento de Cataluña, que un medio ambiente digno es un derecho fundamental de los ciudadanos y las ciudadanas. En este artículo, las autoras explican los riesgos que afectan al medio y, por tanto, también a la salud humana.

Hasta la primera mitad del siglo pasado, el hombre ha vivido de espaldas a las consecuencias de su injerencia en el entorno y, hasta después de la Segunda Guerra Mundial, no adquiere conciencia de las implicaciones que sus acciones tienen sobre el medio ambiente y sobre la salud individual y la colectividad.

Algunos acontecimientos como las bombas de Hiroshima y Nagasaki, la crisis del petróleo y el previsible agotamiento de otros minerales, la destrucción de la capa de ozono, la constatación del cambio climático, la peligrosidad de muchos productos naturales y sintéticos, desastres naturales imprevisibles, la nueva variante de la enfermedad de Creutzfeldt Jakob, etc., han puesto de manifiesto que la intervención indiscriminada del hombre sobre el medio ambiente se ha convertido en un bumerán que se ha vuelto contra sí mismo. En ese sentido, consideramos muy acertada la frase del ecólogo Ramon Margalef cuando dice: .

Ya hace años que el medio ambiente se considera un determinante de la salud humana, pero, hasta la década de los 70 no se presentaron diferentes modelos explicativos de las causas de la pérdida de salud de los habitantes de los países desarrollados; algunos de estos modelos destacan el componente holístico (Laframboise, 1974) como causa de la morbilidad-mortalidad, mientras que otros hacen referencia al modelo ecológico (Austin y Werner, 1973) y al del bienestar (Travis, 1977).

A partir de estas aportaciones se continuó avanzando en el conocimiento de la génesis de las enfermedades contemporáneas y fue el ministro de sanidad canadiense Marc Lalonde quien desarrolló los modelos propuestos con anterioridad y presentó en 1974 el informe sobre la salud de la población canadiense, conocido como en el que se describían como determinantes los factores genéticos, los factores ambientales, los estilos de vida y el sistema de sanidad. En los últimos años, se ha presentado nuevos esquemas de los determinantes de salud, clasificados en 5 niveles: determinantes biológicos, físicos y psíquicos, determinantes de los estilos de vida, determinantes ambientales y comunitarios, del ambiente físico, climático y de la contaminación ambiental; y, por último, los condicionantes de la estructura macrosocial, política y las percepciones poblacionales.

Por tanto, es evidente que el medio ambiente es un elemento de primer orden para el bienestar individual y colectivo, lo que exige una nueva consciencia medioambiental, fundamentada en la responsabilidad compartida, por lo que se ha de conseguir un cambio de actitud en la población, a partir del principio de solidaridad ambiental.

En este sentido, el Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Kofi Annan, argumentó en la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social en 1995 que y, por tanto, a su salud.

Al mismo tiempo, debemos ser conscientes de que el bienestar social y el económico son conceptos que progresan de forma paralela al desarrollo sostenible, aunque es muy evidente que la población no es sensible a los problemas ambientales hasta que se definen y se aceptan socialmente, lo que plantea influencias mediáticas en el reconocimiento del riesgo.

Si partimos de una concepción global del ser humano, la salud se entiende como un proceso de equilibrio o armonía entre las diferentes dimensiones que configuran a la persona y, entre ésta y su medio exterior. El ser humano es una pieza clave en el mantenimiento del equilibrio necesario y, por su parte, el ambiente físico, biológico y social desempeña un papel muy importante en las enfermedades contemporáneas (problemas cardiovasculares, respiratorios y digestivos, cánceres, alergias, enfermedad espongiforme, etc.), y se van generando nuevos problemas de salud pública.

A partir de estas consideraciones, se plantea la necesidad de implicar a los diferentes actores institucionales, sociales, políticos, económicos, profesionales, etc., ya que, en definitiva, son los que tienen la responsabilidad directa o indirecta de la salud de la población.

Antecedentes históricos

La referencia más antigua de la que tenemos constancia respecto al conocimiento de las relaciones entre los seres humanos y su medio data del siglo V antes de Cristo y se halla en el Tratado de los aires, de las aguas y de los lagos de Hipócrates (460-377 a.C.), que exponía que para conocer la salud y la enfermedad había que estudiar al hombre en su estado normal y en relación con el medio en el que vive, además de investigar las causas que han perturbado el equilibrio entre el hombre y el medio exterior y social. El pensamiento hipocrático se aplicó para interpretar las condiciones ambientales de la vida humana y se puede considerar, pues, una de las raíces más remotas de la ecología humana, junto con las obras naturalistas de Aristóteles.

Desgraciadamente, este enfoque ecológico no ha sido la orientación prevaleciente en las ciencias de la salud que, por diversas razones, han recibido una gran influencia de la tendencia fisiologista o del estudio del medio interno del ser humano, iniciada por los franceses en el siglo XIX, y que los avances logrados en el siglo XX en el campo del diagnóstico y de la terapéutica han reforzado, olvidando el papel del entorno físico, psíquico y social en la génesis de la salud/enfermedad del ser humano.

En 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó y proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en la que no se trata de forma explícita el medio ambiente, pero sí que es preciso destacar algunos de sus artículos, ya que evidencian una responsabilidad institucional y gubernamental en la protección del individuo.

El artículo 1 dice , lo que nos plantea el principio de solidaridad.
El artículo 3 dice , por lo que plantea el derecho a vivir con garantías.
El artículo 6 dice , entendido como el derecho a ser protegidos.

El artículo 21.1 dice , lo que supone que tenemos que participar activamente en las decisiones que pueden comprometer nuestra integridad.A partir de la segunda mitad del siglo XX, el movimiento ecologista, junto con la mayor sensibilidad para las cuestiones medioambientales, propiciaron que la ONU tomara iniciativas, y a partir de entonces se iniciaron una serie de conferencias internacionales de gran trascendencia. La primera cumbre a escala mundial, denominada , se celebró en Estocolmo en 1972, y tenía como objetivo evaluar los riesgos derivados de la contaminación sobre el medio humano; se establecieron las bases para llegar a acuerdos de alcance internacional sobre el medio ambiente, y surgió el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). En esta cumbre internacional, se pusieron de manifiesto las diferencias y las dificultades para llegar a consensuar acuerdos globales sobre los problemas que afectan tanto a los países ricos como a los pobres, que hoy en día todavía persisten. En esta cumbre se atribuye a Indira Gandhi la siguiente frase: .

Posteriormente, la Organización Mundial de la Salud (OMS), en la XXXª Asamblea Mundial de la Salud en la ciudad de Alma-Ata (1977) se acordó la elaboración de unos objetivos para conseguir la salud para todos en el 2000, entre los que se consideraba la conservación del medio ambiente. En 1984, desde la Oficina Regional Europea, se redactaron 38 objetivos, correspondientes a Europa, que se referían explícitamente a la creación de ambientes saludables (objetivos núm. 18 a 25)

Hasta la década de los 90, se llevaron a cabo otras conferencias a escala mundial, como la Conferencia Internacional de Promoción de la Salud (Ottawa, 1986), El Protocolo de Montreal (1987) para la protección de la capa de ozono, la Conferencia de Sundswall (Suecia, 1991), y algunas preparatorias de la Cumbre de Río de Janeiro de 1992, con el único objetivo de seguir avanzando en el conocimiento de los riesgos ambientales.

En la Cumbre de Río (1992), conocida como la Cumbre de la Tierra, se pretendía conseguir un equilibrio entre las necesidades sociales y económicas y las ambientales, y se elaboraron 3 documentos fundamentales:

La Agenda 21, considerada una declaración de principios a partir de un plan de acción mundial para promover el desarrollo sostenible.
El del Cambio Climático, con el objetivo de reducir los gases responsables del efecto invernadero.
El de la Diversidad Biológica, que exhortaba a los países a tomar medidas para la conservación de las especies vegetales y animales, con una serie de directrices para una ordenación más sostenible de los bosques.

En 1997 se celebró la Cumbre de la Tierra + 5 en Nueva York, con el objetivo de determinar y reconocer los objetivos conseguidos en la aplicación de los acuerdos concertados en Río.
En cuanto al Cambio Climático, se han celebrado varias cumbres: en Kyoto (Japón, 1997), La Haya (2000) y Bonn (2001) con resultados bastante decepcionantes.

También hay que destacar otras iniciativas de interés que han reforzado algunas propuestas presentadas en los diferentes foros internacionales, como los informes presentados por el Club de Roma en 1972, entre ellos el titulado Los límites del crecimiento, que se actualizó en 1992 con el título de Más allá de los límites del crecimiento. Asimismo, el informe Brundtland (1987), en el que se planteaba que , y establecía la relación entre desarrollo sostenible y sistemas económicos. Finalmente, a escala local contamos con el proyecto del Ayuntamiento de Barcelona, conocido como la Agenda 21 de Barcelona, en el que se pone de manifiesto el compromiso para afrontar los nuevos retos ambientales del siglo XXI y conseguir articular de forma sostenible el desarrollo social, urbanístico y económico de la ciudad con el medio ambiente.

Riesgos asociados al desarrollo insostenible

Las actividades realizadas por el hombre de forma egocentrista implican un riesgo potencial para la salud individual y de la comunidad, ya que el medio en el que nos desarrollamos tiene un comportamiento muy dinámico a partir de diferentes ciclos (carbono, nitrógeno, agua...). Además, es un medio complejo, ya que en él se produce un intercambio de energía y de materia y, al mismo tiempo, se establece una interrelación constante de elementos en los diferentes gradientes o niveles de la naturaleza y la intervención del ser humano puede romper el frágil equilibrio de nuestro medio y poner en peligro su integridad.

Por tanto, la posibilidad de que el hombre consiga vivir con salud depende de la capacidad de adaptación a las situaciones variables. Esta capacidad estará relacionada con las condiciones físicas, biológicas y sociales.

En general, podemos definir la contaminación como la alteración de las propiedades de un medio por incorporación -generalmente causada por la acción directa o indirecta del ser humano- de partículas, compuestos gaseosos, perturbaciones, materiales o radiaciones que introducen modificaciones en la estructura y la función de los ecosistemas afectados.

En el momento en que nos planteemos cuáles son los riesgos potenciales para la salud, deberemos tener en cuenta algunos factores estrechamente vinculados al grado de afectación, como:

  • Las características y el grado de solubilidad de las sustancias contaminantes
  • la cantidad de sustancia o del agente patógeno
  • el tiempo de exposición al riesgo
  • los mecanismos de acción o toxicodinámica
  • los mecanismos de defensa del órgano y/o tejido afectado
  • la vía de entrada y transformación posterior de la sustancia
  • las características inmunitarias del individuo y otras variables que lo pueden hacer más susceptible, como la edad, patologías previas, etc.

    Atmósfera:

La atmósfera es la capa gaseosa que rodea la Tierra y está formada por una mezcla de gases en proporciones variables en cada altura (troposfera, estratosfera, mesosfera y termosfera), y es la responsable de la temperatura.

La contaminación atmosférica es la degradación de la esfera de los gases por un incremento de los elementos que normalmente están presentes, o la presencia de sustancias y/o partículas que son ajenas a su composición normal, teniendo en cuenta que la contaminación del aire es un proceso que se inicia a partir de las emisiones de gases y/o partículas y que el ser humano ha estado expuesto a éstas desde el descubrimiento del fuego, aunque el desarrollo insostenible ha aumentado la cantidad y la calidad de los agentes contaminantes, y ha afectado a países tanto industrializados como en desarrollo.

La presencia de contaminantes en el aire atmosférico puede tener su origen en causas naturales como erupciones volcánicas, erosión de la tierra, tormentas de arena, terremotos, procesos de fermentación anaerobia, polinización de las plantas y/o en causas antrópicas y/o artificiales como el tráfico rodado, procesos industriales y centrales térmicas, calefacciones domésticas e industriales, incineración de residuos, pruebas nucleares, conflictos bélicos, etc.

Los diferentes elementos nocivos pueden ser incorporados por las personas a través de la vía pulmonar (por inhalación), cutánea (por contacto con la piel) y oral (por ingestión directa o indirecta):

Vía inhalatoria: pueden penetrar en el aparato respiratorio los gases, vapores y aerosoles o las partículas en suspensión. La absorción de las mismas viene determinada por el tamaño, la forma y los parámetros respiratorios del individuo que puedan limitar la penetración de los contaminantes a las vías respiratorias más profundas.
Vía dérmica: a través del órgano de la piel pueden penetrar muchas sustancias, como biocidas y disolventes orgánicos. Hay que tener en cuenta la integridad de la piel (su erosión facilita la absorción), la temperatura corporal y la circulación periférica (su aumento provoca más absorción).
Vía oral: no es la vía más frecuente de entrada de los contaminantes atmosféricos, pero sí de las sustancias presentes en las aguas de consumo.

La metabolización de estas sustancias se produce principalmente en el hígado, los riñones, los pulmones, la piel y el aparato gastrointestinal; las vías principales de eliminación son la orina y la bilis. En cuanto a las sustancias volátiles y gaseosas, la eliminación se lleva a cabo por medio del aire espirado.

Los efectos de la contaminación atmosférica son muchos y muy difícilmente cuantificables, de la misma manera que es difícil establecer una relación causal, pero cabe hacer hincapié en que es especialmente peligrosa para las personas con enfermedades pulmonares crónicas (enfisema, bronquitis, asma), para los ancianos y para la población infantil. Según la OMS, entre el 30 y el 40% de los casos de asma y entre el 20 y el 30% de los problemas respiratorios pueden estar relacionados con la contaminación atmosférica en determinadas poblaciones, y se considera una de las principales causas de reducción de la esperanza de vida en general y de la esperanza de vida sin incapacidad.

Algunos de los elementos más significativos por sus efectos en la salud son:

  • Monóxido de carbono (CO): insoluble en el agua de las mucosas del aparato respiratorio, lo que facilita su capacidad de penetración en las paredes alveolares; posee una gran afinidad con uno de los cuatro átomos de hierro de la molécula de hemoglobina (210/240 veces mayor que las moléculas de oxígeno), y se transforma en carboxihemoglobina, que interfiere en el correcto intercambio de gases en los vasos capilares, produciendo anoxia por falta de O2. Las manifestaciones clínicas son en forma de cefalalgias, vértigo, debilidad, náuseas y vómitos. Y en las formas de intoxicación grave pueden aparecer alteraciones cardíacas por isquemia miocárdica, que puede provocar angor e infarto, alteraciones neurológicas con obnubilación y coma, alteraciones cutáneas con palidez y cianosis, y disfunciones psicomotoras con alteraciones de la coordinación.
  • Óxidos de azufre (SOx): son hidrosolubles, lo que facilita que sean absorbidos en los primeros tramos del aparato respiratorio y provoquen irritación de las mucosas y broncoconstricción. Las manifestaciones clínicas pueden agravarse si, por efectos sinérgicos, interaccionan con otras partículas en suspensión en la atmósfera, pues se favorecería la penetración en los alvéolos. Produce una estimulación de los sentidos del gusto y del olfato.
  • Óxidos de nitrógeno (NOx): insolubles en el agua de las mucosas del aparato respiratorio; penetran en las paredes alveolares, donde se combinan con la hemoglobina (Hb) para transformarse en nitrosaminas con propiedades cancerígenas. Las manifestaciones clínicas son irritación de las mucosas, edema pulmonar, fibrosis pulmonar crónica y muerte por asfixia.
  • Ozono troposférico (O3): es un contaminante secundario formado por acción de las radiaciones ultravioletas sobre las moléculas de oxígeno, que por disociación se transforman en dos átomos reactivos que se combinan posteriormente con otras moléculas de oxígeno para formar una molécula de ozono. Es insoluble, lo que facilita la penetración en las vías respiratorias. Las manifestaciones clínicas son irritación de las mucosas, garganta seca, cefalalgias, fatiga, decaimiento, aumento de la frecuencia respiratoria, disminución de la función pulmonar, e incluso se relaciona con la disminución de la concentración intelectual.
  • Partículas sólidas: el grado de afectación estará en relación con su capacidad de penetrar en las cavidades pulmonares por su tamaño molecular y su afinidad con la humedad del aire. Pueden actuar como depósitos de partículas inertes en las paredes alveolares y dificultar así el intercambio de gases. También nos pueden afectar a partir de la ingesta de alimentos sometidos a la presencia de partículas que, por disposición seca, se incorporan a los vegetales.
  • Otros: como los fluoruros, el plomo, el mercurio, el cadmio o el amianto, que por su capacidad de volatilización podemos incorporar a través de la respiración y sufrir irritaciones de las mucosas y dificultades respiratorias. Algunos de ellos, como el amianto, son potencialmente cancerígenos.


En relación a los efectos sobre la atmósfera, cabe destacar la implicación del dióxido de carbono (CO2), los óxidos de nitrógeno (NOx), el metano (CH4), los clorofluorocarbonos (CFC) y el ozono (O3) en el efecto invernadero. Este fenómeno se define como el aumento de la temperatura por la presencia de gases en las capas atmosféricas que impiden que la radiación infrarroja (de longitud de onda larga) escape hacia el espacio exterior, lo que favorece el calentamiento de la atmósfera. Los efectos en la salud quedan condicionados por la evolución del aumento de la temperatura media del aire, con alteraciones de los ecosistemas y pérdida de biodiversidad y, por tanto, disponibilidad de recursos alimentarios, destrucción de hábitats naturales por la subida del nivel del mar, lo que favorece las migraciones humanas y el aumento de enfermedades transmitidas por vectores (malaria), por la elevación del grado de humedad. En la actualidad, se hacen predicciones en función de los diferentes escenarios posibles (población, radiación, humedad, precipitación, erosión, agricultura, bosques, mecanismos de absorción de las plantas y océanos, etc.) y valoran sus impactos.

La presencia de clorofluorocarbonos (CFC) en las capas atmosféricas provoca el agotamiento de la capa de ozono situada en la estratosfera y formada por O3. El adelgazamiento de esta capa se produce por la acción de los CFC, unos gases muy volátiles y químicamente estables utilizados en aparatos de refrigeración, de aire acondicionado, pesticidas, aerosoles, espumas, etc., y que al llegar a la estratosfera se descomponen por la acción de los rayos ultravioletas y liberan moléculas de cloro y bromuro que destruyen el ozono.

Este gas es vital para los seres vivos, ya que sirve de protección contra las radiaciones ultravioletas procedentes del Sol. La disminución del ozono estratosférico está relacionada con la aparición de melanomas, cataratas e inhibición del sistema inmunitario.

Otros efectos nocivos se deben a la lluvia ácida, que provoca una acidificación de los componentes del ecosistema; a la inversión térmica, que dificulta la circulación vertical de los contaminantes y, por tanto, su dispersión; y a la niebla fotoquímica que causa manifestaciones clínicas en forma de tos, irritación nasal y de garganta, broncoconstricción, alteración visual e incapacidad para la concentración.

También hay que tener en cuenta la vulnerabilidad de las plantas ante la contaminación atmosférica, pues provoca retrasos del crecimiento, coloración amarillenta de las hojas y muerte en situaciones extremas. En los animales puede conllevar disminución de la productividad, alteraciones de la fecundidad y muerte por envenenamiento al ingerir vegetales contaminados previamente. En cuanto a los efectos sobre los materiales, cabe destacar las consecuencias sociales de la pérdida de patrimonio arquitectónico y artístico, así como el coste de restauración y mantenimiento de las estructuras estropeadas.

Agua:

El agua es una sustancia indispensable para la vida. Los seres vivos estamos constituidos en gran parte por agua y es la sustancia más abundante del planeta, del que dos terceras partes son agua: un 97% de esta agua la podemos encontrar en forma líquida en los mares y océanos; un 2,25%, en estado sólido, en los casquetes polares, en los glaciares y en forma de nieve; y una pequeña cantidad se encuentra en la atmósfera en forma de vapor. Sólo un 0,75% es agua dulce, apta para el consumo humano si no está contaminada, que es la de los ríos, lagos y acuíferos subterráneos.

Un ser humano puede subsistir con 2,5 a 5 litros de agua al día. Ahora bien, en las sociedades industrializadas, si sumamos todos los usos, la demanda puede llegar a los 500 l por persona y día. Estas sociedades son también las más exigentes en lo que respecta a la calidad y su creciente demanda reduce cada vez más el tiempo transcurrido entre la eliminación del agua servida y su subsiguiente utilización. El problema es, pues, de calidad y de cantidad.

Históricamente, el agua ha desempeñado un papel muy importante en la salud de las sociedades. Un 80% de las enfermedades del mundo están directa o indirectamente relacionadas con el agua (por inundaciones, sequías, transmisión de epidemias como el cólera y otras enfermedades diarreicas, por ser el hábitat de insectos transmisores de enfermedades como el paludismo, el dengue, la fiebre del Valle del Rift, etc.).

Por el contrario, la introducción de la higiene personal, el saneamiento público y los avances de la microbiología han contribuido en gran medida a la mejora de la calidad de vida y a la salud de las poblaciones.
El agua es, por tanto, un bien precioso y escaso, de tal manera que en 1968 se proclamó en Estrasburgo la Carta Europea del Agua.

En el punto 1 se afirma que Y en el punto 12 se acaba concluyendo que

Fuentes de contaminación del agua

Entendemos por agua contaminada aquella que tiene incorporadas substancias ajenas a su composición natural y/o microorganismos que pueden suponer un riesgo para la población. En este caso, no pueden ser utilizadas para beber, cocinar, regar cultivos ni en la industria alimentaria.

  • Contaminación de origen urbano: es fruto de todas las actividades de la población, que la utiliza fundamentalmente para uso doméstico y comercial, en las pequeñas industrias, en los equipamientos públicos y en los servicios de la vía pública. Por tanto, estas aguas residuales pueden tener una carga biológica o química.
  • Contaminación de origen industrial: dada la gran variedad de los diferentes procesos industriales, las aguas pueden contener carga de origen químico (metales pesados, compuestos diversos...), físico (aumento de la temperatura, radiactividad...) y microbiológico (bacterias, virus, hongos...). A pesar de las leyes de protección ambiental, los vertidos de origen industrial aún suponen un riesgo importante para ríos y lagos o para el mar y, en consecuencia, para la salud humana.
  • Contaminación de origen agrícola: el fuerte incremento del uso de fertilizantes químicos, para aumentar el rendimiento de los cultivos, así como de biocidas de todo tipo, para evitar las plagas y las enfermedades de las plantas ha provocado un grave incremento de la contaminación de las aguas de escorrentía y en las que se filtran.
  • Contaminación de origen ganadero: los purines generados en las explotaciones ganaderas intensivas actuales son un verdadero problema a la hora de eliminarlos por su alto contenido en compuestos nitrogenados, entre otros, así como por su carga microbiológica.
  • Contaminación marina: teniendo en cuenta que las costas están altamente urbanizadas e industrializadas, los vertidos de estas aguas residuales son la principal fuente constante de contaminación de las aguas marinas, pero no la única. El transporte marítimo de pasajeros y de mercaderías es la otra fuente, que ha sido en demasiadas ocasiones el origen de graves catástrofes ecológicas, como los vertidos de petróleo y de otras substancias peligrosas al mar, por accidente o como residuo de la limpieza de los tanques de petroleros en alta mar que, naturalmente, está prohibida.

Tipos de contaminantes

Los contaminantes presentes en el agua pueden ser biológicos, químicos y físicos.
Contaminantes biológicos: son agentes microbiológicos capaces de causar enfermedades infecciosas en el hombre y en los animales. Podemos clasificarlos en:

  • Bacterias: como por ejemplo el Vibrio Cholerae, causante del cólera, enfermedad infecciosa aguda caracterizada por vómitos, evacuaciones líquidas parecidas al agua de arroz, acidosis y calambres musculares. La Salmonella Typhi, causante de la fiebre tifoidea, que cursa con la aparición brusca de fiebre, astenia, exantema en tórax y abdomen, hepatoesplenomegalia, diarrea, y puede producir alteraciones en la consciencia, así como otras salmonelosis, etc.
  • Virus: como por ejemplo el de la hepatitis A, infección de transmisión orofecal, con incubación de 15 a 60 días, que produce fiebre, síntomas de malestar y digestivos inespecíficos e ictericia. Es endémica en la cuenca mediterránea. Enterovirus: producen alteraciones digestivas. Adenovirus: producen afecciones adenoideas y amigdalares. Reovirus: pueden producir alteraciones intestinales y/o respiratorias.
  • Parásitos: como por ejemplo las amebiasis diversas, que pueden provocar un síndrome disentérico y, posteriormente, extenderse y afectar a varias vísceras tales como el hígado, el pulmón, los riñones, el cerebro, etc., y provocan abscesos amébicos. Helmintiasis (por gusanos intestinales) pueden estar en diferentes fases de su ciclo (huevo, larva, adulto, etc.).
  • Hongos: se reproducen por esporas y algunos pueden ser patógenos para el hombre y los animales. Viven en lugares húmedos como por ejemplo las orillas de las piscinas públicas o el suelo de las duchas públicas (pie de atleta).

Contaminantes químicos: son elementos o compuestos químicos presentes en el agua, de diversos orígenes, que pueden ser tóxicos para los humanos, los animales y la flora acuática. La ingestión de agua contaminada no es la única vía de contacto; también puede incorporarse a través de la piel y/o de las mucosas, sobre todo si no están íntegras (heridas, cortes, erosiones...), y por inhalación de vapores o aerosoles.

Las repercusiones para la salud de una determinada sustancia química dependerán de: la forma química, la concentración, la vía por la que entra en contacto con el hombre, las transformaciones sufridas, ya sea por reacción con otras sustancias o por procesos de acumulación en la cadena alimentaria, y la susceptibilidad individual o del grupo.

Los contaminantes más frecuentes son:

Nitratos: la concentración en aguas superficiales suele ser inferior a los 5 mg/l. En aguas subterráneas, puede encontrarse en concentraciones mucho más elevadas. El consumo directo o de preparados alimentarios para lactantes (biberones) a base de aguas con concentraciones elevadas de nitratos puede causar metahemoglobinemia (cianosis por hipoxia).

Fluoruros: Son sales utilizadas en síntesis químicas de muchos procesos industriales que están contenidas en muchos insecticidas, antiparasitarios y rodenticidas. Si bien se consideran esenciales para la prevención de las caries, en altas concentraciones pueden ocasionar fluorosis, que se caracteriza por una pérdida de peso, fragilidad ósea, anuria, astenia, malestar general, rigidez de las articulaciones y decoloración de los dientes en fase de formación.

Mercurio, plomo, cadmio, níquel y otros metales: son altamente tóxicos y en general se acumulan. La enfermedad de Minamata (bahía de Japón) es un cuadro tóxico grave, complejo, con trastornos nerviosos y psíquicos que se debe a la ingestión de mercurio contenido en el mar y/o aguas contaminadas por vertidos de industrias de cloruro de vinilo. El saturnismo es una intoxicación aguda o crónica producida por el plomo o por sus sales, que puede ser muy grave. Podemos encontrar cadmio en el agua por vertidos industriales o a causa de las tuberías de plástico o metal.

Arsénico: la terapéutica arsenical tiene más de 3.000 años, pero también es un veneno muy conocido (es una cuestión de dosis), altamente tóxico, que provoca vómitos, diarrea, degeneración grasa del hígado y debilidad en las extremidades hasta la parálisis.

Selenio: determinadas sales de selenio como el sulfuro de selenio se utilizan como antimicótico tópico en el tratamiento de la tiña, como queratolítico en afecciones del cuero cabelludo (dermatitis seborreica y caspa). A dosis muy elevadas es muy tóxico.

Compuestos organoclorados: son compuestos presentes en los insecticidas y plaguicidas. Los más conocidos son los DDT, el aldrín y el endosulfán. Son liposolubles y tienden a acumularse. Se ha encontrado DDT en la capa de grasa de los pingüinos de la Antártida.

Hidrocarburos: Se han encontrado numerosos hidrocarburos, particularmente benzopireno (potencialmente cancerígeno), en aguas marinas. En aguas dulces la solubilidad es baja, pero puede aumentar en presencia de detergentes aniónicos (tensioactivos). Éstos producen espuma en los ríos y en los tramos turbulentos, y entorpecen los procesos de tratamiento de las aguas residuales y la autodepuración de las corrientes. Desde 1960, los detergentes han de ser biodegradables obligatoriamente.

Contaminación física: la temperatura del agua varía según las estaciones del año, pero si la utilizamos como refrigerante (en centrales térmicas y nucleares) el aumento de la temperatura supone aumentarle la solubilidad y alterar los procesos que allí se desarrollan (en el punto abierto de las torres de refrigeración es donde pueden crecer colonias de legionela, ya que necesitan cierta temperatura).

La radiactividad puede llegar al agua de forma natural (elementos radiactivos de la litosfera), pero sobre todo por la actividad radiactiva que ha desarrollado el hombre.

Tratamiento de las aguas residuales

El gran crecimiento demográfico, la industrialización y la intensificación de la ganadería y la agricultura experimentados en el siglo XX ha sobrepasado con creces la capacidad de autodepuración de las aguas, por lo que tenemos que recurrir a depurarla artificialmente. Hay dos técnicas de depuración del agua, que se realizan en las EDAR (estación de depuración de aguas residuales): la fisicoquímica y/o la biológica.

La fisicoquímica consiste esquemáticamente en: un primer filtrado de sólidos gruesos, un segundo filtrado de materias más pequeñas, un proceso de floculación (con sulfato ferroso o cloruro de alúmina), uno de sedimentación y, finalmente, uno de filtración con lecho de arena y se vierte nuevamente en el río o el mar a través de un emisario submarino a unos kilómetros de la costa.

En el caso de las estaciones de tratamiento de aguas potables (ETAP), después de la filtración, se realiza una precloración para rebajar la carga microbiológica y, en la fase final, el lecho de arena puede ser sustituido por un lecho de carbón activo (con gran poder de absorción) y también se puede llevar a cabo un proceso de oxidación con ozono y la cloración final que la hace apta para su distribución a la red.

La biológica se basa en imitar la autodepuración natural. Básicamente consiste en un filtrado: se pasa el agua a unos embalses en los que hay lodos activos (que contienen bacterias capaces de degradar la materia orgánica) y unos separadores de grasa; después se somete a un proceso de sedimentación y, finalmente, a uno de decantación.

Residuos

Los residuos constituyen un reservorio de microorganismos potencialmente peligrosos y susceptibles de infectar a la población en general, teniendo en cuenta que el suelo tiene una posición clave en el intercambio de materia y energía y que actúa como receptor activo de todos los componentes del aire y del agua.

El ser humano es un factor importante en la alteración de la dinámica del suelo, a partir de la incorporación de residuos vertidos al medio de forma incontrolada como consecuencia del modelo consumista, por el cual ha optado nuestra sociedad, erróneamente considerado el producto de las sociedades del bienestar.

Son muchas las causas del incremento de residuos, lo que convierte el planeta en un gran vertedero, fenómeno preocupante y peligroso porque la eliminación, la transformación y la recuperación de los residuos puede comprometer la calidad de vida de la población e hipotecar el deseado desarrollo sostenible.

Desde este punto de vista, hay que conocer las principales causas del aumento de los residuos urbanos para así intentar modificar las actitudes consumistas, reducir su volumen en origen y fomentar la reutilización, el reciclaje y la valorización de los mismos. Algunas de estas causas son:

  • Las necesidades higienicosanitarias que han provocado un aumento espectacular en el uso de envases y embalajes para evitar el riesgo de contaminación debida a una manipulación y almacenamiento incorrectos.
  • El cambio de hábitos alimentarios, con un incremento del consumo de comida rápida y precocinada.
  • El crecimiento urbano por migración del ámbito rural, acompañado de las demandas de servicios y aumento del consumo.
  • La sociedad consumista, que incorpora prácticas de con el incremento de papel, cristal, plásticos, latas, PVC, etc.

Hoy en día todavía mueren cada año cinco millones de personas a causa de enfermedades relacionadas con los residuos y mil millones de personas no disponen de servicios de recogida de basuras. Esto es especialmente grave en los países en desarrollo y hace que la población sea vulnerable a diferentes microorganismos patógenos a través de la cadena alimentaria o por contacto directo.

Algunas de las enfermedades que pueden contraer los seres humanos son: helmintiasis, salmonelosis, anquilostomiasis, carbunco o ántrax, leptospirosis, tétanos, micosis oportunistas, toxoplasmosis, etc.

Los tipos de residuos generados por las actividades de las personas son varios: urbanos y municipales, industriales, radiactivos, hospitalarios, etc., y su riesgo está relacionado con sus características y con los procesos de transformación. No obstante, desde el punto de vista de la salud pública, hay que prestar atención a las vías de eliminación con el fin de garantizar la total inocuidad de la recogida, el transporte y la eliminación final.

La recogida selectiva
(cristal, papel, plásticos, latas, briks, orgánicos, medicamentos, pilas, fluorescentes, aceites, electrodomésticos) es la vía de recuperación más plausible, ya que disminuye el volumen de residuos municipales, el consumo de energía, agua y materias primas, la emisión de gases, el consumo de abonos químicos, reduce la presión sobre los vertederos y la incineración, evita la presencia de vectores y reservorios (roedores, pulgas, artrópodos), y aporta beneficios sociales para la creación de puestos de trabajo en la industria del reciclaje.

En cuanto a las diferentes alternativas en la eliminación de los residuos, tenemos:

  • Los vertederos controlados: presentan varias dificultades, como encontrar nuevos espacios para su ubicación a precios asequibles que geológicamente sean adecuados y bien aceptados por la vecindad.
  • La incineración es una forma de eliminación parcial, no exenta de riesgos para la salud pública, que emite a la atmósfera sustancias potencialmente cancerígenas como las dioxinas. Una fracción importante de los residuos hospitalarios contiene cloro, elemento que no se destruye y que forma ácido clorhídrico y puede contaminar la atmósfera.
  • Confinamiento en cuevas y piscinas: los residuos radiactivos, especialmente los generados por las centrales nucleares, son gestionados por la empresa ENRESA. Los riesgos de esta técnica de eliminación son difíciles de valorar, ya que se desconocen con exactitud las afectaciones a largo plazo, puesto que se trata de partículas con una vida media muy larga.

El ruido como contaminante:

El sonido es la sensación que percibe el aparato auditivo de los animales debida al movimiento perturbador de la presión y de la densidad del medio material que nos rodea (gaseoso, líquido y/o sólido), provocado por una vibración que se propaga en forma de onda sonora.
Hay dos características del sonido que nos interesan especialmente:

1. La intensidad sería la medida de la fuerza de la vibración o presión acústica y de la alteración que produce en el aire. Se mide con una unidad apropiada que es el dB (decibelio). La escala de medición es logarítmica, no aritmética, lo que quiere decir que un aumento de 3 dB equivale a doblar la intensidad sonora que percibimos. La legislación española señala como nivel máximo permisible los 85 dB para 8 horas de trabajo, y en los casos en que se superen se deberán adoptar medidas para disminuirlo.
El umbral de la audición humana (para un individuo joven) es a partir del 0, y el umbral de dolor está en los 125 dB.

2. La frecuencia es el número de vibraciones o ciclos que se producen por segundo. Es lo que denominamos tono: va desde las frecuencias bajas que corresponden a los tonos graves hasta las altas frecuencias de los agudos. Se miden en Hz (hercios). El oído humano (del individuo joven medio) oye sonidos graves desde los 20 Hz (por debajo de estos existen los infrasonidos) hasta sonidos agudos de 20.000Hz (per encima de estos existen los ultrasonidos).

El sonido es una de las principales formas de comunicación entre los animales y, por tanto, entre los seres humanos. Sin embargo, se convierte en ruido cuando lo percibimos como una sensación de molestia, que produce irritación, rechazo o incluso dolor. Esta percepción desagradable puede ser subjetiva, individual o cultural, y objetiva, entendida como la alteración de la fisiología y del comportamiento, observable y/o medible.

Desde el punto de vista de la salud pública, la exposición continuada al ruido, tanto en el trabajo como fuera de él, ha ido adquiriendo tanta importancia que, en 1974, se convocó en Washington un Congreso Internacional sobre el Ruido como Problema de Salud Pública. Dos años antes, en 1972, en la Cumbre de Medio Ambiente convocada por las Naciones Unidas en Estocolmo, fue reconocido como contaminante de primera magnitud. La OMS estima que hay 120 millones de personas en el mundo que tienen dificultades auditivas invalidantes.

El ruido forma parte de la mayoría de las actividades de la vida urbana actual y pretérita. En la Roma clásica, así como más tarde en las ciudades medievales, existían normas que regulaban el tránsito de carruajes y actividades laborales que producían molestias a los ciudadanos.

Con la industrialización, las fuentes de contaminación acústica han aumentado en cantidad y variedad. Las principales son: el transporte de personas y mercancías, tanto en los países desarrollados como en las grandes ciudades de los países en desarrollo (coches, motos, autobuses, autocares, camiones, trenes convencionales y de alta velocidad, aviones), la industria (maquinaria en funcionamiento), el sector de la construcción y las obras públicas, las instalaciones de ocio (bares, discotecas, restaurantes al aire libre, etc.), los ruidos en el hogar (electrodomésticos, radio, TV, cadenas de música, aire acondicionado, ascensores, etc.) y en las oficinas (impresoras, fotocopiadoras, máquinas de bebidas, etc.).

Efectos perniciosos del ruido:

El ruido no sólo es una molestia, sino un riesgo para la salud. Sus efectos podríamos dividirlos en:

a) efectos específicos sobre el aparato auditivo
b) efectos sobre la fisiología o funcionamiento del resto del organismo
c) efectos sobre el comportamiento y las actividades.
a)

  • La exposición continuada (8 horas de trabajo) a ruidos superiores a los 85 - 90 dB constituye un riesgo importante de sordera profesional, en general bilateral e irreversible, en las bandas de frecuencia de estos ruidos.

  • La exposición ocasional a ruidos de diversas frecuencias y de alta intensidad (95-100 dB), como la música de discoteca, produce lo que se denomina fatiga auditiva. Provoca una pérdida de la capacidad auditiva temporal. El tiempo de recuperación es directamente proporcional al tiempo de exposición.

  • La exposición a un ruido repentino o de impacto de corta duración (disparo de pistola, petardo, golpe de martillo, explosión de una bomba, explosión de una bombona de butano, etc.), si es bastante intenso, y si el individuo afectado está cerca de la fuente, puede llegar a producir un trauma acústico con sordera total por afectación de los mecanismos de percepción de la vibración y de transmisión del impulso nervioso, más o menos reversible.


b) La exposición continuada al ruido puede originar en el sistema cardiocirculatorio hipertensión arterial o cardiopatía isquémica. En el aparato respiratorio puede producir apnea, cuando el ruido es repentino, o taquipnea (aumento de la frecuencia respiratoria) cuando es continuo. Sobre el aparato digestivo, las manifestaciones pueden ser: disminución de la secreción salival, vulnerabilidad a las úlceras gástricas, disminución del peristaltismo intestinal, digestiones más lentas y pesadas, náuseas e incluso vómitos. En el sistema endocrino, puede aumentar la secreción de cortisona y de adrenalina. Ésta tiene un interés especial en las embarazadas, ya que podría ocasionar una disminución de la irrigación uteroplacentaria, con incremento de la frecuencia cardíaca del feto. También se ha descrito la posibilidad de un aumento de la glucemia.
En lo referente al sistema nervioso central, el ruido puede afectar al sueño a través de estados de insomnio, ansiedad, irritabilidad y disminución de la capacidad de concentración.

También se han observado:

  • alteraciones visuales por disminución del campo visual y dificultades en la distinción de los colores y disminución de la visión nocturna, que pueden representar un riesgo en la conducción de automóviles;
  • alteraciones del equilibrio por síndrome vertiginoso;
  • aumento de la tensión muscular;