Johannesburgo,
¿y ahora qué?
Domingo Jiménez
Beltrán
Ex director de la Agencia Europea de Medio Ambiente, actualmente consejero
en los Servicios de la Comisión Europea,
La tercera cumbre
de Naciones Unidas dedicada al medio ambiente debe analizarse en el contexto
internacional durante los últimos treinta años y también
en el marco de la política comunitaria ambiental y la evolución
del concepto de desarrollo sostenible. En estas décadas el medio
ambiente ha pasado de ser algo marginal y de tintes románticos
ansiados tras la industrialización acelerada que sucedió
a la Segunda Guerra Mundial, particularmente en Europa, a convertirse
en un aspecto importante de la agenda política internacional. Johannesburgo
ha supuesto otro paso adelante en este proceso.
La primera cumbre
organizada por Naciones Unidas sobre medio ambiente, la de Estocolmo,
en 1972 se acuñó como la del . El objetivo fue superar la
idea, entonces imperante, de que el medio ambiente era una carga o limitación
para el desarrollo, y fue un factor determinante en el alumbramiento de
la política comunitaria de medio ambiente que se inició
con la Cumbre Europea de París ese mismo año y sin la cual
no se puede concebir la construcción de la Europa comunitaria.
A partir de esta fecha de 1972 no pueden entenderse los dos procesos separadamente,
el global, o de las cumbres de Naciones Unidas, y el comunitario o del
avance en las políticas ambiental y para el desarrollo sostenible.
La Cumbre de Río,
en 1992, fue la mayor concentración jamás vista de jefes
de Estado y de Gobierno (más de 140); nadie quiso perdérsela,
por si las moscas, desde el presidente Bush, padre, hasta Fidel Castro,
que pronunció un apasionado y aplaudido discurso antropocéntrico
de menos de dos minutos, y ciertamente el presidente González,
que prometió que España triplicaría en la próxima
década (ya terminada) el volumen de ayuda al desarrollo (¡vivir
para ver!), todos estuvieron allí para discursear sobre desarrollo
y medio ambiente.
La Cumbre de Río,
celebrada cinco años después de la publicación del
informe de la llamada Comisión Brundtland (por el nombre de la
ex primera ministra noruega que la presidía) de Naciones Unidas,
El futuro en nuestras manos, que introdujo el concepto de desarrollo sostenible
(), se presentó como la Cumbre del desarrollo y el medio ambiente
con la aspiración de integrarlos. Y ahora la Cumbre de Johannesburgo
se ha calificado, sin rubor, como la del desarrollo sostenible.
Sin entrar todavía
en los resultados específicos de la Cumbre celebrada en Johannesburgo
entre el 24 de agosto y el 4 de septiembre, y si no estuviéramos
sumidos en la denominada sociedad de la información, la del cambio
tecnológico y del consumo acelerado, poco dada a relativizar el
progreso, podríamos concluir que la situación previa a la
Cumbre no estaba mal, al haber pasado, al menos en términos conceptuales,
en sólo 30 años, y en materia de medio ambiente, de ser
una limitación para el desarrollo, a ser algo que hay que integrar
en el desarrollo y, finalmente, a poder devenir el sistema, o desarrollo
en sí mismo, con la introducción del concepto de desarrollo
sostenible, que ha dado, además, un contenido de futuro a la política
ambiental al encastrarla, sin desvirtuarla, en el núcleo de dicho
modelo de desarrollo.
Como salto cualitativo
no estaría mal, aunque sólo fuera desde el punto de vista
intencional y aunque la aspiración final sería la de un
avance real en el proceso hacia un desarrollo más sostenible.
¿Qué
es esto del desarrollo sostenible en términos prácticos?
¿Cómo se está aplicando en la UE? ¿Qué
tiene que ver conmigo como ciudadano y consumidor? Sobre todo, ¿qué
ha aportado en la práctica la Cumbre de Johannesburgo al progreso
hacia un desarrollo de futuro, o más sostenible que el actual?
Y, finalmente, ¿cuáles son los mayores desafíos pendientes
para consolidar este marco conceptual e instrumental a escala comunitaria
que permita crear las condiciones que hagan posible el cambio hacia un
desarrollo más sostenible?
El concepto
y su interpretación práctica
Del concepto de desarrollo
sostenible se han dado y siguen dando variadas interpretaciones a partir
de la original, y muy pocas la mejoran, aunque en su mayoría la
matizan adaptándola a los intereses de los colectivos que la instrumentalizan.
Para las mentalidades
más economistas consistiría en , o sea, ; para los empresarios
sería o cómo adaptar el negocio a las condiciones del entorno
para continuar haciendo más negocios aunque distintos.
Y para la mayoría
de los mortales, aunque fuera como entonación, podría ser
el , y para ello usar con eficacia y eficiencia los recursos accesibles
de todo tipo. Lo que se ha traducido en ese paradigma tan impactante del
inicialmente , o cómo desarrollarse el doble con la mitad de los
recursos, luego , que intentaría resolver las disparidades Norte-Sur
al permitir al Norte desarrollarse el doble también, pero con la
quinta parte de los recursos y al Sur multiplicar por diez o hasta por
veinte su desarrollo, en el mismo período y con sólo el
doble de los recursos actuales, con lo que se reduciría la desigual
distribución actual, con menos del 20% de la población usando
más del 80% de los recursos totales.
Es curioso que estos paradigmas, que sonaban utópicos fuera del
cenáculo de ecologistas o ambientalistas hace tan sólo cinco
o seis años, han entrado no sólo en las administraciones,
sino también, y sobre todo, en los círculos empresariales
no especuladores, y con más fuerza después de los recientes
escándalos financieros y de gestión. Estos problemas están
impulsando la famosa Tripple Bottom Line que atiende y entiende las dimensiones
económica, social y ambiental del negocio sostenible o perdurable,
y que haría impensables los llamados por Greenpeace que destrozan
el tercer mundo.
En términos
prácticos, el desarrollo sostenible consiste en usar más
eficaz y equitativamente los recursos disponibles o desacoplar el desarrollo
socioeconómico del uso y la degradación de los recursos,
y de la pérdida de calidad ambiental.
No es más que
vivir mejor de verdad, en términos de mejora de calidad de vida
y de satisfacción de nuestras necesidades reales, no impuestas
o creadas, que es lo que conduce a una alienación y una frustración
crecientes. Y hacerlo produciendo menos residuos, incorporando menos contaminantes
a la atmósfera, al agua y a nuestra cadena alimentaria (para que
el aire que respiramos, el agua que bebemos, y los alimentos que consumimos,
sean más saludables y no sólo menos contaminados); consumiendo
menos recursos no renovables o limitados (como los combustibles fósiles,
formados durante millones de años, pero también el suelo,
las costas...) y menos recursos renovables cuya renovación depende
de un uso limitado (como el agua, los bosques...), y sin afectar a los
procesos básicos de funcionamiento del planeta (como el clima,
la capa de ozono, los ciclos de los nutrientes...).
Oiga, ¿y quien no quiere esto? Pues parece que todos queremos,
pero no necesariamente ahora y no precisamente yo, sino que empiecen otros,
y que el que venga detrás que arree, porque como citaba Groucho
Marx en una de sus películas Es quizás, en esta percepción
del concepto como de mera solidaridad con el futuro donde puede que radique
la barrera para la puesta en práctica de este paradigma que, en
cualquier caso, parece ineludible. Como me apuntaba recientemente un conocido
político progresista español , y más especialmente
a los hacedores finales, los consumidores y las corporaciones locales
y los empresarios como responsables finales de los cambios en los modelos
de consumo y producción.
Y es aquí,
en esta diatriba, en cómo traducir el concepto del desarrollo sostenible
en algo también concreto e inmediato, en lo que las experiencias
recientes a escala comunitaria sean de interés, tanto por las acciones
iniciadas como por las carencias evidentes, y son trasladables al ámbito
global cuando intentamos analizar las perspectivas en este momento, con
la Cumbre de Johannesburgo todavía reciente y esperando que la
hagamos buena en la práctica, especialmente a escala comunitaria,
para que no pase como con Río.
Si hacemos abstracción
de lo que ha ocurrido desde el 11 de septiembre, no cabe duda de que,
tanto en un plano mundial como sobre todo dentro de la UE, se han producido
cambios conceptuales y perceptivos importantes en lo que se refiere al
medio ambiente y especialmente a su integración en el desarrollo
como parte del término desarrollo sostenible. Y es en la puesta
en práctica de este proceso en lo que fallamos. No estuvimos a
la altura de los acuerdos de Río y la cuestión ahora sigue
siendo no sólo el análisis de los acuerdos de Johannesburgo,
sino si en cualquier caso los haremos buenos o incluso si los mejoraremos
en la práctica, en particular en la UE.
La construcción de una estrategia en la UE
A escala comunitaria,
ha habido en los últimos cuatro años, obviando el paréntesis
de la presidencia española (también afectada por las proximidades
del 11 de septiembre) una serie de desarrollos que yo llamaría
convergentes y que empujaron al lanzamiento en junio de 2001, en la Cumbre
Europea de Gotemburgo, de una Estrategia comunitaria para el desarrollo
sostenible, con sus principios y objetivos concretos, algunos ambiciosos
y algunos superados por Johannesburgo, como veremos. Esta estrategia unida
a la llamada Agenda Socioeconómica de Lisboa, significa un serio
compromiso político al máximo nivel (jefes de Estado y de
Gobierno) para abordar conjuntamente e indisolublemente las tres dimensiones
de un verdadero desarrollo, la social, la económica y la ambiental,
o sea el desarrollo sostenible.

Y lo que es más importante, los jefes de Estado y de Gobierno han
obligado a revisar los progresos en general y en las políticas
concernidas en particular (en agricultura, energía, transporte...
dentro del proceso integrador llamado de Cardiff, por la Cumbre en la
que se aprobó en 1998) sobre la base de un paquete amplio de indicadores
, que conformarían el llamado anual que se discutiría en
cada cumbre de primavera. La primera, la de Barcelona, que fue quizás
fallida por aquello de primeriza pero también posiblemente por
la baja prioridad otorgada por la presidencia al tema.
Y las referencias
generales suscitadas en Río, en particular la Agenda 21 y la Declaración
fueron el asidero que ha permitido que progresase el concepto de , concepto
en un principio vejado o ridiculizado como teorizante y de extracción
ecologista, pero que finalmente, como vemos, se ha impuesto en la UE.

Primero formalmente:
al establecerse como objetivo de la UE ya en el Tratado de Amsterdam,
y ante el cual las políticas del mercado único, económicas
y de la propia Unión Monetaria serían instrumentales.
Segundo políticamente: al poner en marcha, en la Cumbre de Gotemburgo,
en junio de 2001, una verdadera estrategia comunitaria para el desarrollo
sostenible, o mejor dicho para el desarrollo más sostenible.
Tercero prácticamente:
al haber asumido el propio Consejo Europeo, la máxima instancia
comunitaria, la ejecución de la estrategia, con revisiones anuales
en cada cumbre de primavera, sobre la base de los llamados Informes de
síntesis que, con unos 40 indicadores que cubren las dimensiones
sociales, económicas y ambientales del desarrollo sostenible o
simplemente del desarrollo deseable, se pretende sean un baremo del verdadero
progreso en la consecución de una mayor calidad de vida y para
todos (principio de equidad) con un menor uso y degradación de
los recursos naturales (principios de efectividad y eficacia).
Y a esta introducción
práctica del concepto ha contribuido decisivamente el hecho de
que muchos grupos activos de la sociedad civil, como los colectivos locales
y las asociaciones empresariales más avanzadas, que pueden identificarse
como los (doers) ya que son los que finalmente ejecutan las políticas,
han tomado el como un útil de programación y de gestión
a medio plazo; los municipios, a través de la Agenda Local 21,
han propiciado incluso una competitividad entre ciudades; y las empresas
con la referencia a Tripple Bottom Line, o a la triple dimensión
social, económica y ambiental de un negocio que aspira a ser duradero
o sostenible, ya han conseguido que las que entran en el Índice
Dow Jones de la Sostenibilidad hayan dado más beneficios en bolsa
que el resto.
La UE en posición
aventajada
¿Y cuáles
son estas circunstancias convergentes que crean la línea argumental
o la lógica de una intervención comunitaria en este tema?
Resultan de interés tanto en el ámbito de los Estados miembros
como en el comunitario, y posiblemente en el global, pues sirvieron de
fundamento a un cierto liderazgo de la UE en Johannesburgo, aunque sólo
fuera este caso para salvar los muebles. Y pueden conformar asimismo la
base para que la UE hacia un desarrollo más sostenible, para que
legitime así sus propuestas de futuro y para que cree un efecto
de arrastre global que alcance incluso a EEUU.
1-La Agencia Europea
de Medio Ambiente ha mostrado continuamente, desde su primer informe en
1995 que, a pesar del éxito incuestionable de la Política
Ambiental Comunitaria (ningún país, ni siquiera Dinamarca,
lo hubiera hecho mejor fuera de la UE) no se producía una mejora
suficiente y generalizada de la calidad ambiental. Esto sólo se
conseguiría mediante cambios en las políticas económicas
y sectoriales, que debían ser en cualquier caso revisadas, ya que
su evolución no sólo no era admisible, o insostenible, ni
sólo en términos ambientales sino incluso en términos
socioeconómicos. Su expansión incontrolada y no integrada
en el resto del contexto socioeconómico hacía peligrar sus
propios objetivos al erosionar las bases que los sustentan y además
conculcar las otras políticas afines (mucho tráfico colapsa
el tráfico y reduce la accesibilidad y la movilidad, mucho turismo
destruye el turismo y su calidad, el crecimiento abusivo de la demanda
energética genera apagones y restricciones críticas...).
La referencia a la sostenibilidad consolida las propias finalidades socioeconómicas
de las políticas económicas y sectoriales.
2-El ejercicio de
análisis y revisión de las políticas económicas
y sectoriales, realizado dentro del proceso de integración o de
Cardiff para analizar cómo respondían o si eran coherentes
con la política ambiental, y ahora, más recientemente, con
el objetivo del desarrollo sostenible (artículos 2 y 6 del Tratado),
mostró algo interesantísimo. Y es que dichas políticas
eran además incoherentes entre ellas, o lo que es lo mismo, la
política de transporte conculcaba la energética (el aumento
de la dependencia energética de inseguridad en el suministro, se
debe básicamente al incremento insostenible en el tráfico
y el transporte rodado, muy superior al de la economía) y lo mismo
hacían muchas prácticas agrícolas intensivas. La
referencia a la sostenibilidad permite potenciar las sinergias entre las
distintas políticas creando objetivos comunes, compartidos o, en
cualquier caso, convergentes.
3-La idea básica
a escala comunitaria sería no sólo hacer más política
(y no sólo más mercado como proclama EEUU) sino especialmente
establecer nuevas formas de hacer política siguiendo los principios
de la llamada gobernabilidad, que incluyen, junto a los instrumentales
de transparencia, control y participación pública, los de
eficacia y coherencia y que se traducen en la potenciación de los
mecanismos señalados de revisión anual abierta del progreso
en todas las políticas económicas y sectoriales con reconducción
de las mismas para acercarse a los objetivos a medio y largo plazo acordados
en la estrategia para el desarrollo sostenible (y su dimensión
externa o de participación en la sostenibilidad global) y en la
Agenda socioeconómica.
En consecuencia, el
paradigma del desarrollo sostenible a escala comunitaria se identifica
como un concepto operativo de aplicación inmediata: perfeccionar
ahora, a corto y medio plazo, y no sólo en el futuro, la situación,
podríamos decir, de solidaridad con el presente o con nosotros
mismos. O de puro egoísmo bien entendido y que respondería
al desafío lanzado por el presidente Prodi de hacer de la UE la
economía más competitiva, basada en el conocimiento. Pues
eso y no más es el desarrollo sostenible, un desarrollo basado
en el conocimiento y no en la ignorancia en cuanto a sus consecuencias
incluso inmediatas y de corte socioeconómico, y no sólo
ambiental.

Con esta línea
argumental la UE ha estado progresando desde diciembre de 1997, que fue
cuando el primer ministro sueco Goran Persson propuso que se estableciesen
mecanismos para la revisión de todas las políticas comunitarias
en clave de integración y/o de sostenibilidad. Y se ha ido progresando
a un ritmo lento pero seguro en las distintas cumbres europeas. Sobre
todo se fueron creando expectativas entre la sociedad civil y las ONG
más activas a escala comunitaria, aunque se vieron algo frustradas
durante, precisamente, el período clave para la preparación
de Johannesburgo, que fue el primer semestre de este año, durante
la presidencia española, que no figuró entre las prioridades
influenciadas también, posiblemente, por los efectos del 11 de
septiembre que afectaron a la agenda política.
Lo que sigue es un
análisis con perspectiva de futuro, aprovechando e intentando hacer
buenos los quizás pingües resultados de Johannesburgo, ordenados
con una idea básica que es la que puede dar sentido de dirección
a la UE: la de que la UE muestre el camino a los países desarrollados,
con un sentido también oportunista o de captación de los
beneficios que se deriven de esta acción pionera y necesario recurso
de innovación. Y sobre todo que se legitime en el ámbito
global para liderar una globalización más sostenible
El distinto
contexto de Johannesburgo
Para calibrar Johannesburgo no hay que olvidar que el patrón es
distinto que el de Río, tanto por la situación geopolítica
como por el contexto o marco ambiental multilateral. A Río se llegó
en una situación de euforia económica y política,
de , con progreso económico, la caída del muro de Berlín
y la apertura al Este, con una globalización esperanzadora y beneficiosa
para todos, mientras que a Johannesburgo, en parte como secuela del 11
de septiembre, se llega con una situación de , con un reconocimiento
continuado de las diferencias Norte-Sur, crecimiento imparable de la forzada
inmigración y el desánimo en la erradicación de la
pobreza, el terrorismo en alza, la globalización beneficiando a
los de siempre.
Y, además,
en Río todo estaba por hacer en materia de multilateralismo en
medio ambiente, y allí había tres grandes convenios sobre
la mesa y jugosas propuestas en términos conceptuales y de principios
contenidos en la Declaración y la Agenda 21, y que para Johannesburgo
parecía agua pasada pero de hecho estaban sin poner en práctica.
Y no hay que olvidar
la situación inmediatamente antes de la Cumbre, tanto en el ámbito
de la UE como en el global, que se plasmó en la última reunión
preparatoria de la Cumbre en Bali, a la cual se llegó esperando
un milagro que no se produjo, y en la que aparte de confirmarse que los
temas que más preocupaban a los países en desarrollo, o
G77, los de acceso a los mercados y financiación del desarrollo,
se consideraban ya cerrados, lo que se hizo fue confirmar algunos objetivos
concretos referentes a la prioridad acordada a los temas de abastecimiento
de agua potable y saneamiento urbano y el acceso a la energía.
Se recalcó también la necesidad de progresar hacia nuevos
modelos de producción y consumo dejando la Agenda completamente
abierta en el resto de los temas.
Y a escala comunitaria
tampoco se produjo ningún milagro en la Cumbre Europea de Sevilla,
que era la última oportunidad después del parón que
se produjo en la Cumbre de Barcelona, después de cuatro años
de progresos en el desarrollo de una estrategia comunitaria que hubiera
tenido su clímax en Barcelona como resultado del empuje final dado
en Gotemburgo (que finalmente dio nombre a la estrategia). Aunque en Sevilla
se confirmaron las ambiciones de la UE, también se confirmó
que los acuerdos tanto de Doha como de Monterrey no se reabrirían
pero que se exigiría su cumplimiento. Incluso se les citó
como base para el famoso Acuerdo Global o Global Deal, que tantas esperanzas
había suscitado antes del 11 de septiembre, y se hizo hincapié
en la necesidad de una Agenda positiva para la globalización y
en el reforzamiento de la gobernabilidad en el ámbito nacional
y en las prioridades específicas acordadas en Bali (agua, saneamiento,
energía) a las que se sumaba la Salud y la Iniciativa para África,
insistiendo en la necesidad de traducir las prioridades a objetivos y
calendarios concretos.
En resumen, llegamos a Johannesburgo con mayores desafíos, pero
al mismo tiempo con menores expectativas, capacidades y preparación
y además con toda la carga del 11 de septiembre Y, por si esto
fuera poco, los grandes temas para los países desarrollados, o
para el G77, como son el acceso al mercado y la financiación del
desarrollo, se consideraban ya cerrados, para muchos del G77 en falso,
en las conferencias previas de Doha y Monterrey respectivamente. Finalmente,
frente al empuje en multilateralismo o cooperación global ambiental
de Río, a Johannesburgo se llegó con prácticamente
sólo la Unión Europea apostando fuerte en este sentido,
con el bagaje de Kioto, y apostando por acuerdos y compromisos concretos
en el tiempo, incluso en áreas, como la energética, en las
que la UE no estaba legitimada por un progreso práctico.
Así que, en contra de lo que se ha dicho de que quizás las
expectativas de Johannesburgo eran demasiado elevadas, la realidad es
que eran demasiado bajas y por eso sus resultados hay que tomarlos en
cualquier caso como unos resultados de mínimos y, por tanto, cumplirlos
a rajatabla y construir o avanzar en lo posible sobre los mismos.
En Johannesburgo se esperaba, en consecuencia: una presencia elevada de
jefes de Estado. La aprobación de un Plan de Acción, con
acciones concretas, responsabilidad de los Gobiernos (tipo I) y fechas
para su cumplimiento, para ir algo más allá de Río.
E incluyendo lo que finalmente se llamó las cinco prioridades de
Kofi Annan.
¿Qué
se ha conseguido prácticamente en Johannesburgo?
Aunque ya se comprobó
con la Cumbre de Río, que fue un éxito en sí misma,
en cuanto dio un salto cualitativo a la Agenda política, que no
hicimos buena en su cumplimiento, el valor de Johannesburgo se demostrará
en nuestra capacidad para hacer bueno o no lo poco o lo mucho que allí
se ha conseguido. Por eso el análisis que sigue es desde el doble
punto de vista de los resultados conseguidos en cuanto a cómo ha
afectado a la Agenda política, en particular de la UE, y en segundo
lugar de las perspectivas para que esta vez sí, seamos consecuentes
y en lugar de plantear los resultados de la Cumbre como un techo o una
aspiración máxima, que es lo que se hizo con Río,
lo planteemos como una base sobre la que construir o como el mínimo
común denominador de nuestras aspiraciones.

En Johannesburgo se
consiguió:
Una Declaración
en la que se confirman los Principios de Río, algunos de los cuales
hay que repetir por su gran vigencia y difícil respeto. Por ejemplo
los de responsabilidad global compartida pero diferenciada (base para
obligaciones distintas de los países en el Protocolo de Kioto);
los de prevención y de precaución y cautela (básicos
para la intervención diferenciada en el mercado de la UE y EEUU,
ya que la UE aplica el principio que permite tomar medidas sin evidencia
total cuando los riesgos son graves); los de internalización de
costes (base para los llamados precios justos). Y además, consolida
como requisito esencial los cambios en los Modelos de producción
y consumo, y aboga por la reconstrucción de la solidaridad humana,
por la erradicación de las condiciones más insostenibles,
como la hambruna, y por el establecimiento de políticas a medio
plazo que permitan la participación en la formulación y
la ejecución de políticas y en las tomas de decisiones en
general, siempre acompañadas de mecanismos de vigilancia y evaluación
para asegurar el control público y el rendimiento de cuentas político.
Y algo innovador después de los escandallos corporativos reciente
aboga por reforzar la responsabilidad corporativa.
Un Plan de Acción
que incluye algunas obligaciones de resultados, en cuanto a objetivos
concretos a alcanzar en plazos determinados, o solamente tendenciales
o de mejora deseable, pero también recoge obligaciones de medios
que se consideran imprescindibles o elementos condicionantes para progresar.
Entre los objetivos concretos hay que destacar: reducir a la mitad antes
del 2015 la población que no tiene acceso a agua potable y a un
saneamiento básico lo cual implica la ambiciosa tarea de dar este
servicio a unos 1.500 millones adicionales de seres humanos con trabajos
ingentes y casi imposibles en grandes conurbaciones. Recuperar las pesquerías
o los stocks pesqueros a un nivel sostenible antes del 2015, y cuya envergadura
puede imaginarse con sólo saber que en las zonas cercanas a la
UE los porcentajes que han superado el llamado el llamado , que superan
el 70% en todos nuestros mares. Minimizar los riesgos por sustancias químicas
antes del 2020, también una ingente tarea a tenor de la situación
general del control de las sustancias químicas producidas y utilizadas
con sólo una parte de las mismas evaluadas y pocas verdaderamente
controladas en las condiciones finales. Y finalmente detener las pérdidas
de biodiversidad, o sea, que no continúe la degradación
de nuestros ecosistemas antes del 2010, con las implicaciones que esto
tiene al exigir que la pesca, la agricultura y las explotaciones forestales
y mineras, los desarrollos costeros y las urbanizaciones, los planes hidrológicos
y de infraestructuras, y todas nuestras actuaciones territoriales en general
no continúen mermando nuestra fauna y nuestra flora y la funcionalidad
de nuestros ecosistemas, o cómo construir nuestras infraestructuras
sin destruir las muy valiosas, también socioeconómicamente,
infraestructuras naturales.
Entre los objetivos
cualitativos o tendenciales figuran: un incremento urgente y sustancial
(no se aceptó el objetivo concreto del 15% propugnado por la UE)
en la contribución de energías de fuentes renovables y la
promoción de mercados para productos ecológicos o provenientes
de la agricultura ecológica, de gran interés para los países
en desarrollo.
Entre las obligaciones
de medios se retoman algunas de la Declaración del Milenio, del
año 2000, como es la de disponer de Estrategias Nacionales Operativas
para el desarrollo sostenible antes del 2005. En el caso de la UE ya existe,
más o menos, pero en el caso de la mitad de los Estados miembros,
que debían haberla ultimado antes de Johannesburgo, entre ellos
falta España, haciendo especial mención, por ser la pieza
clave de esta estrategia y la más difícil, al desarrollo
obligado de un esquema marco a 10 años de Programas para la Producción
y Consumo Sostenibles, obligación que ya se había autoimpuesto
la UE antes de ir a Johannesburgo.

Hubo también
otros logros no objetivables, como el de impulsar y acercarnos a la ratificación
del Protocolo de Kioto al conseguir que Rusia y Japón no volvieran
sobre sus pasos, el establecimiento de una coalición liderada por
la UE para el progreso en las energías renovables y el establecimiento
de hasta un total de 200 partenariados, o cooperaciones voluntarias, entre
las que figura la relativa al agua, de la UE con los NEI (y otros) que
aúnan esfuerzos voluntarios (acciones tipo II) entre gobiernos,
empresas, ONG y otros agentes de la sociedad civil.
Y no hay que olvidar
que, aunque a Johannesburgo se llegó con menores ambiciones que
a Río en 1992 y, aunque no acudieron muchos de los mandatarios
que si fueron a Río, como el presidente de EEUU y el presidente
de España, allí se concentraron casi 65.000 personas y fue
un magno acontecimiento que parece que sólo el medio ambiente es
capaz de convocar, y en el que al menos se consiguió una Declaración
Política que recupera el espíritu de Río y sobre
todo se estableció un Plan con algunos objetivos y un calendario
intentando reconducir la globalización, por ahora meramente mercantilista,
haciéndola algo más sostenible, para que contribuya a una
mayor o suficiente calidad de vida para todos ahora y en el futuro, y
en el que al menos se pretendería dar respuesta a las cinco prioridades
de Kofi Annan, propiciadas por la UE: agua, salud, energía, agricultura
y biodiversidad. Y se hará buscando un adecuado equilibrio entre
las llamadas acciones tipo 1 que comprometen a los Estados y que propugnaba
la UE, y las de tipo 2, con participación del sector privado y
de la sociedad civil y más voluntaristas, que son las únicas
que parecía querer EEUU.
Evaluaciones
para todos los gustos
Está claro
que los resultados concretos, partiendo de la base de las bajas expectativas,
no fueron mucho menos de lo esperado. Sin embargo, hay que admitir que
la Cumbre, a tenor de las evaluaciones realizadas, es posible que estuviera
a la baja altura de las circunstancias, pero desde luego, no estuvo a
la altura de los grandes desafíos mencionados.
Las lecturas son variopintas
y para todos los gustos, no siempre equidistantes y su análisis
como siempre nos permite hacer una lectura provechosa para la proyección
de los resultados hacia el futuro y para hacer bueno o consolidar lo conseguido
y especialmente para construir sobre ello.
Para el presidente Prodi, Johannesburgo no desdijo la necesidad de tener
estas cumbres, aunque al mismo tiempo el WWF la calificara en una interpretación
libre de la WSSD de World Summit of Shameful Deals, o Cumbre de los Acuerdos
Vergonzantes.
Para la directora
general de Medio Ambiente de la Comisión Europea fue una muestra
de que el multilateralismo funciona, mientras que para WWF fue la prueba
de que no funcionan los procesos intergubernamentales.
Para el presidente
Prodi, en Johannesburgo se deterioró aún más la imagen
del mundo desarrollado (incluyendo la UE, y no sólo EEUU). Además,
ha señalado con rotundidad que no funciona el planteamiento del
mercado como instrumento de ayuda al desarrollo (o la ayuda como resultado
del mercado), sino que deben ir unidos (¡o la ayuda al desarrollo
como objetivo en sí mismo!). en palabras textuales de Prodi, quien
ha llegado a afirmar como razón del fracaso de la propuesta de
la UE sobre el objetivo de alcanzar el 15% para la contribución
de las energías renovables, el hecho a todas luces cierto de que
la UE (con su tímido 6% de cuota) no estaba legitimada para forzar
dicho acuerdo, como tampoco lo estaba, según Prodi, en el tema
de los subsidios en agricultura, tan penalizadores para la agricultura
del tercer mundo.
Para gran parte del
estamento político, el desarrollo sostenible se ha consolidado
en la Agenda política, en palabras de P. Cox, presidente del Parlamento
Europeo, quien al mismo tiempo incidía en la brecha creciente entre
las aspiraciones de la agenda política y la capacidad política
para actuar y sobre todo para tomar los resultados de la Cumbre como una
base de partida y no como un techo de nuestras aspiraciones. Aseveraciones
que ha confirmado con extrema dureza el presidente del Consejo Mundial
de Empresas para el Desarrollo Sostenible, Bjorn Stigson, al repetir varias
veces que el desafío no es técnico, sino político
y de falta de capacidad institucional, ¡lo cual es fuerte!
Y hay también
bastante coincidencia en el enfoque reforzado en Producción y Consumo
Sostenibles en el proceso político, que implica como condición
ineludible que el mercado empiece a funcionar para el desarrollo (sostenible)
y no al revés, según apreciación compartida por el
ministro de Medio Ambiente danés C. Schmidt, y por el Buró
Europeo de Medio Ambiente (J. Hontelez)
Para la comisaria
Margot Wallström, los instrumentos de Johannesburgo, la Declaración
y el Plan de Acción, junto con las Conferencias de Doha y Monterrey,
formarían una base de partida para el partenariado global (o para
el no alcanzado Acuerdo Global) para el desarrollo sostenible. En cambio,
para las ONG en general, en Johannesburgo se perdió la ocasión
de darle al desarrollo sostenible un impulso significativo, con EEUU ¡contestando
todavía los resultados de Río! y con una UE voluntariosa
pero que no pudo con los temas de la globalización (positiva),
la mejora del acceso a los mercados y la de la ayuda al desarrollo y la
exigencia de la responsabilidad empresarial.
Mi percepción
personal sería:
Que la Cumbre estuvo
casi a la altura de las bajas expectativas generadas.
Que sigue habiendo
un gran trecho entre el dicho, o los acuerdos, y el hecho, o los logros.
O como dijeron los niños en Johannesburgo o menos hablar y más
hacer, como ha dicho el WBCSD, walking the talking, que en traducción
libre y con inspiración de Machado, sería algo así
como , digo yo.
Que esperemos que
finalmente esta vez SÍ, que esta vez SÍ se cumplirá
al menos lo acordado y que esto se vigilará y exigirá continuamente.
Que al menos crearemos
las condiciones y las capacidades institucionales para que la emergente
sociedad civil pueda ejercer todo su potencial más allá
de las limitaciones de los propios gobiernos.
Y, finalmente, que
aunque el ejercicio de realismo nos haya dejado en unos acuerdos de mínimos,
no se pierda una promesa de futuro para, en mejores momentos, superar
los acuerdos de Doha y Monterrey y poder conseguir una globalización
positiva como pretendía y pretende, supongo, la UE. Una globalización
con mercados abiertos y llenos de oportunidades para los países
en desarrollo y con una ayuda al desarrollo que acompañe indisolublemente
y proporcionadamente al mercado (y repare sus limitaciones o defectos),
lo cual no parece posible si no se nutre de alguna fiscalidad global,
como reclamaba el propio presidente Chirac en Johannesburgo, para ese
Fondo global para erradicación de la pobreza y el desarrollo sostenible.
Es tiempo no sólo de duras realidades, sino también de promesas
para un futuro necesariamente y obligadamente mejor y no renunciar a la
sostenibilidad.
¡Y que la UE muestre el camino!
¿Y ahora
qué?
Perspectivas para que la UE muestre el camino de la sostenibilidad ¿Y
que se beneficie de ello?
Sin necesidad de hacer
abstracción de prioridades evidentes a corto y medio plazo como
son las referentes al Pacto de Estabilidad Económica, como pieza
clave de la Unión Monetaria y de la moneda única, y especialmente
la ampliación y la propia convección para el desarrollo
o adaptación política e institucional de la UE que van a
ocupar la Agenda política, junto con los de Política Exterior,
no hay ninguna duda de que el objetivo de la UE sigue siendo conseguir
un desarrollo sostenible según el artículo 2 del Tratado
y para el cual la mayoría de estas prioridades son instrumentales.
Estas otras urgencias
no deben obviar la construcción del proceso hacia una mayor sostenibilidad
que garantice una progresiva mejora de la calidad de vida ahora y en el
futuro y en lo posible para todos, además de contribuir a la sostenibilidad
global o una globalización positiva que era uno de los puntos de
partida de la contribución de la UE a Johannesburgo y es parte
de la llamada dimensión externa de la Estrategia comunitaria para
el desarrollo sostenible.
Lo que sigue es un
intento de analizar las condiciones de partida y los condicionantes de
futuro para que la UE lidere este cambio a escala global partiendo del
cambio en el ámbito de la UE.
Una perspectiva favorable
para la UE
Hay elementos convergentes
suficientes para posicionar favorablemente la UE en este proceso:
- La Agenda multilateral
se amplía progresivamente para contemplar las tres dimensiones
del DS.
- La Estrategia comunitaria
para el desarrollo sostenible (EDS) es, sin duda, la más avanzada
(aunque insuficiente como tal) en el ámbito regional y puede además
calificarse de madura al haber sobrevivido e incluso crecido en las condiciones
nada favorables de las ultimas presidencias (pos-septiembre 11) y del
propio proceso de Johannesburgo.
- La EDS está
fuertemente ligada ahora a la puesta en práctica de la llamada
gobernabilidad, que se considera la pieza clave para el desarrollo, donde
el elemento determinante, como incluso reconocía recientemente
un semanario económico no sospechoso en este tema, sería
la capacidad institucional, mucho más allá de los propios
programas económicos y que puede difícilmente avanzar sin
un marco para la cohesión y la eficiencia como el ofrecido por
la EDS.
- En este sentido
la EDS ya ha demostrado su utilidad como referente en la revisión
en curso de las políticas agrícola y pesquera para que sean
más gobernables y sostenibles.
- Y, finalmente, todo
parece decantarse ahora a la consecución de formas sostenibles
de producción y consumo y para lo cual la orientación u
organización del mercado, puesto al servicio del desarrollo y no
lo contrario, sería la pieza clave además de ser un acicate
significativo para la innovación y la competitividad.
- Tanto el Consejo
de Asuntos Generales de la UE del 30 de septiembre, como el de Medio Ambiente
del 17 de octubre han recogido esta situación favorable y el reto
para la UE de abrir el camino, al hacer en sus conclusiones la conexión
de la EDS con la Agenda multilateral y con las Conferencias de Doha de
la OMC de noviembre de 2001, de Monterrey de Naciones Unidas de marzo
de 2002, con la Cumbre de la Alimentación de Roma de la FAO, y
por supuesto con el paquete de la Cumbre de Johannesburgo de Naciones
Unidas incluyendo la Declaración del Milenio de Naciones Unidas
del 2000 y todos los acuerdos de Río de junio de 1992 ¡todavía
vigentes y actuales!
- En estas reuniones
recientes, el Consejo ha confirmado la necesidad de revisar la EDS en
2003, a la luz de los desarrollos recientes y, según sus propias
palabras, para apoyar los resultados de Johannesburgo y responder también
a otros objetivos multilaterales, implicando el reconocimiento de que
muchos de ellos pueden ir más allá de los acordados a escala
comunitaria.
Exigencias y oportunidades para la UE
En este sentido no
hay que olvidar que la UE obtuvo en Johannesburgo no sólo una responsabilidad
para liderar el cambio (con la cual puede sentirse orgullosa pero no necesariamente
satisfecha) sino también compromisos concretos que superan los
acordados en la vigente EDS como son el Plan a 10 años para la
Producción y el Consumo Sostenibles, la necesidad de mostrar el
camino para el objetivo propugnado de la cuota del 15% en 2015 (ahora
es del 6% con un objetivo del 12% para el 2010), el avanzar realmente
en políticas agrícola y pesquera (¡con un 100% de
los stocks recuperados en 2015!) sostenibles y no subvencionadas y, por
supuesto, ir más allá de los compromisos de Doha en acceso
a los mercados y al menos cumplir los de Monterrey en ayuda al desarrollo
(alcanzar la media de 0,39% del PIB en AOD y un mínimo del 0,33%
para cada Estado miembro. Cualquiera que pueda pensar que esto no es ambicioso,
si se cumple como mínimo ¡que mire la situación actual
en los informes recientes de la Agencia Europea de Medio Abiente!
Así pues partimos
de una situación en la que contamos con una Agenda multilateral
que, aunque no es ambiciosa, puede determinar cambios significativos y
crear las condiciones para cambios más radicales si se toman los
acuerdos como básicos para ir más allá una vez demostrado
que las propuestas son posibles e incluso saludables en términos
socioeconómicos. Existe la instrumentación al menos política
de partida para que la UE pueda mostrar el camino y cosechar incluso beneficios
con esta actitud pionera y por ende innovadora. Además, habría
que añadir que este planteamiento reforzaría la tesis de
hacer de la ampliación una oportunidad también en materia
de desarrollo sostenible y plantearse seriamente la sostenibilidad como
objetivo básico de la ampliación y hacer del acervo comunitario
un instrumento al respecto y no un objetivo en sí mismo. Como decía
recientemente al calor del debate sobre la EDS el director de WWF Tony
Long, las oportunidades para el liderazgo de la UE se acrecientan y, como
apostilló el ministro danés Schmidt, es la ocasión
para actuar y nuestro éxito depende sobre todo de nuestra propia
habilidad.
Reflexiones
para el futuro
Lo que sigue es una
interpretación personal de la situación y de las perspectivas
que se abren para la UE si, como decía el ministro danés,
actuamos con cierta destreza en el manejo de una Agenda política.
Una Agenda consolidada pero que se debe instrumentalizar sobre la base
de las capacidades existentes o del hecho de potenciar las capacidades
institucionales y hacer que respondan al menos a las expectativas de la
sociedad civil.
La idea básica
consiste en traducir la Agenda política en un Propósito
socioeconómico claro dentro de una visión esclarecedora
y cohesionadora acompañada de un sentido de la dirección:
Propósito, Visión y Sentido de la Dirección.
Propósito
El objetivo de la
UE es el desarrollo sostenible (artículos 2 y 6 del Tratado), con
la economía y el mercado como instrumentos.
Abundando en el propósito
del presidente Prodi de y de la interpretación empresarial del
WBCSD de que el DS no es hacer menos negocio sino distintos negocios,
el propósito hay que objetivarlo también en términos
de solidaridad con el presente y no sólo con el futuro.
Se trataría
de conseguir ya una mayor (o suficiente) calidad de vida real y para una
mayoría creciente a través de la cohesión y la eficacia
en la acción que permite el paradigma del DS al fundir el presente
y el futuro en una acción cognitiva que lo que introduce es la
dimensión atemporal de una gestión racional basada en el
conocimiento de nuestro único capital natural y construido ().
Con este propósito se trataría de superar el cortoplacismo
de la economía de mercado que no se somete a su carácter
instrumental y cuyo tratamiento sintomático, que además
no permite ni prever ni siquiera gestionar las crisis, se impone sobre
la racionalidad de un planteamiento integrador en el espacio y en el tiempo.
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